Y con ello llegamos al núcleo de la idea: política y sexo comparten un mismo formato. Voy más allá, mucho más allá, de una mera constatación de la erótica del poder y que fácilmente se aprecia en el comportamiento de esos pro-hombres de estado, puestos en evidencia con las denuncias del “Me-Too”. Me refiero a algo más íntimo, más radical, más consustancial a las estructuras que componen los aparatos simbólicos de la erótica y la política.

Parto de dos identidades cruzadas. Religión y política y sexo y religión. Permítaseme una pequeña aclaración. Me refiero a la palabra “pornografía”. Hoy, el pensamiento “biempensante” ha condenado el término y resulta, incluso, de mal gusto su referencia. Sin embargo, estamos ante un vocablo muchísimo más rico y que, en la Antigüedad -el término lo emplea, creo recordar, el mismo Platón- nos introduce en un mundo distinto. En una traducción un poco interesada lo podríamos leer como “la representación del eros”, o directamente, la pintura del sexo. Del sexo femenino, sobre todo. Tiberio, cuentan sus detractores, llenó de pinturas de Parrasio y otros pintores “pornógrafos”, sus habitaciones en Capua. A partir de ahí, el imperio terminó convirtiéndose, inevitablemente, en una pornoestructura competitiva con lo divino.

Representación de Eros, es decir, de ese sexo convertido en dios. Una potencia donde lo humano se vuelve divino, así lo contemplaron los griegos. Sobre esa representación del deseo se construye, en el imaginario de nuestra cultura occidental, las ideas del mundo y de la vida. ¡Qué sutil engaño! Como si el mundo y la vida (los católicos no dudaron en llamarlo “carne”) tuvieran la misma sustancia. Eros, hijo de Venus, o sea, de ese impulso que nos atrae y que (¿hipócritamente?) llamamos belleza. Algo nos hizo intuir una relación causal entre esas formas que configuran lo bello y esos otros impulsos sanguíneos que enervan el órgano por antonomasia. Relación causal absoluta que, en desafío a toda la teología, vincula materia y espíritu, es decir, lo humano y lo divino.

El barroco (de nuevo el barroco, la forma más perfecta de la Modernidad teológica), ahí donde el espíritu -quizá, el mismo Dios- se hace carne y materia, nos aporta el mito cristiano por excelencia: Don Juan. No por esa salvación in extremis que ensueña la variante romántica, sino justamente por su condena. Nuevo Sísifo hambriento de una carne (o pan para algunos) que se vuelve humo. Un hambre insaciable que solo se apaga, no cuando hacemos nuestro el objeto deseado, tal y como se realiza con los alimentos -imposible aprehender lo que solo es forma y no sustancia-, sino cuando vomito la espuma de la vida. Paradoja que hace del dar (esa entrega configurada como caridad) un acto más enriquecedor que el recibir. La teología de Cristo elevó esta sapiencia a las esferas de la ética.

Margarita Yurcenar, en inconfundible tono epicúreo, pone en la boca de Adriano:

“El frote de dos parcelas de carne no define el fenómeno del amor, así como la cuerda rozada por el dedo no explica el milagro infinito de los sonidos. Esa frase no insulta a la voluptuosidad sino a la carne misma, ese instrumento de músculos, sangre y epidermis, esa nube roja cuyo relámpago es el alma.

… extraña obsesión por la cual la carne que tan poco nos preocupa cuando compone nuestro propio cuerpo, y que sólo nos mueve a lavarla, a alimentarla y, llegado el caso, a evitar que sufra, puede llegar a inspirarnos un deseo tan apasionado de caricias, simplemente porque está animada por una individualidad diferente a la nuestra y porque presenta ciertos lineamientos de belleza sobre los cuales, por lo demás, los mejores jueces no se han puesto de acuerdo.»

El cuerpo amado nos atrae y en arrebato de pasión -y de violencia- no dudamos en abrazarlo y mordisquearlo ansiosos de hacerlo parte nuestra. Rubén Darío, incluso, propone en “Mía”, fundir ambos cuerpos (“tu sexo fundiste con mi sexo fuerte”), como si fueran dos bronces (“¿No has de ser entonces, Mía hasta la muerte?”) Pero todo esto no es más que mero engaño. ¿Cómo absorber la belleza de la que me siento hambriento? ¡Cómo tomar posesión de lo bello? No es que estemos ante lo etéreo de los sentimientos, lo bello nos atrae, pero alcanzarlo nos disuelve. Comer para afuera. Todo un puro simulacro nos dirá Lucrecio. Mera representación, podemos añadir. Es decir, teatro.

Cuando ansiamos beber o comer, nos dice en “De Rerum Natura”, saciamos esa hambre y sed llenando nuestro cuerpo con la comida y la bebida que disponemos. Pero, ¿qué podemos aprehender de ese cuerpo hermoso que nos atrae? ¿Cómo saciar nuestro deseo de amor? ¿Qué arrebatamos, en definitiva, incorporándolo a nuestro cuerpo como si fuera un alimento, de esa piel cuyo tacto tanto nos conmueve? Venus juega con nosotros recreando simulacros que engañan nuestro instinto.

Es así como también se construye la política. Fama y poder se vuelven el más puro objeto del deseo. Una apoteosis que culmina, como en el clímax del orgasmo -ese Cursus honoris que comienza en la mera militancia-, en las cumbres del imperio. Un crecimiento no muy distinto, en esa física de los hechos que nos remite a la representación de lo fantástico, a esa hinchazón del falo (fascinus, se llamaba en Roma) que le convierte en el objeto del deseo. De esa palabra, ya lo dijimos, procede el adverbio “fascinante”, que nos traduce la deriva de nuestros instintos a lo largo de cientos de siglos de cultura occidental.

(continúa)


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