Hacía unas semanas que había regresado a Madrid. Ahora ocupaba un puesto como restauradora en el Thyssen.

Desde que supo que de mayor quería ser la responsable de mantener aquel pedazo de historia que constituía el arte, lo más intacto y fiel posible, había decido que algún día trabajaría allí. Cuando recibió la noticia no pudo evitar pegar un chillido de emoción. Los días siguientes fueron puro éxtasis, le dolía la mandíbula de tanto sonreír, pero así era ella, exprimía cada momento y se alimentaba del jugo que estos le proporcionaban. Había dicho una vez: “La vida es retroalimentarse, lucha por hacer lo que te gusta y te pasarás la vida creando y creándote”.

Cuando su madre la llevaba al centro en cercanías, ella se dedicaba a observar el mapa con las distintas líneas. Recorría el camino hasta aquel recoveco de historia desde puntos dispares de Madrid. “Todos los caminos llevan a Roma” le decían. A ella todos los caminos la llevaban allí.

*

Aquel 13 de octubre bajó del tren, posó su tarjeta esperando que el pitido y la luz verde le indicaran que podía pasar y repitió el proceso para entrar en el metro. Por fin salió del mundo subterráneo que vivía a sus pies y emprendió el camino hasta la siguiente parada. Llevaba un buen ritmo, a apenas 200 metros encontraría el poste rojo donde paraba la línea uno. El camino era todo recto, pero una sensación la sobrecogió. Miró el reloj, aún le quedaba una hora y veintidós minutos para entrar a trabajar. Decidió girar a la izquierda y seguir aquel presentimiento aparentemente irracional que albergaba. No estaba segura de cuánto tiempo se había pasado caminando cuando decidió parar.

Estaba exhausta. Dio una vuelta sobre sí misma para saber a dónde había llegado. A su alrededor se encontraba una especie de parque que habría pasado por mejores momentos. No tendría más de 30 metros cuadrados pero parecía mucho más pequeño. Apenas lo adornaban algún que otro arbusto. El resto estaba desierto. Volvió a mirar el reloj, más por inercia que por interés. Ya era tarde. Tenía que marcharse o no llegaría a tiempo. Tres pasos, cuatro, cinco. “Búscale un sentido a todo aquello a lo que no se lo encuentras”, se decía siempre. Su intuición la había llevado a desviarse de su trayectoria, pero no comprendía el porqué. Retrocedió.

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Se encontraba de nuevo en el parque. Un parque que albergaba un misterio, su misterio. Decidió observar detenidamente aquello que tenía a su alcance para resolverlo. En este caso, supuso que lo mejor sería buscar algún lugar donde sentarse y dejar que sus cinco sentidos se lucieran. Encontró un banco de granito, un tanto mohoso y frío al contacto. Se sentó allí, dejando que el viento la escudriñara y le rozase las mejillas hasta sonrojarlas. Las hojas se arremolinaban y se deshacían en el aire provocando un crujido sonoro que retumbaba en sus oídos. El resto de ruidos se disipó y su cerebro solo procesaba ese mismo sonido una y otra vez. 

Ya había estado allí.

**

De forma intermitente empezaron a llegarle imágenes que poco a poco fueron reconstruyendo un recuerdo del pasado. Alzó la mirada y efectivamente, al lado de la farmacia que hacía esquina se encontraba el portal nº9 donde su madre había estado trabajando en la oficina del tercer piso cuando ella tendría poco más de cuatro años. Que hubiera almacenado aquel parque en su subconsciente no se debía al puesto esporádico que había ocupado su madre, sino al señor que había conocido allí. En su memoria, visualizaba a un hombre mayor, abrigado hasta las cejas que caminaba hacia ella apaciblemente. Recordaba aquellos fragmentos decorados con tanto detalle sobre sus dedos. Había tantos y de tamaños tan dispares que le costaba imaginarse como, en la que minutos antes había sido su matryoshka de cerámica, habían encajado tan bien. Ahora, de vuelta a aquel instante, podía revivir como se había sentido: al igual que sus muñecas, estaba destrozada. El hombre se había arrodillado a su lado y con delicadeza fue juntando los restos desperdigados.

“Está roto” suspiró ella. “¿Tú crees?” preguntó él. Al ver como la niña lo observaba con suspicacia, él continuó: “Yo veo una muñeca. Solo hay que unir las piezas- hurgó en el bolsillo de su abrigo y sacó un botecito de pegamento resistente- Siempre llevo uno, gajes del oficio”. Poco a poco, ambos habían vuelto a darle forma a aquella figura que minutos antes parecía irreparable. El asombro de la chiquilla era abrumador. Se acercó al hombre y con timidez le dio un beso. “Gracias”, pronunció. “Todo tiene solución”, le afirmó él con alegría. En los días siguientes, su madre y ella, imitando las instrucciones que les había dado el restaurador, habían añadido masilla y vuelto a pintar la muñeca.

Ensimismada recordando aquel encuentro, no pudo evitar sonreír al tocar su chaqueta. Dentro, en el lado derecho, llevaba un botecito de superglue. “Todo tiene solución”, pensó mientras caminaba hacia el trabajo.


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