¿Qué verías si observaras su interior a través de la ventana? Encontrarías pues, luz.

La desnudez del cemento tintado en crema estaba adornada por fotografías que capturaban momentos instantáneos rebosantes de entrañable sencillez. Un cartel con mensajes de tamaños, letras y grosores distintos enunciaba una actitud para afrontar la vida. Las estanterías constituían un edificio habitado por familias numerosas de libros y figuras que retrataban el recuerdo de un lugar. Presidiendo la cama había una nube gris que sonreía y sobre ella se alzaban destellos de blancura como estrellas que buscan su lugar en la inmensidad de la noche. Renunciando a la consumación de la profundidad, el armario se cerraba en un espejo que prolongaba el conjunto de árboles que formaban el bosque.

*

La actitud dejó de existir pues no había una vida que se quisiera vivir. Los mensajes se volvieron transparentes y cuando cobraban visibilidad solo suponían la sentencia del fracaso. Unas manos temblorosas, pero agresivas despojaron las imágenes en las que ya no se encontraba simpatía. La papelera se comenzó a jactar de intentos arrugados por plasmar la perfección. Se vaciaba y se llenaba en una nueva tanda junto con invitados húmedos que secaban por dentro la presa de la que procedían. Ya no había nada que abarcara el escritorio al llegar las cuatro, ni un ente que pasará las páginas conforme pasaban los días. El frío llegó sin poder hacerle frente. Ya no había fragancia que invadiera la estancia, ni rayos que la iluminaran. Seguía habiendo cuatro paredes, pero no erguían nada. Solo había oscuridad, porque a través de aquella ventana ya no se veía nada, solo una persiana bajada.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *