El enemigo del espectáculo es el aburrimiento. El teatro reclama tensión, dialéctica, ruptura –“ludi scaenici”-, los modos pausados de la vida están en sus antípodas y, por ello, son la negación de la política. Política y teatro son si nos divierten.

La política, no nos cansaremos de decirlo, solo vive en ese espacio que hemos llamada público, es decir, en esa ágora central que se abre en medio de la polis. Un espacio diáfano, cruzado por los dos “cardos” que abren la ciudad al mundo exterior a través de sus “foras”, esas puertas de la ciudad cuyo carácter sagrado excede su función defensiva. Espacio de la palabra, hemos dicho, pero, por eso mismo, también de la atención. Si no se habla para alguien es que estamos ya definitivamente locos.

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Solo quién grite más, más alto y más bonito, se llevará el gato al agua. El misterio en esto -¡qué bien lo sabían los voceros de pueblo!- reclama un equilibrio entre sonido y silencio. La vida es un “continuum”, trabajos y días que se suceden, por eso la vida carece de esa dimensión teatral que la convierte en espectáculo. El espacio escénico -o sea, la política- entraña por el contrario cortes, contraste, luces y sombras que nos llenen de entusiasmo. Saturado el espacio de gritos, sin los silencios que nos permitan entender las voces, rompe la atención y el discurso se pierde. Con ello, el interés decae y la escena, esa plaza que nos reúne, se vuelve calle.

Silencio y ruido terminan siendo lo mismo, por defecto o por exceso, uno y otro nos ensordecen. La cacofonía -todos hablando sin saber lo que dicen- destruye el encanto. Y hoy el ruido se ha apoderado de la escena. De Trump a Madrid, del mundo a la aldea. O sea, en todas las pistas del circo. Decimos encanto y lo hacemos a propósito. Una cierta magia ha de recorrer la escena, y esto es puro canto –en latín “Carmen”- de ahí “Charme” como dirían los gabachos-. No hay encanto si no hay música: puntuación, armonía y silencios.

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La leyenda de “Pedrito y el lobo” nos lo advertía de niños. La atención requiere el estruendo, pero también la novedad. Atronar no es suficiente para electrizar las gradas. Si la escena se reitera en demasía, cansa, el grito se vuelve inaudible y retiramos la mirada. Vuelto cotidiano, el espacio público se recrea en privado, es decir, nos aburre. Si matar dragones lo hacemos a diario no es más que profesión y deja de ser heroico. Le pasa, incluso, a la guerra. El Kaiser la pierde cuando se volvió monótona. Carl Maria Remarque expresa todo ese terror –¿“spleen”?– desde el mero título de su obra más conocida: “Sin novedad en el frente”, es decir, sin interés. Que haya muertos no es suficiente.

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Las obras malas, aburren. Los antiguos, y ahí incluyo hasta bien entrado el siglo XX, lo arreglaban recreando el espectáculo. Si en el escenario flaqueaban argumento o interpretación, eran los propios espectadores los que daban la réplica convirtiéndose en protagonistas. Lo cuenta Galdós en el estreno de “El sí de las niñas”, donde, entre pitos y abucheos, las tablas recibieron un verdadero bombardeo de tomates y escupitajos. Al final la obra triunfó por el escándalo. Eso le pierde a la política moderna, el ciudadano carece absolutamente de atrevimiento. Nos hemos convertido en sufridores resignados y, a duras penas, lamentamos el tiempo perdido.

Y hay que ver lo mala que está siendo la obra política del momento. El aumento de actores y personajes no se traduce en interés por la escena. Todo lo contrario. Al aburrido guion del bipartidismo hemos añadido la más plana estulticia de los nuevos invitados. No me extraña que, con la discreción que se ha inoculado al nuevo espectador, las salas se vayan quedando vacías y las urnas huérfanas de votos. No hay nada peor en el mundo que un personaje insulso.

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Yo, personalmente, ya me he perdido. No sé dónde está el malo y, lo que es peor, tampoco sé quién es el bueno. La VI Flota -es un decir- nos lleva de Corea a Siria, de Venezuela a Rusia, de China a México, de Huawei al crudo, pasando por los aranceles de la soja. He dejado de leer Foreign Policy hasta que se aclaren. Pero es que, aquí, me pasa lo mismo. Que si VOX, que si Cataluña, que si los gais. Todo ruido y pocas nueces. ¡Cuidado!, no soy el único. En las próximas elecciones no vota ni el apuntador.

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Es falso que el fascismo se apoye en esa deriva. El fascismo, si triunfa, es solo gracias a su capacidad de espectáculo. Es el taconazo -y la metáfora no es neutra- en medio del guirigay de los niños de escuela. Triunfa porque recrea el espacio escénico. Reduce el murmullo, las voces ajenas, e impone el estruendo de un cañonazo. El fascismo es teatro, del guion al decorado, de los uniformes a los gestos. Me temo que está por venir. Abascal en España es su bautista.

Guaidó y Maduro (¡qué buena pareja hacían al principio!), Macron, Salvini, el mismo Trump, y le empieza a pasar a Putin. Ni el enigmático Xi -Fumanchú- se escapa. Empiezan a aburrir y esto los mata. Con ello, el público se va y abandona la plaza. La ciudad se disuelve ante el silencio de lo cotidiano. Y el Estado -es decir, la escena- es lo contrario a ese quedo trajín de la vida. Como espectador quiero juego, luces, intriga. Sin libreto, silencio y estruendo terminan siendo lo mismo. Los sonidos se vuelven sordos si se pierde el compás de la música. Sin el juego del contrapunto todo es ruido, es decir, a lo sumo, naturaleza. Y, ahí, sin capacidad de concitar las miradas, desaparece la política.


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