¡Madre mía! Fue entrar por la puerta chirriante de la lavandería y ver como todas las lavadoras estaban centrifugando. Todas a excepción de una que estaba a punto de ser ocupada por mi vecina, la del cuarto c, Valentina.

Necesitaba ese electrodoméstico rechoncho y lo necesitaba ahora. American Next Top Model, mi reality preferido empezaba en dos horas y teniendo calculado el tiempo que requería todo el proceso de lavar, secar y volver a casa, necesitaba disponer de ese trasto inmediatamente. ¡Por Dios! No podía esperar, era la última hora de la tarde y ya me había quedado sin tangas. Valentina. Mmm… Valentina. Alguien te iba a pescar y ni sabías que tú misma ibas a ser el cebo.

-¡Valentina! ¡Hola!

-¡Carol! Hola, ¿Qué tal estas?

-Muy bien. Y, ¿tú? Oye, ¿no tenías hoy una cita?

-Sí, hemos quedado a las diez. Es encantador. Tengo muchas ganas de que esta vez funcione, Carol.

-Seguro que va a ir genial. Aunque… Bueno, nada. Olvídalo.

-No, ¿qué?

-En serio, no era nada.

-Vamos Carol. Suéltalo.

-Bueno, hace mucho que no has vuelto a salir con un hombre desde lo de Tomás. ¿No crees que deberías disfrutar de la experiencia? Tienes mucho partido, Val. En mi opinión, tendrías que estar en casa ya mismo arreglándote y poniéndote más guapa aún de lo que eres. ¡La colada puede esperar! La primera imagen es la más contundente. Ya sabes, los hombres siempre se quedan en un primer momento con el exterior. Todos sabemos que eres un amor de persona, pero eso tarda más en verse. Sin embargo, si te alisas el pelo, te maquillas un poco y te pones algo mono seguro que te lo llevas de calle. Vamos, triunfo asegurado. Pero bueno, es mi consejo, seguro que lo que tú decidas estará perfecto.

-Uf, quería dejar la colada hecha, pero… Tienes razón. Puede esperar. Además, si es verdad que me queda bien el pelo alisado, aunque claro, me tendría que ir ya. ¡Ay dios! ¿Crees que me dará tiempo?

-Claro que sí. Mira subes ya mismo y en las dos horas que tienes hasta las diez te da tiempo para estar deslumbrante.

-Vale, pues me voy ya. Muchas gracias Carol. ¡Deséame suerte!

-¡Suerte! Aunque no te va a hacer falta.

Se lo que estaréis pensando, ¡que arpía! Pero necesitaba libre esa lavadora y además las ojeras que tenía no se iban a tapar en media hora. Le he hecho un favor. Si es que al final he obrado bien.

*

¡Uf! ¿Cuánta ropa sucia llevaba? Podría haber abastecido a todas las mujeres de mi urbanización, claro que ellas no tendrían tanto porte para llevarla como yo. ¡Dios! ¡Cómo odio poner lavadoras! Como si se tratara de unos dibujos animados una lucecita se me encendió sobre la cabeza al alzar la vista sobre mi hombro. La señora Morita estaba a cinco pasos de mí. Morita es su apellido, no os confundáis. No soy xenófoba. Yo tengo mis principios. Bueno, en fin, Morita estaba allí, es una mujer súper perfeccionista. Es una de esas madres que no aceptan ayuda porque considera que nadie lo va a hacer también como ella. E ahí la guinda del pastel. Me acerqué, cual lobo que ve a su oveja.

-Señora Morita, ¡hola! ¿Cómo está?

-¡Oh, hija! Muy bien, aquí lavando la ropa de los niños. ¿Cómo te va todo?

-Pues ya que lo pregunta… Verá usted, me he comprado ropa nueva y es de color. Obviamente soy consciente de que no se puede juntar con la blanca, pero quizás si lo pongo en uno de esos programas fríos no haya problema, ¿no? –Me acerqué a mi lavadora y empecé a meter prendas: una camiseta roja, sujetadores negros y sábanas blancas. Deberíais haberla visto, parecía Özil. Ya sabéis, ese jugador que antes estaba en el Real Madrid y parecía que tenía resortes detrás de los ojos, daban ganas de metérselos para dentro.

-No, no. ¡No! Deje, deje. No puede mezclar así.

-¿Cómo entonces?

-Deje, yo se la hago. Es muy fácil pero necesita saber unas cuantas leccio…

Bla, bla, bla. Era increíble. ¿Qué persona que vive sola no sabe poner una lavadora? Claro que sabía cómo hacer la colada, pero el caso es que no quería hacerla. La señora Morita estaba entusiasmada, parecía un niño el día de Navidad contándome todos esos trucos. ¡Por favor! Era una lavadora, no un maletín de magos. ¡En fin! Nuevamente había hecho que esa mujer se sintiera útil. Seguro que llegaba tan contenta a su casa que mandaría a los niños a las diez a cama y le echaría un polvo a su marido cómo no lo hacía desde los veintitrés.

**

¡Ay! Bueno, solo quedaba que terminara la lavadora, sacarla, meterla en la secadora y volver a casa a tiempo para sentarme cómodamente en mi maravilloso sofá de terciopelo rojo y ver un nuevo episodio de mi serie preferida. ¡Ojalá echen a Sophie, tanta mosquita muerta no le da chicha al show!

Veinte minutos después mi ropa ya estaba en secado rápido, claro que dada la masa de trapos que había metido duraría por lo menos otros veinte minutos. Por suerte me había llevado la lima de uñas y el esmalte rojo que tanto me favorece. Mis manos eran perfectas, si quisiera podría ser modelo en Tiffany’s o alguna otra joyería famosa. ¡Es tan difícil tener tantos dones! Nunca sabes con qué trabajo quedarte. La segunda mano de laca cercioraba lo que decía, ese rojo era fabuloso. Miré el temporizador, solo quedaban cinco minutos. Se me secarían las uñas para entonces, pero siempre existiría una pequeña posibilidad de que se me estropearan. No podía ir con una manicura nefasta por ahí.

***

Hablando estratégicamente, a las diez en punto estaba un chico delgaducho. Debería de tener dieciocho años, probablemente seguiría siendo virgen. Tenía toda la pinta de no haberse comido un rosco en su vida. Un poco de voz melosa y caería a mis pies.

-¡Hola! Soy Carol, ¿vives aquí?- Pobre chiquillo. No se mantenía ni en pie. Si hubiera puesto un cubo bajo su cabeza, habríamos podido vender centenares de cremas rejuvenecedoras haciendo pasar su baba por la de un caracol.

-Ho…o… Ejem, hola. Sí, soy Javi. Vivo en el quinto.

-Encantada Javi. Antes he visto cómo le has dejado de tu detergente al señor Hernández. ¡Eres un cielo! ¡Ya no hay hombres tan caballerosos por el mundo! Me alegra tener a uno de los pocos ejemplares que quedan en mi edificio.- Y ahora el punto clímax de mi actuación. A modo de señal incluso para el hombre más pasmado del mundo, alcé mi mano para recogerme un mechón de pelo detrás de la oreja, mirar un poco al suelo, nerviosa, y sonreír disimuladamente como una colegiala enamorada. Es entonces, cuando al doblar la muñeca mi expresión cambia por un intenso dolor que claramente manifiesto con una interpretación de diez- ¡Ay! ¡Uf!

-¿Estás bien? ¿Qué te pasa?

-Si… Bueno, la verdad es que me duelen un montón las muñecas. Desde que me hice daño haciendo gimnasia rítmica, cada vez que va a cambiar el tiempo, me duelen. Sara, mi compañera tendría que haber venido hoy a hacer la colada, pero la pobre estaba muy liada y necesitaba ropa limpia, así que he bajado.-Sonó el temporizador de la secadora- ¡Uy ya ha terminado!- Un poco más de cuento al intentar sacar la ropa y una caricia sobre su brazo fueron más que suficiente para que recogiera todo y me lo llevara hasta mi puerta. Iría al cielo, pues ese chaval se haría popular contándoles a sus amigos como su vecina cachonda del sexto estaba interesada en él. Ni si quiera tenía compañera de piso y nunca en mi vida había hecho gimnasia rítmica, aunque soy toda una artista.

****

Al fin estaba a gustito en mi sofá, con la manicura intacta, tangas de sobra para ponerme y la voz del presentador anunciando: “En anteriores episodios de American Next Top Model…».


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