Imagina que estás en frente de una ventana opaca, no ves nada y a la vez lo ves todo. Puedes elegir. No hay nada impuesto.

Tú construyes la realidad que te engloba. Imagina ahora que esa ventana se vuelve translúcida y todo aquello que habías concebido es destruido por algo ajeno a ti. Tomas consciencia. Asumes que es lo que hay o al menos lo intentas, pero tu mente y tú cuerpo no pueden ocultar que cada vez que despiertas te ves obligada a vivir una vida que no te pertenece.

Hay días en que no aparezco. No son muchos, ojalá fueran más.

Desde mi pecho suena un eco que me recuerda qué papel juego. Todo cobra ritmo. Necesito tomar agua. Veo un vaso en mi mesita de noche, lo rozo, pero no llego a agarrarlo y se cae. No es el resto lo que se mueve, soy yo, estoy temblando.

*

Las yemas de mis dedos comienzan a entumecerse, mi brazo en su punto de inflexión cuelga sobre mi hombro a la intemperie. Puedo notar la velocidad, la sensación de no fricción de los neumáticos sobre el asfalto, el efecto discordante de flotar en la nada aun cuando todo en mí es propicio al desgaste.

El mundo aparece difuminado, emborronado, difuso, como si alguien hubiera llorado sobre una lámina de acuarela. Nada se mantiene, pero todo en mi mirada es homogéneo. Es todo un montaje editado con secuencias fugaces que solo tienen continuidad porque alguien las ha situado así. El día parpadea haciéndose de noche por instantes. Todo da vueltas sobre mí mientras yo permanezco inmóvil. Ya no siento el brazo derecho, solo un cosquilleo que pierde fuerza por momentos. La punzada interna en la zona del codo izquierdo me anuncia que la repartición no será egoísta y él es el siguiente en recibir su porción. Sumida en un sueño consciente, pierdo el poder de acción sobre mí misma y quedo relegada a simple espectadora.

**

Una mano se adentra en mi tórax, violenta, brusca e inepta. Aplasta mis pulmones sin respeto por la vida que custodian. El ritmo de mis vías respiratorias es frenético, pero yo solo percibo un instante perpetuo al que me aferro para continuar despierta. Supongo que, si fuera capaz de confluir con mi entorno, mi imagen sería muy similar a la de una trucha que aletea con intensidad cuando el aire la asfixia en segundos interminables.

Soy aquella trucha que ve su mundo con la mirada perdida, aquella trucha que busca con desasosiego culminar una última respiración en la eterna turbiedad que la rodea. Soy aquella trucha tumbada sobre mi cama que siente la velocidad de un pedal que nunca afloja desde la imperturbabilidad de su asiento. Y entonces, como a quién dejan decir unas últimas palabras antes de su fusilamiento, noto como mis pulsaciones se aceleran, bum-bum bum-bum bum-bum, escuetas pero ordenadas, luego solo escuetas, hasta que cada latido deja de lado su contrato temporal y uno tras otro se van amotinando hasta que se produce el colapso.

La gente le tiene miedo a la oscuridad, pero para mí esos minutos en los que solo era un cuerpo tumbado y una mente apagada fueron los más seguros desde hacía mucho tiempo. No había una programación que dar, ni un público al que satisfacer, solo estaba esa gran pantalla negra repleta de potencial y carente de presiones.

Parpadeo. Ya no soy aquella trucha, vuelvo a ser yo, con la misma mirada sin rumbo cada vez más acuosa por el reencuentro inminente con mis pensamientos. Recostada miro la silla de mi escritorio como si fuera el objeto más interesante del universo, como si ella pudiera ser el motivo de mi retención en aquel entorno menos expuesto.

***

Sé que no.

Me levanto. Seco mis lágrimas. Inútil. Voy al baño. Abro el grifo. Me sumerjo en el frenesí glacial. Silencio mi debilidad. Me visto. Echo un vistazo al espejo. No sé quién me mira, pero si el papel que va a interpretar. Desaparezco y pienso que tal vez algún día despierte y vea a través de la ventana aquello que siempre imaginé. Ahora ella ocupa mi lugar. Es capaz de hacer todo aquello que yo no. Toma mi cuerpo y vuelvo a ser espectadora de mi propia vida.

Cierra la puerta, sale, camina y sonríe.


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