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Inmersión I

Introducción

Es una extraña sensación la que me lleva continuamente a tratar de encontrarle sentido a aquellos pensamientos que van germinando poco a poco en mi mente y que continuamente, como la familia de los paguroideos (Paguroidea), mudan para evolucionar. Ha sido este afán el que me ha guiado a este momento, un momento en el que, de entre todas las temáticas que hierven en la actualidad, me decido por abordar este proyecto definiendo como su eje central un terreno que, al margen de acompañarme a lo largo de toda mi existencia, desconozco por completo: la persona.

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En el libro Antropología de las formas políticas de Occidente, Fernando Oliván se centra, justamente, en las formas políticas. Yo no he podido evitar establecer un paralelismo entre la concepción de Estado, como designación de la comunidad política en su totalidad, y la persona, como ser humano único pese a conformar un solo ejemplar dentro de su especie. Me gustaría anticiparme a la posible reacción del lector y calmarle, pues, aunque pueda parecer que me desvío de la temática política, no considero que haya entidad más indispensable en el Leviatán de Hobbes que cada una de las entidades que lo conforman.

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La persona

El término persona proviene del latín persona, que a su vez tiene su origen en la lengua etrusca, phersu, y esta en el griego que deriva de prósopon (máscara). Personaje y personalidad son los dos hijos de un mismo padre que no pudo retenerlos en el mismo espacio. Mientras que personaje lo asociamos a una realidad ficticia, imaginaria, que queda relegada al mundo del espectáculo en el ámbito de lo público, personalidad hace referencia al marco de lo privado con un matiz muy íntimo, diferenciador e incluso, me aventuraría a decir, auténtico. 

Sin embargo, esta interpretación siempre me ha parecido poco acertada. Para mí un buen actor o una buena actriz no es aquel o aquella que sepa fingir ser alguien que no es, sino quien habiendo desarrollado unos determinados caracteres es capaz de manifestar rasgos que habían permanecido latentes en lo más profundo de su interior.

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Explorar quienes somos tras la niñez, hace del logro una tara. Pisar la Luna fue un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad. Sin embargo, colonizar aquellos terrenos que nos son legítimos supone hacerle frente a una sociedad obediente, que cumple las normas no por voluntad sino por inercia. Son, entonces, aquellos pocos que se adentraron a explorar, los locos, las almas perdidas que ignoramos en medio de un sincretismo donde los relojes no poseen agujas y el tiempo olvida su finalidad.

Sobrevivir en un universo pautado por la mayoría de quienes en él habitan, implica la necesidad de canalizar el pulso para evitar salirse de la línea, de limitar nuestras dimensiones para identificarnos en un cuerpo físico, de tomar consciencia para poder actuar como ciudadano de pleno derecho. Una plenitud imperfecta, pues has de decidir entre un cuerpo libre dotado de movilidad o un espíritu creado para volar que de su jaula nunca saldrá.

Los que fracasan en este esfuerzo de aprender serán expulsados del sistema, definidos como locos o como criminales. No es casual que junto con esa misma modernidad nazcan también el establecimiento penitenciario y el manicomio.

Élan

Recuerdo una etapa de mi adolescencia en la que mi razón de ser era un futuro incierto que no se vislumbraba con el paso del tiempo, sino que con él se mantenía alejado. Tardé demasiado en percatarme de que perseguía una ilusión tan irreal como la idea de que entre A y B hay infinitos puntos y entre estos más y así sucesivamente de manera que desde A no es posible llegar a B. Esto es verdad, pero si A es Caracas y B es Madrid, esos infinitos puntos, aunque innumerables, serán lo suficientemente pequeños como para recorrerlos. 

Mi élan era un destino al que podía llegar, pero como si yo hubiese interpuesto entre ambos un resorte y nuestra distancia llegase a ser mínima, esta nunca era nula. Aspirar a la utopía no ha de ser demoledor, sino esperanzador, una potencia transformadora, pero para acercarnos a ella debemos marcarnos metas a corto plazo. Sin victorias, la nación solo esperará el fracaso.

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Es el amargo anhelo de cada uno el que se convierte en el dios de los hombres.

Somos tirano y soberano. Nuestra soledad nos obliga a compartir alcoba, a ser quien manda y exige. No hay intereses más cercanos entre dos opuestos que aquellos que conforman un mismo ser. Nuestra política es deudora de su amor, pero de su odio también lo es. Alcanzar la democracia en una sola vida hará al héroe de quien siempre fue esclavo, al vencedor por quien fue derrotado y el cielo en territorio mundano.


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