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Antebellum

Sentada en una butaca, a la espera de que se proyecataran los trailers que antecedían a la película -Antebellum-, entraron dos chicas con sus novios. Me pareció extraño verlos allí, dispuestos a ver 105 minutos de aquella historia. Su forma de caminar, de expresarse y relacionarse entre ellos, incluso el olor a porro que desprendían me hizo interpretarlos como una pieza de puzzle encajada a la fuerza en el lugar que ha de ocupar otra.

Es una asunción, frívola o cauta según quién lea, pero, para todos, una forma de controlar el abismo compartimentándolo en pequeñas realidades inmutables. Claro que, dentro de ellas, hay espacio para la duda y la excepción, solo que en esta ocasión estos cuatro jóvenes no formarían parte más allá de la masa mayoritaria. Fueron tajantes al terminar. ¿Qué mierda de película de miedo es esta?, dijeron. Y si bien comprendí que entre las aplicaciones móviles que controlaban no estaban las de críticos de cine y televisión, me quedé sin respuesta ante la pregunta: ¿qué sabrán estos chicos de lo que es el miedo?

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Nos resultan enternecedores los miedos de los niños, pero ¿acaso no somos nosotros los que confesamos sentir pánico ante los entes ilusorios que salen de un trozo de madera al que llamamos ouija? ¿No nos asusta acaso lo paranormal? A fin de cuentas, los monstruos que residen bajo las camas de los más pequeños parecen ser son los únicos que nos siguen dando miedo cuando somos adultos. Y más allá de ese, encontramos un miedo racional a aquello que atenta contra nuestra seguridad, integridad y posición de poder.

Pero, si pensamos en el tormento de una mujer negra o un hombre negro: ¿qué sentimos? Si los contextualizamos en la Guerra de Secesión, entre bostezos de una historia que percibimos como ajena, como mucho nos dan pena, pero ya en el presente siglo XXI lo que nos produce es cierta irritación. Es decir, ¿por qué se empeñan en decir que los tratamos de forma desigual? Si somos de lo más magnánimos.

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Sentimos la pena de quién sabe que nunca pasará por ella y el recelo de quién siente que lo único que ha de proteger es su ego. Y por fin comprendo, que por encima de ese espacio para la duda y la excepción, su ser y estar en el mundo ha sido a costa de que El blanco siga siendo El blanco, y de que ellos han sido y sean solo un negro. Seguimos diciendo que las cosas han cambiado, pero con cada afirmación que hacemos de ello hay una autoridad que ejerce su poder para hacerlos sentir esclavos de nuevo. Un “no puedo respirar” que sigue importando tan poco como importó obligar a que se sentarán antaño en el último asiento. Un mundo para quiénes su terrible realidad no da miedo.


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