Un, dos, tres.

       Martes, miércoles, jueves.

                    Grita, grita y calla.

No hay espacio para mí en tu mansión deshabitada. Yo lo veo, tú me lo dices y yo lo vuelvo a ver. Ojalá algún día mis palabras te noqueen como el mejor de los reveses y tardes diez segundos en volver a parpadear, mientras tanto, me conformaré con seguir escribiendo mi pensar pues sé que en el umbral de tu puerta nunca me podré resguardar.

Deja de invitarme a fiestas que sabes que no organizarás. Para de pedirme que vayamos a cenar cuando de sobra tienes claro que faltarás. Ya basta. Prefiero caer en bancarrota a que seas tú quien cubra mi beneficio marginal. Ten por seguro que en tres metros de asfalto veré más horizonte que el que vanaglorias ver tú desde lo alto del pedestal.

No eres mal augurio ni la premonición de mi desenlace final. Yo te acuso de una, y solo una treta en este tribunal: el pedirme la hora para luego hacerme esperar. Que se abra el cielo y tras de ti se vuelva a cerrar, yo me quedo en tierra pues mi barco aún no ha visto el mar. Me faltan segundos en mi tropa estelar, pero no embarcaré con cualquiera ya que el viaje es largo y no es pasar el charco el motivo de nuestro navegar. El rumbo se volatiliza, mi meta es todavía un tesoro por encontrar.


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