Derecho y melancolía

Histeria, Melancolía, Furor, Depresión –según los cánones de la medicina al uso-, o por el contrario Alegría –“¡los Felices años 20!”. Optimismo o Pasión, cada siglo, época, cada país en un momento dado, han traducido sus angustias, deseos y miedos sociales con recursos que el uso del tropo nos permite trasladar de las patologías –“el pathos”– de los hombres a las sociedades y pueblos.

Hemos dicho Felices años 20, como se habló de la Gran Depresión, en sinécdoque puro con esa angustia que tan magistralmente retrató Steinbeck en “Las uvas de la ira”. Hoy, sin embargo, el síndrome que nos afecta es la melancolía.

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Definían los clásicos esta dolencia como “bilis negra”, esos “humores tostados” por la fiebre, causados por exceso de líquidos: hidropesía, y que, según los médicos del Siglo de Oro, atacaba principalmente a los sabios y a las clases ricas y ociosas que habitaban la Corte. El fino olfato de la medicina práctica alcanzaba con ello a la modernidad del psicoanálisis: la impotencia de intelectuales y aristócratas devorados por la fatiga de los usos cortesanos, reducida, en definitiva, su actividad, a mero protocolo. Un pensar inútil en el yermo de una política que se convertía poco a poco en mera Administración. Decía Ortega que “cuando el esfuerzo es inútil, conduce a la melancolía”, como todo ese esfuerzo transformador del siglo por excelencia, convertido, sin embargo, en pura literatura.

Melancolía como la de la época helenística de Aristóteles a Galeno, o el Efeso empujado de tiranía en tiranía desde Creso a los Seléucidas pasando por los mismos Aqueménidas y que hará de Heráclito –rey, pero sobre todo filósofo- otro gran melancólico. En definitiva, reyes sin cetro, reducido su pulso a mera ceremonia sagrada.

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Roger Bartra identifica Melancolía y Cultura Barroca –el Siglo de Oro-, con la variante étnica judía –“enfermedad de los judíos”- condenados a ser pura “unidad de cambio” en un mundo que trascurría ante sus ojos de meros espectadores. Enfermedad, en definitiva, de los imperios donde la política sucumbe ante la burocracia. El mundo, es decir, la vida, la pasión, el deseo, convertidos en mero “humus bilioso”, descomposición de la “bilis negra” producida en el epigastrio. Virgilio lo intuye en otro momento melancólico cuando Euríalo –héroe secundario en su Eneida- descubre la impotencia de su acción heroica: “es el amargo anhelo de cada uno el que se convierte en el dios de los hombres”.

Así también un siglo XXI melancólico, lejos quedan los “heroicos furores”, partera socrática del Renacimiento, pasión dialéctica que alumbró (“Ilustración”) la senda de la Historia de Occidente con las luces del Progreso y que, de la mano de la Revolución Francesa y Soviética lleva sus fuegos hasta la Modernidad. Hoy, sin embargo, Francis Fukuyama nos anuncia la muerte de la Historia, que no es otra cosa que la muerte del progreso, enterrado con los mismos –hoy puro “mote” despectivo- que hicieron de su lema el motor de tantos cambios. Sin objeto el esfuerzo se vuelve bilioso, se quema la bilis como comentaban los médicos del XVI en la hipocondría social que azotó toda una época.

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La medicina árabe, quinientos años antes, ya reconocía este abatimiento del alma en las “penas de amor” y en la impotencia de los místicos que no encontraban a dios tras días de ayuno y oración. Pura conceptualización de una filosofía en y para los límites y que también tenemos que identificar con el pensamiento trágico que deja oír sus ecos a lo largo de la Historia: Lucrecio, Ibn Arabî y el sufismo, Gracián –de nuevo un judío-, Pascal, Montaigne (Port Royal), hasta esta post-modernidad y su nuevo Imperio.

¿Padecemos, también, esa hipocondría en el nuevo siglo? Uno a uno, van cayendo todos los lemas de lo que se llamó Revolución: Igualdad, Fraternidad, hoy el “miedo a la libertad” que ya intuyera Fromm hace crisis y anuncia también su muerte. Muere la Historia y con ella se entierra su eterna compañera la Libertad como cuentan sucedía en las tradiciones más aborrecibles de los bárbaros.

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Y mientras tanto el Derecho se vuelve inútil, desmontadas sus piezas desde las propias moradas de la democracia: nos vemos reclamar -¡Como demócratas!, he ahí la patología- modelos de Estado que hubieran satisfecho a Goebbels. Pura hipocondría que mata al mensajero antes, incluso, de oír su mensaje. Porque, tengámoslo claro, cuando decimos que, por la presión del terrorismo, se suspende tal cual derecho fundamental, lo que realmente se dice es que se reclama el crimen que lo niega. 

¿Dejar en suspenso el derecho a un juicio justo -efectivo- y con las debidas garantías? -(art.8 de la Convención de Roma cuya suspensión se propone en Inglaterra para luchar contra el Terrorismo)- ¿Suspender el derecho a la libertad personal o al secreto de comunicaciones –entre el abogado y su cliente, por poner el caso? ¿Sustituir los jueces -¡civiles! (¿qué otra cosa puede ser un juez?)- por Tribunales militares? -¿se concibe mayor contradicción que “jerarquía” vs “independencia”?-.

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No. Digámoslo claro de una vez por todas: autorizar el secuestro… “terapéutico”, el asesinato… “selectivo”, la tortura… “moderada”, la injusticia… “garante de los derechos del testigo”, y así hasta dejar desiertas de sentido las palabras. ¿No es esto lo que hoy nos sucede con los conceptos “Refugio” y “Refugiado”? Corrompemos la misma idea de pesadumbre y horror que conlleva el término al incorporar la distinción entre “verdadero y falso”. ¿Qué pasará cuando nos propongan la distinción entre inocentes “verdaderos y falsos”?

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Falsos inocentes, más allá de la Justicia. Carlos Costamagna dejó escrito en 1939 en su apología del estado Fascista: “El juez, en el estado Totalitario, debe entenderse ligado a la concepción política del Régimen porque éste, en algunos casos, no estará ligado al derecho”. Ya Tucídides denunciaba en la Guerra del Peloponeso que al querer justificar actos considerados hasta entonces como censurables, se cambiaba el sentido ordinario de las palabras. Pero vaciado de contenido, el lenguaje humano pierde su potencia comunicativa y se vuelve pura letanía. 

Tras el Discurso del Augusteo, el 22 de junio de 1925, la Cámara Italiana adoptó la “ley para la concesión al poder ejecutivo de la facultad de imponer normas jurídicas”. En el “histórico” radicalismo del siglo XX, frente al cáncer del fascismo, aún se oyó la voz de muchos que se negaban a comulgar con ruedas de molino. Pese a los cantos de sirena de tantos y tan buenos juristas, pero desde la llaneza del derecho -¡el derecho de la tierra, de los hombres… del corazón!- surgieron suficientes voces clamando por la vida. Hoy en cambio, la hipocondría social nos ha llevado directamente a la melancolía.


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