Ulises y la frontera I

Reflexiones sobre la función especular de un mito

Crisis de identidades. Si algo denota la Modernidad es esta carencia de límites. Ya Alezandre Koyré apercibió, glosando las figuras de Galileo y Kepler, el paso de un Cosmos cerrado a un Universo abierto. Ciencia, geografía, cultura, ética, quizá también derecho, se adentran así, en el albor de nuestra época, navegando hacia un océano sin límites. Metáfora de un Odiseo en viaje más allá de los Pilares de Hércules, todo ello en renuncia a su mujer, padre e hijo por un ansia de conocer que prefigura la ciencia moderna. “Imago Christi” –también él mismo viajero entre los muertos- o contrafigura revolucionaria, atado –crucificado- al mástil de su nave.

En todo ello se reconstruye nuevamente el sueño adámico: “fruta prohibida” –la Ciencia-, sirenas, quizá aves, peces o serpientes, en todo caso y siempre la mujer –son siempre mujeres las que retienen a Ulises-. Figura retórica del otro. No será casual que Dante, en un renovado catolicismo, le condene al Infierno, revisión cristiana (“arrepentido” le llega a llamar Buitani –“la sombra de Ulises”- cargando los tintes del contexto italiano) en un mundo al que Averroes (es decir, Marsilo, Baldo, Escoto) termina abriendo con la fina navaja de Aristóteles.

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Pero si no hay límites ¿quién es el otro?, pregunta que, prefigurando el existencialismo, retornará con Dostoyewski. O, mejor aún, ¿dónde se ubica ese otro? Sin él jamás podremos saber quienes realmente somos nosotros. Juego especular en el que descubrimos las identidades, en el que uno se ve a sí mismo en el horror al extraño. Juego, eso sí, repleto de riesgos como atestigua Narciso y los infinitos mitos del espejo. ¿No es la mirada especular de Gorgona la que convierte al que la mira en fría piedra? Las Mil y una Noches y la historia de Lot responde al mismo esquema, algo parece decirnos, en el núcleo de la Cultura de Occidente, que solo hay auténtica identidad con la muerte. El Eschatiai, fin de todo viaje, como ya recordara a Ulises la sombra de Tiresias.

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Así se configura la frontera antigua, alimentada de mitos, de simetrías, línea mágica que viene a rechazar al “otro” -pura “miasma”– al abismo de la nada, más allá escatológico, “otro mundo” solo habitado por la muerte. Pero también, he aquí su función terapéutica, punto de liberación de horrendos compromisos. Configurada en el agonon de la batalla, donde el vencedor eleva el trofeo –tropaion-, simboliza no la victoria sino la paz, no la muerte del otro, sino su compromiso con ellos: la paz con los muertos. La etimología nos ilustra de este mito especular: “trépo”, retorno, vuelta, allí donde el enemigo vuelve la espalda, punto máximo que alcanza su esfuerzo.

Sin embargo su presencia no será monumental, no recuerda la batalla sino a los caídos de uno y otro bando, no es marca, ni mojón o término –térmata- de un territorio. Viene a consagrar una línea de paz con los fallecidos quizá insepultos por la violencia del combate e incapaces, por lo tanto, de llegar al mundo de los Muertos. De ahí su obsesión por el trazo perfecto, círculo numinoso y no geográfico, que traza la tiza en las leyendas caucásicas y romanas. Punto místico, o mejor aún, línea, raya, convención entre hombres y demonios -las morias– que pretende apartar los peligros de la guerra del mundo de la polys que habitan los que aún vivimos. Solo hay frontera entre la vida y la muerte. Biothanatoi.

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La sagrada obligación que recuerdan las Eríneas se disuelve de esta manera rompiendo la cadena de venganzas, liberando así, a unos y otros de las exigencias de la sangre. Esquilo trasladará esto a la vida política -el crimen de Orestes- y concebirá, así, el nacimiento de la Atenas democrática.

¡Qué lejos de la conciencia moderna! La frontera hoy deviene fundamento mismo del derecho. Resulta imposible comprender esta modernidad tardía –ya Postmodernidad- sin razonar la nueva función de su limes.

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Estamos ya en una frontera distinta. Es cierto que la Modernidad, anclando sus raíces en pleno Medioevo, ya había articulado el concepto de Estado sobre esta nueva realidad extraña a los antiguos: la frontera territorial entre estados. El nacionalismo romántico termina valorando más el suelo que los hombres. Suelo sagrado que hace de cada estado santuario de las divinidades patrias, auténtico “campo santo” donde los muertos (su tumba –territorialización de la muerte-) recrean la función mántica de la patria (“solar patrio”).

Y todo esto más allá, incluso, del “pomerium” urbano. De nuevo mito especular entre la ciudad y el campo, una el lugar de los hombres (zoom polyticom), el otro lugar de la guerra, de Marte –Campo de Marte-, donde la batalla se adjetiva “campal” por pura exigencia semántica. Nación y territorio devienen una misma cosa, fruto de la nueva conciencia de la naturaleza (“Natio”): fusión del hombre y el suelo.


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