"El gran teatro del mundo"

Impacto máximo en el tempo más corto. Así define la función del arte moderno un crítico tan pausado como George Steiner (por cierto, en otro momento hablaremos de sus “Antígonas”). Una mecánica que se impone, cada vez con más fuerza, en las artes escénicas -sobre todo en el cine y sus sucedáneos-, pero que también se traslada al espacio político, es decir, al teatro de la política. Si hace años la diferencia entre lo público y lo privado se medía en los tiempos: los largos periodos del estado -“non moritur”, decían los viejos tratadistas- frente a la brevedad de la vida de cada uno, hoy el reloj se invierte, y la escena pública nos lleva de asombro en asombro. Una perplejidad que nos amenaza, alucinados por su velocidad, con la parálisis absoluta. Como en el sístole y diástole de los ritmos cardiacos, hoy vivimos en una contracción de los tiempos que reduce la duración de la acción política al fulgor del happening.

Ya veo correr a los comentaristas, periodistas y expertos. Los biempensantes se echan las manos a la cabeza y más de un sesudo tertuliano nos amenaza, como el viejo Jeremías, con la vecindad de la catástrofe: “va a ser imposible gobernar”, “estamos abocados a unas nueva elecciones generales”. Como si eso fuera una tragedia. Yo, a duras penas, puedo ocultar mi gozo. La política moderna es puro happening: Toda una obra reducida al impass de la escena. Elecciones, referéndum, debates y campañas, trifulcas de todo tipo, todo un aspaviento para concitar el interés del ciudadano. Tengámoslo claro, la peor amenaza que pesa sobre el orden político no es otra que el aburrimiento. Si en todo lo demás nos dan la espalda, al menos, que en esto nos procuren espectáculo.

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Groucho Marx, con la solemnidad de un ministro de la iglesia, dijo aquello de “Estos son mis principios. Si no le gustan….. tengo otros”. Y, ¿Por qué no? Aparte del inmenso ingenio que encierra la frase, su carácter desternillante estriba en lo reiterado de la escena, en menos que canta un gallo la tienda de los valores nos ofrece la integridad de su mercancía. Puro caleidoscopio donde, a cada vuelta del manubrio, con los mismos cristales, concebimos nuevas figuras repletas, todas ellas, de vistosidad y gracia (los principios). Es el juego de la escena, y no el texto del libreto, lo que encandila nuestras almas. ¿Qué más da la mentira de ese oropel de luces y cartón piedra? En los espejos confrontados que esconde el tubo por donde miramos, lo verdadero y lo falso son conceptos sin sentido. Mientras, las piezas (principios, valores, ¡la moral!) saltan y se recolocan como esos decorados que surgen del proscenio. A cada golpe de tuera, un mundo distinto. Eso sí, siempre repleto de los colores de lo fantástico.

Hubo un tiempo en que también la pintura jugaba con estos efectos. Comenta Pascal Quignard que los frescos que adornan los muros de Pompeya son la expresión perfecta del instante. Todo el poder concentrado en una imagen. En la Medea de la casa de los Dioscuros, la estampa captada por el artista contiene, condensada en un momento, la solemnidad narrativa de todo el mito. Desde la culpabilidad de Jasón hasta la desesperación de la maga, de la mirada inocente de los niños al espanto de la muerte. Un instante petrificado que, como en Fausto, nos lleva de lo bello y sublime al horror de las tinieblas. Y todo en un segundo –in ictu oculi-. Eso mismo le pedimos a la política. El milagro de darlo todo en un instante.

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Poética del fuego, y vuelvo a Verlaine  “que todo lo devora cuanto al paso encuentra”, y que nos lleva del aquelarre diabólico a la zarza encendida de la tradición mosaica. Francia nos vuelve a recordar esa importancia del fuego. Del fulgor amarillo de los chalecos de la revuelta -escenografía a plazos de un cambio que nunca llega-, a esas llamas que arrasan Notre Dame y que, en unas pocas horas, condensaron la pasión de Occidente. Me cabe la duda, el incendio ¿fue también parte del espectáculo? La reaparición televisiva de Macron, anunciándonos la reconstrucción -aun más bella- de la catedral, tenía todos los guiños de un happy end escénico. En menos de veinticuatro horas (como en Lope), el dolor y la angustia se trucaron -pura tramoya- en alegría y esperanza. Un lapidario “la reconstruiremos”, sonó como colofón de una política que brilla por su ausencia. ¡Qué espléndido happening! Ya, incluso, se quedan largos los 140 caracteres de la mensajería telefónica.


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