Todo espectáculo aspira al exceso. Ese «¡más difícil todavía!» que hace de lo inverosímil la razón de ser del espacio escénico. Frente a la aburrida cotidianidad del orden, la ruptura de la norma nos adentra en lo prodigioso. En una feria de pueblo, me contaba mi abuelo, un feriante atraía a los lugareños bajo el reclamo de “¡La caraba!”, “pasen y vean ustedes, lo nunca visto, ¡la caraba!”, en remisión directa a lo asombroso. Entre risas y cabreos, salían por la parte de atrás del carromato los ingenuos clientes. En el interior, una pobre y vieja mula comía su pienso. El socio del vocero explicaba lo auténtico del reclamo: «sí, sí, ya está muy vieja, por eso ya no puede tirar del arado. Pero era ella “la qu´araba”, todos mis campos». La promesa de ver algo extraordinario lamina el mejor juicio, el solo reclamo de “la caraba” mantenía la atracción de pueblo en pueblo. Embelesados acudimos desarmados al anuncio de lo sorpresivo. Nunca nos vacunamos frente al fraude.

En esto se basan las promesas de la lotería y otros juegos. El exceso del premio ciega nuestra capacidad analítica, sin percatarnos que, cuanto mayor sea la posible ganancia, más nos alejamos en la estadística de las posibilidades. Pero es que la lógica está reñida con el espectáculo.

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Ya las palabras nos ponen sobre aviso. Asombroso. Su relación directa con la idea de luz (y de sombras) queda manifiesta. Puro efecto luminoso: asombra porque nos ciega. Lo que añoramos no es la luz –“Les Lumiers”, o sea, la razón- sino caminar cegados en la oscuridad de la noche. La palabra hebrea “Kabod” no queda muy lejos, una idea que repite la fábula griega de la pobre princesa Semele, que muere abrasada y cegada al ver a su amado Zeus en su apoteosis divina. Y en esto se equivoca la moralina de los mitósofos, el cuento no nos advierte del riesgo de querer ver y saber demasiado, sino todo lo contrario: por un “polvo” mágico, nos viene a decir, doy por bueno quemarme de por vida en los infiernos (la Iglesia y sus confesores, lo sabían perfectamente). Dante contempla la Gloria divina en un cruce de excesos que bien pudiera equipararse al orgasmo. Luz cegadora y oscuro misterio.

Lo maravilloso nos atrapa por los ojos, por eso las imágenes luminosas se reiteran, el carro de fuego que arrebata a Elías o el Pentecostés cristiano repleto de lenguas de fuego. Eso es lo que busca el maquillaje. Entre polvos y brillos se esconden unas formas y se realzan otras. “Sombra aquí, sombra allá”, decía la canción de Mecano recordando la función de los afeites: entre sombras realzar los ojos llenando de luz la mirada. Mero juego de luces y sombras que recrea el rostro y lo embellece hasta hacerlo etéreo. A los santos, la iconografía cristiana, los envolvía en esa aureola luminosa de un maquillaje divino.

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Sucede lo mismo en la guerra. Basil Liddell Hart, el gran analista militar, nos avisa del denominado “riesgo de escalada”. Se refiere a esas situaciones en las que los ejércitos enfrentados elevan paralela y simultáneamente el nivel de violencia en el desarrollo de la batalla. Una porfía absurda que termina aniquilándolos. Psicología del combate, nos dice. Ambos bandos se ven arrastrados a esa escalada ante la necesidad de sobreponerse a la demostración de fuerza del contrario. Dresde y otras ciudades mártires conocieron el horror de esa hambre loca por el exceso. Se equivoca la lectura buenista que identifica esto con la barbarie. Es ahí, justamente, donde está la verdadera condición de lo humano.

El teatro barroco -como hoy hace el mejor porno– jugó a las mil maravillas con esa pasión por el exceso. Una pasión que, con una genial intuición, pronto se identificó con el arrebato amoroso. Combinado de sexo y violencia que garantiza el éxito de taquilla. Sade supo encontrar ahí su expresión más inquietante. Y, no lo olvidemos, sin Sade resulta imposible comprender la Revolución francesa.

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Sexo, política y violencia, he ahí la clave de la contemporaneidad política. Pasolini lo predijo en su verdadero testamento político. Sobre los fantasmas de la República de Saló, vio renacer el eterno sueño de Sodoma. Y es Sodoma, su exceso, lo que nos atrae como el abismo.

La política -puro teatro- se recrea hoy bajo las formas de esta contra-ley del exceso, propuesta de un orgasmo que nos deje exhaustos. Para llevar las cuentas de la Seguridad Social basta el batallón de contables del Ministerio de Fomento. A esos hombres y mujeres que llamamos públicos (la afilada lengua popular incorpora ahí un doble sentido), del Parlamento a la Moncloa, de las Salesas a la Zarzuela, solo se les reclama que sean capaces de asombrarnos con su exceso. Saltos mortales que hielen nuestra sangre, arias electrizantes que desgarren, atronadoras, nuestros oídos, en definitiva, que nos susurren amores imposibles, que, con labios lujuriosos, nos prometan mentiras que desborden las razones. Ucrania lo ha entendido a las mil maravillas. ¡Felicidades! Un divertido cómico frente a ese gordo e insulso Poroshenko. Eso sí que llena estadios.


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