"El gran teatro del mundo"

En las premuras del trabajo, casi periodístico, que entraña un blog no hemos tenido más remedio que lanzarnos a la arena de las circunstancias. Por eso, a duras penas enmarcamos el objeto de nuestro discurso enunciando la vinculación del teatro y la policía. La velocidad de los acontecimientos nos impuso renunciar a la teoría y abatirnos directamente sobre los personajes. Hoy, sin embargo, cabe ya un cierto sosiego, por eso buscamos la sutil dependencia entre las luchas del estado y el juego de la escena.

Hemos mencionado las dimensiones narrativa y espacial que definen la sustancia de la obra teatral. De ahí la capacidad de articular, en la contemplación de la escena, el denso espacio de la vida. Sin embargo, junto a estas dimensiones tenemos necesariamente que acoplar, para alcanzar la comprensión del género, un elemento nuevo: el ritmo.

No hay teatro sin ritmo. Es decir, sin una específica dinámica que haga de ese juego de escenas un instrumento para representar el mundo. Como el palpitar del corazón -quizá el primer metrónomo- las escenas han de alcanzar el clímax del desenlace. Los latidos del corazón, como los empujes (también repletos de sangre) del orgasmo, marcan nuestros ritmos con más precisión, incluso, que los días y los años. Solo así el teatro cumple su compromiso de katarsis.

El teatro y la política también han de hacer de ese espectador embriagado por la leyenda, un nuevo y feraz ciudadano. El juego de la emoción -es decir, la capacidad de ser absorbidos por la pantalla (también lo significa la palabra escena)- depende, aún más que de la intriga, de ese tempus que embrida la obra.

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Escribo esto a finales de marzo. Pablo Iglesias se une -hay quien dice que con retraso- al debate político que encienden las elecciones. Sin embargo, la cuestión de su éxito o fracaso, no va a estar ahí, como veremos. “Tarde” o “temprano” son conceptos relativos respecto a la línea harmónica del canto. La batuta de los acontecimientos los proclamará como fallo o como acierto. Su éxito o fracaso, como veremos, dependerá más de su acoplamiento a los ritmos, es decir, de ajustarse a la dinámica musical de los acontecimientos. Como el bailarín, al entrar en escena ha de encontrar su nota.

¿Hay un orden musical detrás de nuestras emociones? El ansia o el cansancio con el que seguimos las historias, ¿es paralelo a los acordes que marcan las esferas del universo? El Brexit, el Procés, las elecciones, las mismas guerras que vemos en los telediarios, como también lo fue la agonía de Rajoy o lo es hoy el pulso que sostienen en Francia los “chalecos amarillos”, se incardinan siempre en un vaivén que también empuja las fibras de nuestra alma. Somos capaces de afrontar los más titánicos esfuerzos cuando la emoción nos abrasa, pero apagado el fuego, el cansancio nos puede. Pasión y desidia, entusiasmo y sensación de derrota, se suman en un devenir que, como las olas, marca el flujo y reflujo de la espuma. De la ópera al circo, del ruedo ibérico al hemiciclo del parlamento.

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“Un ritmo igual que una marea”, proclama Verlaine en su poema dirigido a Marco. Ritmo que, inevitablemente asocio al baile -“Cuando Marco danza”- donde, nuevamente, se unen las cuatro dimensiones del universo. El baile, en el fondo, no es otra cosa que un control del espacio bajo las reglas del tiempo (¡De una baldosa! Presumía el chotis). Ese girar y girar siguiendo el compás de la música. Roto el hechizo de ese binomio espacio-temporal, esos movimientos no dejarán de parecernos caóticos y sin sentido. 

Paso adelante y paso atrás, giros y contragiros, quietud y movimiento que se proyectan tanto en ese intimismo de los protagonistas, metáfora inquietante del coito, como en el espacio social que los contempla, y que hace de la danza también expresión del teatro. Bailamos para gozar y para ser vistos. Erótica del poder que hace también del político un bailarín en la escena. Gozamos de lo que vemos con la misma intensidad que lo hacemos al ser vistos. Círculo vicioso donde la intimidad del beso se comparte con un público que sigue embelesado por los movimientos del cuerpo. El frenesí de la política termina siendo, por eso, imparable, todos atrapados, como en las danzas de la muerte, por el remolino del miedo y del deseo. “¡Bailar, bailar, malditos!”

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Ritmo, en definitiva, como el que nos impone el sexo. Desde el flirteo hasta el orgasmo. Tempus que posibilitará -o frustrará- el acorde entre las fibras sensibles de uno y otro. Que sean los dioses o los meros anhelos -Virgilio pone la duda en boca de Euríalo- quienes prendan ese fuego en nuestros corazones, termina siendo lo mismo. Pero ese fuego ha de prender en el corazón para que el animal rupestre que somos alcance la condición de humano. Es decir, de ciudadano: zoon politikon (Aristóteles dixit).

Confundir los tiempos, entrar demasiado tarde o demasiado temprano solo nos conduce a que ese torrente de pasiones que arrasa los valles, de pronto, ¡se hiele!


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