Sexo y teatro, como teatro y política, participan de esa recreación de la vida. Puro simulacro donde, desde siempre, la realidad se escapa escondida entre los rincones del sueño. Esa katarsis que cierra la tensión trágica no es muy distinta del clímax que, tras el estallido en semen, reduce la “fascinante” exuberancia del falo a esa mera ménsula aturdida entre los pliegues de las ingles. ¡Cuánta semejanza con el ejercicio del estado!

La política imita a la guerra como el coito imita a la muerte, o mejor dicho, al asesinato. Ese es el juego de espejos el que nos confunde con sus añagazas. Esa herida de la espada -así lo narran los poetas- proyecta su sangre, a borbotones, sobre el asesino que la abre, así también, y esto es de Catulo, la herida que abre el deseo empuja violento el semen que salpica (e irriga) el cuerpo de su verdugo. Un riego que, como el agua, fecunda los campos y hace florecer las plantas. “Zumo de tomate”, decían en el cine, sucedáneo de una sangre convertida en espectáculo. Un falo herido que estalla pero que, a su vez, hiere, penetrando el cuerpo del otro en un hambre de vida de difícil remedio. “Sangre de mi sangre” decía la fórmula antigua para el matrimonio. Confusión de sangre y esperma que hizo del adulterio, durante milenios, el peor de lo crímenes.

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Como Fausto, nos debatimos sobre dos expresiones de ese amor. Si Margarita constituye el goce cercano y afectuoso de la vida, Helena (la siempre inmortal Helena) nos remite a lo imposible, ese sueño que nos atraviesa con la forma de un ideal inalcanzable. Por dos veces cree Fausto que alcanza a poseer la imagen abstracta de esa diosa terrenal y por dos veces se desvanece como el humo que es. Idea perfecta, pero mera idea. El pasaje de Euforión, el hijo amado de su encuentro, no puedo entenderlo más que como pura alucinación. Expresión que lleva -frente al reposado encuentro con Margarita y su sabor hogareño- al sueño fáustico del poder absoluto. El mundo contra la vida. Dos ideales que, aunque contrapuestos (así lo vivirá la cultura griega) la ética cristiana terminará juntándolos, eso sí, condenándolos irremisiblemente a los infiernos.

Goethe emprende ahí la labor de reconstruir la ética moderna. Sueño solo posible en el pensamiento Reformado, de ahí ese guiño al sabio alemán (ese pueblo alemán saturado de ciencia y experiencia) que, pese a sus coqueteos con Mefistófeles, sale indemne -eso cree- de la apuesta diabólica (Thomas Mann, ya en el siglo XX, comprenderá, en cambio, el altísimo precio que se deberá pagar por ese viaje). Otro destino le cabe al mito de Don Juan, imagen especular que desarrolla el otro gran ideal del barroco. Aquí el desengaño -tanto sexual como teológico- conducirá al héroe, éste ya mediterráneo, al más radical de los silencios.

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Frente a la ética católica que, rota (he ahí el Don Juan), conduce directamente al descreimiento, la propuesta protestante, disuelta también la fe (pienso en Fausto) se debate entre esos dos ideales que van desde la apología del terruño, es decir, esa sexualidad familiar y campestre que pronto eclosionará en el grito del nacionalismo, y ese idealismo luminoso y potente que hace de Grecia su reclamo estético, es decir, erótico. En definitiva, ahí nace la belleza sublime de lo morboso.

Sin materia, la forma carece de agarraderas donde estrechar nuestros brazos. ¿Qué abrazo es posible sobre la ausencia? ¿Cómo poder besar lo que no es? ¿Cómo acariciar esa piel que no existe? Esa es la eterna penitencia de Fausto cuyos labios, por más que ansíen absorber el cuerpo amado, no encuentran una pulgada de carne sobre la que depositar el deseo.

Lucrecio, ve ahí la derrota del hombre (pura representación) frente a la naturaleza de la vida. Quizá Apuleyo, partiendo de la parodia, encuentre alguna respuesta: Eros, pese a proclamarse el dios de la vida, termina jugándosela al alucinado peregrino. La Todopoderosa Venus, pura forma como ya hemos dicho, solo existe en el reino de los sueños. Espacio de tránsito y de representación, eso eran los misterios. Mera escenografía de esa presencia de lo divino.

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Todo puro simulacro. Un hambre que nunca se sacia, un asesinato donde se escatima la vida, una sangre que se proyecta a lo largo de generaciones empapando los muslos que la reciben. Ese es el mandato divino: devorar al otro con esa pasión y furia que nos impone Venus. “Este es mi cuerpo”, dice Cristo a sus bien amados discípulos. “Tomad y comer todos de él”, con el frenesí de esos mil mordisquitos con los que ansiamos comer el cuerpo del amado. Recordémoslo, toda la mística caballeresca del medievo giró alrededor de esa figura, el Santo Grial, receptáculo y depósito de la sangre de Cristo. “Agua de vida”, dirá el Evangelio. Difícil no confundir esa agua/sangre con los flujos que desata la pasión amorosa.

La Iglesia, toda ella, en su gigantesca estructura desde Nicea, se levantó sobre este juego mefistofélico, donde el Amor, por divino que se proclamara, no evitó en absoluto su contenido erótico. Tengámoslo claro, tanto pederasta en la Iglesia católica no puede ser casual, algo de teológico debe tener esa pasión. Fuera de la cruz -y su carga sádica- la principal advocación del Hijo de Dios no es otra que la del Niño. La teología católica, que bien lo supieron Santa Teresa y San Juan de la Cruz, no es más que polvo (de incienso) enamorado.

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Afrodita Morbosa era la diosa patrona de Esparta, es decir, la “Morphé”, la “Forma”. Podemos traducir su nombre por la “Divina forma”, o, mejor aún, la “Sagrada forma”, metonimia con la que, ya como hostia consagrada, nos referimos a ese cuerpo divino que, con hambre y sed de vida, devora la comunidad cristiana en la sagrada misa.

Difícil no ver en el estado -Corpus civitatis-, también pura forma, la imagen profana de un nuevo Cristo. El teatro de la misa se reproduce, milímetro a milímetro, en el aparato del Consejo de Ministros. “Ite missa est” decía el Chambelán al terminar el ceremonial de la corte en Bizancio. El profesor Legendre, desde su preciso psicoanálisis de las instituciones, descubre en ese cuerpo del estado, el nuevo objeto del deseo.

FORTUNY Y MARSAL, MARIANO, Fantasía sobre Fausto, Fausto, El sexo y la representación (II), iglesia, misa, religión, política, erótica, figuras fálicas, sexo, Cristo, Dios, el gran teatro del mundo, espectáculo, política,
Fantasía sobre Fausto. Fortuny y Marsal, Mariano

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