Como ya vengo diciéndolo, si algo me impresiona del acontecimiento político es esa capacidad de identificarse con el escenario teatral. La vida, en la naturalidad de sus formas, mantiene un trascurrir más o menos monótono. Hesíodo, convirtiendo la cotidianeidad en poesía, nos dejó ese maravilloso poema de “Los trabajos y los días”. El rigor del calendario, con sus fiestas y sus tareas, hacen de la casa el espacio de la existencia. Los niños corretean, los ancianos desde sus sitiales los contemplan y, mientras, hombres y mujeres se afanan en los trabajos de la existencia. Pura economía. Ocio y negocio segmentados por el trascurrir de los tiempos. Tempus, ya sea en la trasversal que marca la edad en la conciencia clásica, o en ese rosario de cuentas del calendario, días fastos y nec-fastos, que marcan trabajos y descansos. Misterios gozosos y tristes, todos ellos engarzados en el hilo de la vida. Hasta que las Parcas, con sus tijeras, deciden la muerte. El coronavirus nos ha devuelto a esa vieja función de la casa y el transcurrir de las horas.

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Ayer, hablo por el otro día, el presidente Sánchez apareció con toda solemnidad en la pantalla de los televisores. La imagen, sin embargo, no arrancaba de la nada. Un bombardeo previo de imágenes había ido preparando el escenario. Tertulianos, y presentadores venían abonando, o cebando como se dice, el terreno. La puesta en escena se cerraba con terroríficas impresiones vomitadas también por todos los medios. Una cierta conciencia teatral me hacía recordar algunos de los actos más clásicos del teatro griego. Los emisarios que anuncian la presencia del rey, un coro revuelto y nervioso que parlotea junto a los muros del Palacio. Pienso en Ifigenia. Sánchez ocupa aquí la máscara de Agamenón.

El rey Agamenón es uno de los personajes más complejos que conozco. No es una figura trágica, al menos en sentido antiguo. Parece, incluso, más cercano a algunas de las figuras de Shakespeare. Su destino es más humano que divino. Pensemos en la mentalidad antigua. No se suicida ni muere bellamente en combate, termina sus días tras una traición de alcoba. Los nombres de Clitemnestra y Egisto nos dicen el resto.

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Para los griegos, sin embargo, su figura representaba la imagen plena del poder, la realeza pura. En la mente de todos constituía el auténtico monarca. Tras la batalla esclaviza y viola a las más hermosas hijas de sus enemigos. Ser rey es esto, tener derecho de pernada sobre los más débiles, y él es el rey por antonomasia. Es bravo, es cierto, quizá un poco brutal, pero esto entraña el ejercicio del poder, sin embargo, algo le diferencia del resto de héroes, no menos brutales ni menos monarcas. Su hermano Menelao tiene estilo, incluso gracia. Ulises destaca por su ingenio y Aquiles nos enamora por su belleza. Por último, en Ayax la brutalidad resulta natural. Agamenón, siendo rey de todos, en cambio, carece de ese swing que le eleve a los cielos. Su poder, detrás de la máscara, resulta fatuo, vacío, inconsistente.

No es Esquilo el que nos proporciona los mejores detalles de su carácter. Que muera cornudo y apaleado no aportar nada a la conciencia moderna. Además, Esquilo proyecta la culpa de tanta sangre en las mujeres, responsables, desde su óptica machista y patriarcal, de todos nuestros males. Mas enjundia tiene la perspectiva de Eurípides, verdadero psicólogo del drama ateniense. Es ahí donde el paralelismo con nuestro personaje alcanza la altura del retrato. Como es sabido la mítica griega daba dos finales a este cuento y la de Eurípides está repleta de esos guiños que acentúan la intriga. El asunto no es baladí, un oráculo recomienda el sacrificio de su hija, la joven Ifigenia. Agamenón se ve ahí arrastrado de política en política. Lo que nos sobrecoge del personaje es la impavidez de su gesto. En medio de la zozobra, consigue esconder su debilidad y miedos detrás de esa máscara de cartón piedra que recrea la realeza.

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Agamenón tiene, como dicen los castizos, una flor en el culo. A su alrededor caen, uno a uno, todos los que pudieran hacerle sombra. Desde la mera contabilidad de la vida, su éxito es indiscutible. Uno a uno ve morir o perderse entre los mares, al resto de héroes. Y eso que Homero no se cansa en pintarlos mil veces mejores que él. Con el ingenio de otros alcanza el éxito de la toma de Troya, incluso con un buen viento regresa a casa enriquecido y repleto de honores. Su triste final, como decimos, no nos interesa. Además, Esquilo tratará luego de salvar los muebles. El quid de la cuestión, el acierto de la imagen, está, como decimos, en la obra de Eurípides. Ese juego de las medias verdades, esa efigie hierática, ese poder descarnado carente de toda sustancia. Ese es el Agamenón que me interesa, el que me recuerda en más de un punto al político Sánchez.

¡Cuidado!, en esto que digo no hay pizca de crítica. Los griegos lo entendieron a las mil maravillas. Pese a no ser más que una máscara, el poder es sagrado. Ni la belleza de Aquiles ni el brillo en los ojos de Ulises alcanzan esa gloria. Agamenón es la prueba. Puede que los otros sean mejores. Pero él es el rey y, como dice el “corrido”, su palabra se impone. Pero…. ¡Anda la leche! Al poco de ver su rostro, vi otros rostros en la “tele”: Casado, Teodorín, Arrimadas, Ayuso, “La Caye”…., y las dudas que me asaltaban se evaporaron como por encanto. Como digo. Una flor en el culo.


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