En lo que se refiere a la teoría del teatro, Pirandello llevaba razón, es el personaje el que busca al autor. En la pura economía de la escena, sin embargo, es el actor el que busca al personaje.

Las viejas compañías cómicas tenían, incluso, actores especialistas que, por sus características físicas, tono de voz o la índole de sus gestos, quedaban encasillados ya sea como “Donjuanes” o como “criadas”. Esa búsqueda del personaje condicionaba, así lo cuentan, la propia vida del actor, sometido al terrible peso de un papel que terminaba, no pocas veces, devorándole. Eso dicen de John Wayne, como también de Weissmüller, aprisionados ambos en sus respectivos personajes, ya sea de heroico vaquero de las praderas o ese Tarzán de las selvas cuyo grito interpretaba, incluso, en el geriátrico donde murió de viejo. Pero no solo atrapan los papeles de héroe, también atrapan los personajes turbios y negativos. Boris Karloff fue el eterno Frankenstein y, cuentan que el gran James Cagney lamentaba lo difícil que era salir del papel de malvado. No sé si ha sido voluntariamente o no, pero Albert Rivera ha optado por el papel de Macbeth.

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Ya lo hemos dicho más de una vez. El teatro nace con la misma ciudad, de ahí su necesaria vinculación con la democracia. No es solo una cuestión arquitectónica, y esa inevitable semejanza entre la plaza pública, espacio de la política, y el circo de la escena con sus actores y su público; la identidad va más allá y se construye en la especial relación de los dos pilares sobre los que reposa la acción social: conocimiento y poder.

En el modelo monárquico, el poder se residencia en la alcoba -y se ejerce con el falo-, es la casa (Domus, Oikos, “Casa real”) su espacio por antonomasia. Todo el saber se instala solo en Uno que para eso es el rey (en Marruecos el monarca aparece con todos los signos del saber: si vas a un hospital, su retrato le hace llevar un estetoscopio). A su alrededor solo sobreviven los que, o no saben (i-nocent) o los que no hablan (in-fant). Niños, mujeres y esclavos se someten a ese paterfamilias que en griego se dice oiko-despotés. El rey tiene todo el poder porque es el único que sabe y el único que se pronuncia.

Tengámoslo claro, el poder social es siempre un poder sobre el discurso. O sobre su silencio. Quien controla la información -o la opinión- controla el mundo. Por eso al espionaje se le llama “inteligencia”. En la ciudad, espacio del demos, es decir, del pueblo, la relación entre saber y poder es distinta. Ahí es la multitud, ese demos, quien acumula el conocimiento y la palabra. Y esa es, justamente, la diferencia entre los dos personajes de Edipo y Macbeth.

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Edipo, es cierto, es un tirano. Pero, así lo cuentan los antiguos, es el buen tirano, es decir, pese a incorporarlo como rey (“Edipo rey” se llama la obra) su personaje vive, sin embargo, en el espacio comunitario de la ciudad democrática. La tragedia de Edipo es también y sobre todo la tragedia de Tebas. Tebas, la gran ciudad de la antigüedad, está sacudida por una peste que amenaza con destruirla hasta los cimientos. El oráculo dice -con eso se inicia la sesión de palabras- que la causa de tanta desgracia no es otra que dos gigantescos crímenes que contaminan la vida de la ciudad. Los fantasmas del parricidio y el incesto planean sobre el destino de la nación. Pero, los que recuerden la obra, anotarán que todos los datos del drama, ahí estriba su sabor democrático, son plenamente conocidos por todo el mundo. 

Desde el propio Edipo hasta el más humilde ciudadano conoce la muerte de Layo, el anterior rey y los nuevos esponsales de la reina. Todo lo que sucede se sabe, y se sabe por la ciudad entera, por eso Tebas se presenta como una ciudad democrática. En Edipo la tragedia no se fundamenta en el conocer o desconocer los hechos, sino en la lectura que, como ciudadanos, debemos imponer al discurso. En Edipo, saber y poder tienen un sabor democrático. ¡Qué lejos de ese Macbeth que nos proyecta el genio barroco de Shakespeare!

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Frente a Edipo, Macbeth construye su poder siempre en las sombras, Macbeth es el que cree saber lo que los otros ignoran. Un saber que le lleva, de la cueva de las brujas a la alcoba real, una y otra, metonimia de la oscuridad y el silencio. Él, que no es más que un siervo, un noble segundón y sin escrúpulos, ayudado por la funesta Lady Macbeth, mata a su señor y alcanza el poder real. El destino le sonríe pues sabe lo que el resto no sabe. El oráculo de las brujas le ha abierto el futuro.

El poder de Macbeth se asienta en eso que sabe y que el resto ignora. Él puede ver mientras el resto, nosotros, los pobres ciudadanos que ansiamos el buen gobierno, permanecemos zambullidos en las tinieblas de la ignorancia. A nosotros nos cerca, como un anillo, la ignorancia. Él se eleva en el círculo -otro anillo- de la sabiduría.

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Desde la leyenda de Gilges -en su versión platónica- la idea de ese círculo -un anillo según lo narran otros- nos obsesiona. Un saber que se alimenta a sí mismo -y por eso, secreto- como las frases entrecortadas de las tres brujas. Una serpiente que se muerde la cola de un saber encerrado para siempre. De la demoscopia al gurú de turno. O las falsas promesas que le vendieron alguna noche (Platón insistirá sobre “La caverna”).

Pero, como en los cuentos de Tolkien, ese saber termina siendo destructivo. Detrás de cada palabra siempre anida un contrasentido. Una falsa pista. Un extraño giro. En el espacio del demos, el secreto se convierte siempre en veneno.

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Rivera creyó alcanzar el reino -¿Qué tres brujas se lo anunciaron?- sobre el cadáver del rey muerto. Contra él nada podría -también se lo dijeron- ninguno que fuera nacido de madre. Tampoco Lady Macbeth anda lejos de la escena. No le faltan candidatas en la troupe de “Ciudadanos”. No tanto esa “Inés del alma mía, cada vez más saturada de su aliento, sino esa dama de la derecha que creyó con él reescribir su destino.

Hoy, ya en las últimas escenas, el fantasma de Banquo y siete más, le dan la espalda. También el bosque de Birnam parece caminar precipitándose sobre el castillo. ¡Cuidado!, un extraño nacido (¿no dicen que Vox es un hijo espurio de ese PP casi muerto?) como exige la leyenda, puede hacerle probar el afilado hierro del desquite político.


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