Bukele o la neopolítica

Hoy no tengo por menos que ponerme absolutamente serio. Contemplo, no exento de una cierta amargura, la deriva de un pequeño gran país con El Salvador. Hablo de un pedazo de tierra americana sometido a siglos de dolor. Ahí donde las venas abiertas -¡Qué magistral la metáfora de Galeano!- dejan brotar la sangre a borbotones.

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Esa fue la Iberoamérica de mi juventud. De Nicargua a Tierra del Fuego. El horror de dictaduras donde la esclavitud convivía con el fascismo. Argentina, Chile, Colombia, Brasil, Honduras, Uruguay, Perú… no sigo. Solíamos decir que solo se libraba Costa Rica, el único país que, por imperativo constitucional, carecía de ejército. Sobre todo aquello planeaba la oscura sombra de Estados Unidos (“Pobre México”, decía el dicho, “tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos de América”). 

Pienso en la trágica “Operación Cóndor”, la siniestra Escuela de las Américas (Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad), hoy esa USAID que solo busca –“Ayuda”, se intitula- hacer llevaderas las cadenas. Hay mentes en aquellas tierras que aún no han salido del orden de las Plantaciones.

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Tras años de luchas, sin embargo, el M-19, los Tupamaros, los Montoneros, Sandinistas y muchos otros que llenaron titulares con su atrevimiento, tras mil derrotas, algo cambio en el Nuevo Continente. De pronto creímos ver un rayo de esperanza. Cayeron dictaduras, alumbró algo así que pudimos llamar democracia, hasta parecía que la pobreza desesperada dejaba paso un cierto nivel de vida. Tras su propio siglo XIX, parecía vislumbrase esa paz que dio nombre a Europa en la segunda mitad del XX. ¡Que inmenso error! Como en esos saltos en el tiempo que abundan en las novelas de Ciencia-ficción, Iberoamérica entera se saltó un siglo y hoy se encamina directa al siglo XXII.

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Pienso en El Salvador. Recuerdo lo que fue el Frente Farabundo Martí, icono ideológico -en lo guerrillero- de toda una generación. Tras los Acuerdos de Paz simbolizó la idea de esa izquierda militante surgida de la selva y la confrontación. También, es cierto, la derecha que los combatió a sangre y fuego, aquel ARENA de los años setenta, supo reconvertirse al juego democrático. Hoy, me encojo de hombros sobrecogido. Todo esto, digo, todo, completamente todo, ha desaparecido arrastrado en ese huracán de las elecciones pasadas. Ambos, han sido borrados del mapa político después de haberlo sido todo, a derecha y a izquierda. 

Tras veinte años, unos segundos han bastado para un cambio absoluto de escena. La foto política de El Salvador tras el escrutinio del domingo lo deja bien claro. Todo aquello se ha convertido en terriblemente viejo. Algo nuevo -aun me resisto a llamarlo política- ha nacido. Como politólogo lo bautizo con el nombre de su creador- ¿No hubo un bonapartismo y así lo llamamos?, Bukele tiene el honor de ser el nombre nuevo de la neopolítica.

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Reíros del desparpajo del Cavalieri o de las fantochadas del Johnson, hasta Trump ha quedado pequeño envuelto en sus gigantescos abrigos de paño. La verdadera fiesta comenzó el domingo pasado, y el disc jockey es nuestro héroe. Los tiempos salvajes de los Fujimori y los Uribe and Duque, la brutalidad de los Moreno y su pareja de baile, la rubia Áñez, el modelo a lo vendedor de electrodomésticos de tantos políticos neoliberales, todo esto quedó condenado a los tiempos prehistóricos de la televisión, con aquellos trogloditas de sus seriales siempre envueltos en caballos, gomina y sexo. Los nuevos tiempos remiten al youtube, a las redes sociales, al Tik-tok y su velocidad de vértigo. Estamos en un cambio de eón. Los llamaremos, como se hace con Cristo, los años post-Bukele. (p.b., en el acrónimo al uso).

Sin quererlo, he derivado hacia la guasa. Me arrepiento. No merece ese destino esa tierra ensangrentada por los últimos mártires cristianos. Cierto es que la misma Iglesia pronto les olvidó, era tiempos de Wojtyla y Ratzinger, donde no se permitían distracciones con enemigos que no fueran comunistas. Hemos tenido que esperar décadas, siglos si la cronología se reduce a la vida, para ver en una sentencia micro-atisbos de justicia.

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Ocho personas fueron masacradas aquel 16 de noviembre, de un tiempo no tan lejano, hablo de 1989. Ocho universitarios de la Universidad Centroamericana, la UCA. Era la guerra civil, dicen, una guerra jamás declarada. La responsabilidad tiene ya sus nombres. El batallón tiene su nombre y el coronel que dictó el “fuego”, tiene también su nombre. No es este el espacio para reproducirlos. Sale en la Wikipedia, y mi buen amigo Juan José Tamayo lo lleva estudiando en sus libros. 

Basta teclear “masacre en la UCA”. Europa, como siempre, miraba para otro lado. Siempre lo hace cuando detrás de horror está su ínclito aliado. Y El Salvador era un predio intocable de los Estados Unidos de América. Cinco de aquellos sacerdotes eran españoles. Es la historia del siglo XX. Bukele nos mete de lleno, saltando un siglo, en el XXII.


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