Recuerdo sus manos sobre las mías, curiosas pero calmadas, sus yemas ásperas y templadas. 

 

Las clases de informática nunca me parecieron interesantes, eliminar un graffiti trivial de una chabola en algún lugar del mundo no estaba en mi lista de cosas que hacer antes de los 20. Sin embargo, los miércoles a primera hora empezaron a gustarme. La noche todavía acaparaba las primeras horas de la mañana y los ordenadores bien podrían ser los que se habían utilizado en la Segunda Guerra Mundial.  Pero había algo en aquellos momentos que hacía que meditara más que me iba a poner, de qué color me iba a pintar las uñas y qué pensaría él de todo eso. 

 

Al principio solo eran dos sillas contiguas, luego, dos sillas contiguas con personas que se ponían de lado, y entonces fueron mis rodillas y las suyas rozándose deliberadamente. Podía estar instalando Ubuntu o haciendo mis pinitos con el Paint, que sabía que él me estaría mirando fijamente, sin miedo a que yo me girará y le viera. Le gustaba que yo lo supiera, que me sonrojara sin hacer acopio de la palabra. Parecía que jugábamos al «un dos tres escondite inglés», cuando yo no miraba él se acercaba y me acariciaba el pelo, y cuando me giraba, me contemplaba con ojos traviesos sin moverse. Terminé por dejar que el inglés deambulara tranquilamente, pues disfrutaba de cómo sus dedos se revolvían entre mi cabello.

 

*

Sabía cuando olía la fragancia de mi melena, pues notaba su respiración más cerca y durante unos instantes cerraba los ojos para controlar la mía. Recuerdo sus manos, grandes, fuertes, trabajadas. Su palma cubría la mía sin el menor esfuerzo. No obstante, cuando él me tocaba lo hacía como cuando una madre acaricia a su bebé. Lo hacía con cuidado, con delicadeza, despacio, muy despacio como si temiera que llegara su fin. Decía que mis manos eran perfectas, de dedos finos y piel suave. Él sabía cómo era yo. Ignoraba el por qué pero a diferencia de muchos supo hacer de un apretón de manos lo más insípido en este mundo y al mejor sexo la versión de pinta y colorea para niños.

 

Un día me preguntó qué películas me gustaban y yo le contesté que me encantaba, entre otras muchas, El diario de Noa. No sabía cuál era y la conversación siguió por otro rumbo hasta que tocó el timbre que marcaba el fin de la clase. Al día siguiente se sentó de lado y me miró profundamente con una sonrisa de oreja a oreja y me dijo: “ayer le pregunté a mi padre si había visto alguna vez El diario de Noa y él me dijo que claro, que era una película preciosa. La vi, es muy bonita”. No sabía que decir, pero no hizo falta, mi cara fue un poema.

 

**

Quizás podría haberme dado cuenta antes, pero mi momento de consciencia fue ahí, cuando me empezó a contar lo que más le había gustado, no me importaba si la había visto de verdad o si se había leído un análisis de la película en El rincón del vago. Le gustaba y yo me sentí querida, de una forma muy distinta a como lo había sentido antes, por primera vez. 

 


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