El juego

Cuando hablamos de teatro, creo que ha quedado claro, incorporamos al concepto mucho más que ese modelo que se consagra en el siglo XX y donde libreto y actuación compiten por igual en la atención de un público agarrado a sus butacas. Nuestro concepto de teatro, ya lo hemos dicho, se identifica con la idea de espectáculo, de ahí la etimología del mismo término y que hace del hecho teatral un espacio de la mirada. Teatro es, por lo tanto, el circo, el deporte, y también el juego. A eso vamos.

Es cierto que, no pocas veces el juego se desarrolla en la intimidad del “garito”, confrontados los solo jugadores a ese alcohólico genio de la suerte, pero tampoco faltan, y ese es el juego que a mí me interesa, las timbas proyectadas hacia el público. En este caso, esa altísima tensión que acapara la mesa de juego mantiene en todo su esplendor las coordenadas del teatro.

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Desde nuestra propuesta crítica, el juego mantiene dos niveles de acción discursiva, de entrada, como no, esa densidad de miradas que electriza la escueta dimensión del tapete, pero también, y esta parte no deja de tener un interés teórico, la carga emotiva que alcanza a desplegar sobre los espectadores que rodean la mesa. Los que hayan tenido la oportunidad de conocerlo podrán ratificarlo: una buena partida de Mus o de Póker alcanza a hacer del silencio la más sublime expresión del arte escénico.

Con esto ya adelanto mi tesis, empapado de silencio el texto, el acontecimiento teatral se alcanza en la más pura expresión etimológica de nuestro objeto: en las miradas. El derroche de miradas de una buena partida de cartas (y lo traslado a las otras expresiones de este arte) carece de parangón en el resto de géneros de nuestro modelo.

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No sé cómo se resolverá, ni sé, siquiera, si sabrán alcanzar los niveles que reclama una buena partida, pero, al momento, el póker patrio se acerca a esa expresión del juego. La comedia política, de pronto, se ha llenado de esas apuestas que configuran el universo del casino. Otras lenguas lo ponen más fácil. “Jouer”, -jugar, en francés- significa tanto ese conjunto de actos que van desde la partida y el cuarto de los niños, a la interpretación en la escena, y, ¡mirad los ojos de sus actores!, Smith, Iglesias, Sánchez, Rivera… Todos ellos derrochan esa tensión que ya, solo de por sí, constituye la esencia del espectáculo.

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La cercanía del precipicio, el sostener la apuesta cuando ya, casi, la ruleta se para, cuando la bola da sus últimos brincos entre un rojo y un negro de indiscutible sabor stendhaliano (quizá, si releyéramos más a Stendhal evitaríamos algunos riesgos), ese temblor en las cartas que anuncia su precipitado en la mesa. Todo eso está ahí, recreando la angustia, el miedo y la esperanza, la voluntad de poder y el farol sobre los que se sustancia la partida.

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El “farol”, que expresión tan precisa. O sea, ese fogonazo que es capaz de deslumbrar al contrincante y hacerle perder la jugada. De nuevo un retorno a la mirada. Dicen los herpetólogos que el áspid de la India recrea en su piel ese dibujo que imita dos gigantescos ojos para confundir a sus víctimas. El pobre conejo -siempre hay un conejo en toda partida- se deja engatusar por esa falsa mirada mientras el ojo auténtico se clava en el contenido de las cartas.

Cartas ocultas, fichas que no vemos, movimientos que se escatiman. Esa hambre de descifrar los monótonos dibujos que ilustran el reverso de los naipes, ahí está todo el espectáculo. Alcanzada la tensión de esas miradas, como decimos, sobra la nimiedad del libreto. Otro tanto sucede hoy en el casino patrio. A pocos ya nos importa el contenido de esos posibles pactos, letra muerta en papel mojado de aburrido parlamento. Sobra todo cuanto dicen, la emoción, hoy, está en esa capacidad de resistir la mirada del otro. Solo el mejor tahúr se hará con el gobierno.

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¿Y nosotros? Qué más da que seamos el objeto de esa apuesta, que, con el impudor de los garitos de peor fama, no solo se apuesten virginidades (la de nuestra inocencia ciudadana) sino incluso, eso es al menos lo que yo siento, se palpen además nuestras conciencias. Valga esto tanto a izquierdas como a derechas. La circularidad de la ruleta deja poco espacio para nimiedades parlamentarias. Pese a todo, pese a ese victimismo al que nos somete semejante apuesta, también somos espectadores y es esto, ese disfrute del espectáculo, lo que nos salva.

Contemplar el juego de otros, ya lo hemos dicho, también es fuente de regocijo. No sé a través de qué mecanismo psicológico, las emociones que viven los jugadores, fácilmente se trasladan a ese público que, en silencio, rodea la mesa. Pasa también en el deporte y en los mismos concursos televisivos, el espectador, incluso confortablemente sentado en la butaca de su cuarto de estar, no podrá evitar ese histérico mover los pies a la búsqueda de un balón imaginario, sosias de ese mismo que rueda en el campo. Al igual, la aplastante quietud de la partida de cartas también traslada esa tensión eléctrica a ese otro espacio que nos convierte en público, espectadores de un juego que, ya de por sí, penetrándonos, se hace nuestro.

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Dostoyevski, él mismo un gran jugador -y perdedor- lo cuenta en una aterradora novela. Novela teatral, como todas las suyas, donde la escena acapara el espacio del casino. No le vendría mal a más de uno la relectura de esta obra. El jugador se llama. Ahí se aprecia en su plenitud lo que la doctrina militar denomina “Escalada”. Sucede en las guerras, pero sobre todo en el juego (otra forma de guerra). Pese a lo que dicen las matemáticas, no es cierto que sea la mera suerte la que reparte los triunfos. Como un extraño ángel, el genio del juego gravita sobre toda partida, dotando a uno entre todos de esa aureola de victoria. Lo vemos con frecuencia. La suerte sonríe siempre al mismo que es elevado al olimpo en rachas -decimos de suerte- que rompen toda lógica. ¡Cuidado! La rueda de la fortuna -la expresión ya la usaban los romanos y alcanza una dimensión casi teológica en la Edad Media- como en la noria de los campos, eleva imparable su carga exitosa, para siempre, inevitablemente, precipitarse al llegar a su cenit.

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No creo incurrir en ningún spoiler si digo que la novela termina mal. La racha de buenas cartas se convierte en la peor soga, y nuestro héroe se ve arrastrado a la perdición y el desastre. El Bosco coloca ahí la imagen de Satán consciente del amargo sabor de la caída.

Pero que todos lo sepan. La partida sigue -y esto va por los jugadores del tapete hispano. Esta es la extraña simbiosis que se produce entre espectador y jugadores, tanto en el casino de la vida como en el de la política. Un cierto escalofrío de satisfacción -pura envidia, dicen- recorre las entrañas del público cuando, al fin, ve el árbol caído. El espectáculo está ahí, en ese tahúr que hace poco fue olímpico y que luego se retuerce en la miseria del barro. La “suerte” del espectador no es otra que llenarse de gozo tras el derrumbe de los naipes. “El éxito, lo dijo un día Winston Churchill, nunca es definitivo”.


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