Entre los espectáculos que nos brinda la política hoy día, ha habido una escena que me ha impresionado. Me refiero a la entrevista en una radio de la renovada alcaldesa de Barcelona. Ada Colau no pudo contener las lágrimas.

El llanto en el teatro, como también la risa, a eso iremos luego, tiene una compleja ubicación simbólica. Estamos en la expresa explosión de los sentimientos. Y, como decimos, el teatro no es más que ficción, máscara, puro afeite y, por ello, extraño a toda sinceridad del alma. Por eso, risa y llanto, en teatro, han de articularse en ese sutil espacio que, como una red repleta de misterio, alcanza a envolver a los actores y a su público.

Con esto no queremos decir que, en la escena, no puedan surgir actos y cuadros donde veamos llorar, gritar o reír a carcajadas, pero esto entraña, siempre, una proyección hacia el público. Si hay risa, busca el contagio de la sala, si corren las lágrimas, el efecto buscado es conmover, alcanzar las fibras más sensibles de un espectador hasta laminar esa coraza que todos llevamos dentro. Sin embargo, nada de esto vi en las lágrimas de Colau. De ahí mi interés como crítico.

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¿Cómo, entonces, explicar ese arrebato de sentimientos bajo una coherente teoría de la escena? La clave, luego lo veremos, nos las proporciona el contexto, lo que conlleva interesantísimas consecuencias ya en el mundo político.

Tragedia y comedia se miden por esa capacidad de hacernos reír o llorar, dos sentimientos configurados alrededor del orden simbólico. De ahí su intima relación con la sustancia de las instituciones.

Es curioso. Se produce ahí un extraño bucle que intercambia posiciones en el juego de la escena. Si la tragedia es el género de la ciudad y su catarsis nos remite al espacio de lo público, la comedia, con ese lenguaje coloquial y desclasado, se incardina necesariamente en el espacio privado de la casa. Teatro y comedia se oponen, así, como casa y ciudad, es decir, en esas dos esferas de lo público y lo privado que configuran el universo occidental de las instituciones. Así lo entendían las trilogías concursales en el viejo teatro del Pnix, en Atenas, donde se construye el espíritu del demos. O sea, de la democracia. Nadie tenía miedo a esa eclosión de sentimientos (Aquiles, el héroe por antonomasia, se pasa toda la Ilíada llorando). Sin embargo, como decimos, ese derroche de los afectos invierte, en nuestra cultura moderna, su mecánica. En definitiva, frente a la intimidad que hoy reclama el llanto, la risa se comparte, es contagiosa, expresa solidaridad y vida, y de la calle a la taberna gustamos reír en público. Reír en solitario nos delata como locos.

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Por el contrario, para llorar buscamos la soledad de nuestro adentro. Para llorar nos refugiamos en lo más íntimo del hogar, y no pocas veces, esas lágrimas destilan directamente sobre nuestras entrañas.

No hay necesidad de sinceridad en la risa, y no la hay, no porque sea falsa, sino porque ese reír es la esencia del teatro. Ahí iba Aristóteles en su análisis de la comedia. La risa, como decimos, no necesita ser sincera. Es más, no pocas veces, en medio de un reír frenético, olvidamos incluso que nos hace reír de ese modo, arrastrados por una solidaridad que recorre, de cuerpo a cuerpo, el espacio del grupo. El llanto, fruto del dolor, sin embargo, requiere la brutal veracidad de lo auténtico.

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Pero es que, como ya hemos dicho, comedia y tragedia no se proyectan como estructuras simétricas, como tampoco son simétricos los espacios de lo público y lo privado a los que nos remite su juego simbólico. Ni la risa es lo opuesto al llanto. Si la risa recorre el espacio teatral del escenario a las gradas, el llanto mantiene el iter opuesto. El acto cómico se contempla siempre desde un fuera necesariamente exterior a nuestro cuerpo, reírse de uno mismo es el inicio de la tragedia. El contagio que promueve la carcajada va del centro de la escena a esa periferia donde se acumula el público.

En cambio, el llanto, si es veraz, recorre el camino inverso: nace en ese público, en el corazón dolido de la intimidad de cada uno y, desde ahí, alcanza todo el edificio escénico. La tradición clásica hablaba de la risa de Demócrito y el llanto de Heráclito como las dos máscaras que simbolizan el teatro, pero también aquí el juego no nos remite a simetrías sino a la dialéctica de la vida: uno se ríe de los otros, pero llora su propia suerte. Heráclito, el rey-filósofo melancólico, contempla en sí mismo la gran tragedia que consume el mundo. Solo los dioses ríen con plenitud de causa.

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Colau lloraba el otro día, y lo hacía como espectadora. Su llanto no era de comedia, como ese brotar de lágrimas al que nos tiene acostumbrados el drama llorón que practican tantos políticos. Falso llanto carente del más simple sentido trágico. Su llanto, en cambio, era sincero pues surgía de ella invirtiendo el espacio escénico. Por eso su llanto me conmovió profundamente. Colau se vio a sí misma, ella lo dijo, puso la excusa de los ojos de sus hijos, se vio a si misma desde esa cotidianidad ciudadana que todavía palpita en sus entrañas. Se vio reflejada, como si fuera en un espejo, en las mismas lagrimas que brotaban de sus ojos.

Colau saltó de la escena, y, por un momento, se fundió con ese todos nosotros, agazapados en los rincones de nuestras butacas, mientras dejábamos brotar, en silencio, nuestro propio llanto. Por un momento, Barcelona se convirtió en la gran escena del arte trágico. Cuando vemos eso, tengámoslo claro, el teatro alcanza el espesor de la vida.

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Hasta esta entrada del blog, lo confieso, me he dejado llevar por la ironía. Me resultaba grato descalificar, y reírme, del desnudo atuendo de nuestros reyes de la escena. Esta semana, en cambio, me he conmovido. Antonio Maillo en Andalucía nos ha dado también su lección de vida. Renuncia al oropel del teatro y se va discreto por el proscenio. Se siente cansado, nos ha dicho. No soporta tanta mentira. Parece que, entre tanto ajetreo, debió olvidar sus lecturas de Plauto: “Nada humano me resulta extraño”. En Alemania, Merkel convulsionaba mientras tanto, como si renaciera aquella tradición de Saint Médard que abrió las puertas al fuego revolucionario. No hay nada como convulsionar para dejar todo sin sentido.

De pronto, un aire nuevo recorrió el entablado político y cayeron al baúl de la troupe coronas y mantos desgastados. Cavafis vio ahí el sentido más profundo de la tragedia: cuando el mundo auténtico se instala en la escena, la obra abandona el espectáculo. Las lágrimas de Colau abren esa esperanza.


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