¿Por qué verdad o mentira? ¿Son, éstos, valores que coticen en el espacio escénico? ¿Dónde está la verdad? ¿En el recitado de los actores o en las expectativas del público? No me extraña que el cine y la televisión se interesen por su historia. Hablo de una tal Anna Sorokin. Al parecer, la juzgan por estafa tras haber engatusado a “todo” Nueva York. Y para pronunciar ese “todo” hay que cargarlo de los tintes cursis que tan bien saben emplear las “pijas” de medio mundo. Se codeó con lo “mejor”, la crème de la crème sin ser nada.

Se inventó su historia, es decir, construyó -hacia futuro- su pasado. Puro teatro. Conozco a cientos que hacen lo mismo. Incluso algunos amigos. Saben que sé de sobra de donde proceden y siguen contando sus historias, que sus diplomas, que sus cursos en el extranjero… Sus experiencias salvajes. Pablo Casado presumía de masters en Harvard que no eran más que cursillos (¿de cristiandad?) impartidos en algún centro (¿parroquial?) de Pozuelo. Pero es que Pozuelo no tiene el swing de “La Costa Este”. Más de un general, de cualquier ejército, se ha inventado sus batallas y más de una derrota vergonzosa, tras el trabajo de algún buen guionista, sale convertida en gloriosa victoria. Hollywood sabe mucho de todo esto.

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La Sorokin resulta que “no es más” que la hija de un camionero ruso empadronado en Berlín. Nada más. Si fuera hija de un duque sí que sería algo. Dijo ser hija de alguien (o de “algo”, de ahí la vieja palabra de “hidalgo” –hijos-d´algo– hijo de algo) y no era más que la hija de nadie, es decir, del aire, como esa Semíramis que poetiza Calderón apostando por un tono más barroco.

¡Qué maravilla de historia! Sin el aparato de los partidos políticos (o del CNI para la Corona) construyó una fábula capaz de enamorar a medio mundo. Hoy tiene, he oído, aún más admiradores que antes del escándalo. La lengua afilada de un buen amigo me dice que hay por ahí, es decir, en España, una marquesa que juega a la alta política y que “no es más” que la hija de una portera de Caminito. Si esto fuera cierto me tendría entre sus admiradores. Cuanta más distancia hay entre la historia y la leyenda, más grandiosa es la obra. Por eso, los auténticos clásicos hablaban directamente de dioses. ¿Para qué entretenerse en estadios intermedios? Como en el caso de ese Nueva York rendido a los pies de la gran mentirosa germano-rusa, el acento porteño de la otra, también nos encandila.

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Pero, ¿por qué lo llamamos mentira? Sentenciar así entraña tener muy claro lo que es la verdad. Como si lo verdadero y lo falso no fueran también objeto del mito. “Sueña el rey que es rey, y vive en este engaño reinando”, ¡y reina! Eso es lo fabuloso. La falsedad de su figura se mezcla, hasta fundirse, con la realidad material de la vida. Como también era auténtico el champán que se bebía la joven Sorokin en la lujosa suite de algún hotel palaciego, o al menos eso decía la factura con la que, alguna de sus víctimas, pagaba la celebración de sus triunfos. La verdad es solo un hecho estadístico, decía Hume y Goebbels le daba la razón, bastará reiterarla mil veces para que la cruda mentira se vuelva dulce verdad. O sea, certeza. No hay monarca que no vaya desnudo por la vida.

Veo a la Sorokin esposada ante el tribunal del Estado. Frente a ella, unos jueces vestidos de largas capas negras bordadas de encajes blancos la interrogan arrogantes. “Pero, ¿de qué vais vestidos?”, podría preguntarles la acusada. “¿Vais, así, también, cuando cogéis el metro? ¿Es esa la prenda que elegís cuando acudís a algún restaurante? ¿Acaso la usáis de bata cuando os recogéis en vuestra casa? O sea, vosotros también acudís aquí a actuar. Habláis de justicia solamente porque este es vuestro papel. Pero, no os lo echo en cara” -remataría su parlamento-. “Todo esto es mero teatro y, ahora, me toca a mí el papel del reo”, “Que los sueños, sueños son”.

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España condenó (socialmente) a la “engañera” -como diría el tango- de Cifuentes, mientras se cree a pie-juntillas los falsos decorados de la Zarzuela o San Jerónimo. La mentira, ¿dónde está?, ¿en un texto que habla de reyes y héroes o en un público hambriento de fábulas y disparates? Prohombres y reyes de cartón piedra y que a duras penas saben recitar los pocos versos que contiene su papel, se cruzan con un pueblo que sueña que es pueblo y cuyo rol no es otro que creerse las mentiras que le cuentan. Qué mayor grandeza que estas damas de la escena -verdaderos gigantes de la historia- que, desde el barro de un pueblo nacido del aire, construyen los gigantescos castillos de humo que saturan las grandes pasiones. Escarbar un poco en la historia y no hay coloso sin los pies de barro.


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