El humor como arma de combate. Y no la poesía -se dijo- ¡qué estupidez! Ese fue el tono de la presentación del libro en Madrid de Albert Soler “Nos cansamos de vivir bien”. Tono entre atrevido y soez, como el autor, y que convirtió ese encuentro en el más formidable retruécano sobre la realidad política peninsular. Pobres portugueses a los que, involuntariamente, también metemos en el saco.

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Puro ejercicio de la parodia. La crítica antigua -me refiero a la del XVIII- tenía una visión alicorta de este concepto. La he visto definir, intentando explicar su nacimiento, en esa urgencia del poeta, en medio de los larguísimos episodios heroicos, de intercalar en contrapunto una cierta ruptura de la solemnidad. No dudo que hubiera esta práctica, pero tanto la construcción lingüística del término como la propuesta analítica de Aristóteles denotan una mayor enjundia. 

Contrapunto, hemos dicho, o contracanto, es decir, un canto al revés, rompiendo las mecánicas harmónicas de esos sonidos que esperamos. “Parôdein”, o sea, lo que se pone al lado, como en un espejo, de esa oda que se reclama como sublime. Pero como especular casi idéntico, hasta en sus más mínimos detalles. Aristóteles, decía, lo contrapone así a la epopeya en esa doble oposición donde gravitan los cuatro géneros literarios.

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El acto, para más inri, se celebraba en la librería Blanquerna a la que el propio periodista, repleto de humor, llamó la embajada catalana en Madrid. Se veía como Cristo -por pura modestia, él prefirió identificarse con Khashoggi- crucificado por los judíos del procés. No las tenía todas con él, nos dijo, temeroso de salir descuartizado como el periodista saudí. Dado el ámbito cultural del centro, la metáfora -estoy seguro que ésta era su real propuesta- hubiera sido más certera en la idea de Sanedrín. Él, judío converso -como Pablo-, frente a las hordas hebraicas del Sumo Sacerdote Torrás.

Los hallazgos lingüísticos fueron la monda. “Lazaristas”, “El Puchi”, “El vivales” -esta expresión se la atribuyó a su padre. La interpretó como una contracción de la muy castiza de “viva la virgen”, con lo que podemos recuperar esa tonalidad sacramental fundamental para entender el acto-.

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¡Cuidado!, en absoluto era un acto anticatalanista. ¡Qué error los que se regocijen entendiéndolo de esta manera! Al contrario. Esa es la potencia erosiva del humor. Siguiendo a nuestro querido estagirita, la potencia curativa de lo cómico no es menor que la que alcanza la katarsis trágica. Y esa caterva que nos reunimos en los sótanos de Blanquerna estábamos a años luz de la Santísima Trinidad de Vox, PP y Ciudadanos, la distancia era, como diría el maestro Jesús Ibáñez, tan vasta como “entre el culo y las témporas”, que solo confunden los imbéciles.

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Modelo, mal que les pese a algunos, travestido, en ese travestismo dieciochesco que hacía de la Ilíada o la Eneida poemas picantones, donde la heroicidad se confundía, sin caer en el ridículo, con el vulgar transcurrir de la vida (en el retrete). De nuevo la confrontación absoluta, como en el dicho popular: la brutal presencia de lo más innoble del cuerpo, ese “culo” que nos acerca no tanto al orgasmo (¡aunque también!) como a la escatología, confundido con esa espiritualidad monástica donde el tiempo se vuelve sagrado, las “témporas”. En Blanquerna, el otro día, esta era, quizá, la menor de las contradicciones. ¿Retruécano?, no, directamente poesía.

Esta es la función del pastiche, la invención más conseguida del genio de Platón. Los que hablan de lo que hablan otros y así sucesivamente. Sus diálogos están llenos de pastiches. Un intercambio de roles que termina haciendo saltar toda cadena lógica de argumentos. Y es que habérselas con un punki del catalanismo –“El liberal.cat” dixit- no está exento de riesgos. No es cuestión de verdades -¿le importa a alguien la verdad en todo esto?- sino de risas. Dicho en breve, veníamos a echar unas risas. Ni siquiera con la falsa exigencia dieciochesca del buen gusto y la inteligencia, en el fondo censores de la palabra.

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Hoy hablamos de la sátira como género menor, arrastrada a los anaqueles olvidados de las librerías. Y sin embargo su papel histórico fue enormemente más eficaz. Practicada en los alegres episodios de las bodas, entrañaba la burla impenitente sobre el paterfamilias. “Satura” que, del sagrado matrimonio pronto pasó a los espacios no menos sagrados de la política (afortunadamente en aquella época no padecieron el cristianismo, el “pin parental” hubiera dejado al imperio sin carne). Lo sublime de lo sagrado se fundía sin menoscabo con el más basto cachondeo. Ése sí que era un pueblo sagrado. Y es que Roma nunca olvidó la función erótica, generativa, del acto cómico. 

Genio, en el fondo, no es otro que el que engendra (genera), o sea, el que folla. En las “Floralia” el genio masculino se consagraba a los pétalos sagrados del “quítate y no enredes”. Frente a la solemnidad de los pueblos esteparios, la herencia latina que vivifica el Mediterráneo hace de Cataluña, todavía, un locus amoenus de la razón díscola. A poco, los sesenta o setenta energúmenos que abarrotábamos la sala, nos hubiéramos puesto sin reparo en postura horizontal, que era lo que nos venía en gana.

”Carior est ipsa mentula”, ¡divina raza!, hasta muriendo eran procaces.


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