1932, Palestina.

Nadin recordaba a su madre tendida en el suelo del pasillo. Cuando salió de entre los montones de ropa sucia donde ella le había pedido que se escondiese, la buscó. Se acercó despacio hasta que sus pies se hundieron en un baño de carmesí, igual que el que su madre usaba en ocasiones especiales.

-Mami, me he escondido como me pediste.

Silencio.

-¿Lo he hecho bien mami?

Silencio.

-Mami, ¿estás bien?

Silencio.

Nadin recordaba aquel momento en el que, como muchas otras veces, se recostó junto a su madre mientras con una mano le acariciaba la mejilla y le susurraba que la quería mucho. Permaneció junto a ella todo lo que pudo. Las imágenes se proyectaban sobre sus ojos interrumpidas por pestañeos frugales. Retumbaban sobre él los gritos ahogados de su tía. Lo había levantado con brusquedad, sus manos bañadas de sangre lo zarandeaban mientras pronunciaba palabras inaudibles. Solo podía observar la situación desde su interior. Iskka lloraba sobre su hermana sin soltarle la mano al pequeño. A partir de ahí todo fue muy deprisa. El fondo cambiaba continuamente, pero en cada secuencia veía el rostro de su madre, tan bello y apagado como el tiempo que la desdibujó.

*

A unos pocos metros, Ruwa se entretenía con una piedra, mientras los mayores, incluido su hermano Emel, corrían entre ellos pasándose una pelota. Todavía no le dejaban jugar. Enojado, lanzó la pequeña roca lo más lejos que pudo y tan pronto como lo hizo se arrepintió. Tendría que ir a por ella, no quería otra piedra. Se puso a buscar sin ningún resultado hasta que la encontró en las manos de otro niño.

-Eh, esa es mi piedra.

-¿Esta?

-Sí, esa.

-Perdona, no sabía que fuera tuya, toma.

-¿Cómo te llamas?

-Nadin y ¿tú?

-Ruwa… ¿Sabes? Si quieres podemos compartirla. -Una sonrisa le indicó que por fin tendría un compañero de juegos- Lánzamela, a ver cuánto duramos sin que se nos caiga.

Los dos niños soltaban carcajadas intercaladas con sonidos de esfuerzo para que la piedra no cayera. Por primera vez en varias semanas, Nadin ya no veía a su madre, sino a Ruwa.

-No te he visto nunca por el parque.

-¿Esto es un parque? No hay árboles.

-Hay niños jugando, es un parque.

-Nunca había estado en un parque así.

-¿Quién te ha traído a aquí?

-Hitler.

-¿Hitler? ¿Es tu padre?

-No. No sé quién es, pero mi tía dice que él nos trajo hasta aquí.

**

Los días fueron pasando dando lugar a semanas y estas a meses, mientras poco a poco entre ambos niños iba creciendo una inesperada amistad.

Una mañana, su tía Iskka le dijo a Nadin que ya no podría seguir viendo a Ruwa. “¿Por qué? ¡Somos amigos!” musitó. “Por ahora sí, pero Ruwa y su familia no son como nosotros Nadin, ellos le rezan a otro Dios y llegará un momento en el que te harán daño.” “Per…”. “No puedo permitir que te hagan daño, ¿entiendes? No se puede compartir casa con quien no venera al mismo Dios”. “¿Y por qué no creemos en el mismo Dios?”. “Porque somos judíos y ellos árabes”. Su tía siguió explicándole los motivos de su petición, pero Nadin no lo comprendía. Ruwa era su amigo y no había ninguna razón para que dejara de serlo. Iskka se equivocada.

***

El parque estaba desierto, no había nadie jugando en él. Nadin se preguntó entonces si seguiría siendo un parque. “Sí” pensó cuando vio a Ruwa llegar.

-Mis padres me han dicho que nos vamos a mudar.

-¿Te vas? ¿Cuándo? ¡No! ¿Por qué?

-No lo sé, últimamente se enfadan mucho.

-¿Y no los podemos convencer?

-Me he escapado para despedirme, así que no. Nos vamos ya. Lo siento, Nadin. Te voy a echar de menos.

-Ruwa, tú eres mi mejor amigo.

-Y tú el mío Nadin.

-Siempre seremos buenos amigos, ¿verdad?

-Sí, siempre.

****

Aquella tarde se fue alejando hasta que las tormentas de arena terminaron por enterrar su recuerdo. Cada uno siguió un camino, paralelo y supeditado a la homogeneidad de un mismo fin, pero ciegos por la luz que los guiaba.

El tiempo no se paró y continúo su ciclo. Sin mirar hacia atrás, la vertiginosa cacería de ideales inocentes se convirtió en la mayor masacre de cualquier acto de fe. Nadie supo apreciar tal atrocidad. Todos se escudaban tras una causa. Se envistieron con la última página del libro, sin percatarse de que aquel final no era más que un punto para toda la historia que olvidaron leer.

*****

 1948, Guerra árabe-israelí.

Nadir esperaba desde la trinchera la señal de ataque por parte de su comandante jefe. Oía el estruendo de las bombas al colisionar, los gritos desesperados de soldados de ambos bandos, las armas recargándose y a su madre pidiéndole que se escondiera en el cesto de la ropa. Vio los labios del general moviéndose, era el momento. Apuntar y disparar. Una y otra vez. Caían hombres por todas partes. Eran todos iguales sobre aquella tierra por la que luchaban. Tenían que avanzar para reducir su capacidad de combate. Adelantó a sus camaradas y se adentró en territorio enemigo. Avanzaba ágilmente con el arma entre sus manos. Todo era ruido. Todo era hasta que no fue y el silencio llegó. 

Ruwa lo miraba con el dedo en el gatillo. Una bomba explotó lo suficientemente cerca de su viejo amigo y lo derribó. Corrió hacia él mientras gritaba “¡Aguanta Ruwa! ¡Aguanta amigo, ya voy!”. Otra bomba explotó, Nadin cayó al suelo. Un reguero de sangre lo comenzaba a rodear. Se giró con dificultad buscando a tientas una mano familiar con la que morir y la encontró. Tres veces más pequeña como la de un niño. No contuvo el llanto, apretó con fuerza y susurró: “siempre seremos buenos amigos, ¿verdad?” “Sí, siempre”. Encontró su voz en la profundidad de su memoria y la mantuvo con él mientras observaba aquel precioso cielo gris, sin muros, ni vallas, ni fronteras.


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