Si hay un momento exacto en el que el teatro se funde con la vida eso ocurre en la llamada “Fiesta de locos”.Todas las culturas, al menos en esto que llamamos Occidente, han conocido este tipo de episodios donde el mundo se invierte y los actores, bajando a las gradas, se tronchan de risa contemplando a un público convertido en protagonista de la escena. “Fiesta de locos”, Saturnales, Carnaval, son algunas de esas denominaciones, referencia explícita ya sea a esa locura que arrebata los cuerpos -y las mentes-, o directamente a la alegría – ¡y la carne! (Carnaval)- del pecado, recreando ese juego que recorre a toda la comunidad y que convierte en santo la risa y el jolgorio.

En cierto grado el Carnaval constituye la esencia misma de la fiesta y con ello me remito también al baile. Carnaval, fiesta y baile son y existen solo en su condición de movimiento. Entrañan una dinámica que penetra por todos los poros. Frente a la estabilidad mortecina de un orden que se pretende sagrado (hablo del espacio del poder), la fiesta incorpora ese movimiento que precipita el cambio, por eso, desde siempre, la fiesta se relaciona con la revolución. Tengámoslo claro, la máscara aquí no significa ocultación, sino todo lo contrario, remite a la volatilidad de los roles sociales. Prestigios, títulos, honores, como decía la canción, se vuelven como la ropa interior, de “quita y pon”.

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La fiesta, dicen los antropólogos, nace asociada al ciclo agrícola. Tras el duro invierno asociado a la solidez del hielo, la primavera surge llena de movimiento y de vida. Pura metamorfosis donde los campos explotan de espigas y flores. En la conciencia mística de los antiguos, el gélido gris de los campos helados se volvía luminoso y repleto de color empujado por la potencia de los rayos solares. Abril, marzo, incluso febrero anuncian ya esa nueva etapa. Como si, de pronto, los cuerpos reclamasen el calor de ese placer que, penetrando por las ingles, nos hace sentirnos como dioses. Un roce de epidermis que nos lleva a temblar de gozo.

Frente a la ciudad secular -la expresión es del gran teólogo Havey Cox- se abre la “fiesta de locos”. Es decir, frente a la razón y la política, o sea, frente a la racionalidad de un orden que taxonomiza lo público y lo privado como esferas separadas, aparece la algarabía de un sinsentido que lo fusiona todo, abriendo la alcoba al espectáculo de la plaza. Confusión de espacios y esferas, pero también de jerarquías y poderes. En definitiva, la ruptura de un logos que se identifica con la solidez de lo eterno. Pura travesura.

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La fiesta viene así tanto a separar como a unir. Fusiona lo que la razón separa, pero, a la vez, divide, atravesando los dominios de lo intocable para abrirlos a la risa de todos. En el fondo entraña, eso me parece, una cierta primacía del orden privado. La ciudad, configurada por el ideal del synoecismo, se fundamenta sobre principios acumulativos, a lo sumo moderados por una articulación que habla de jerarquías y especialidades, puros barrios en una totalidad que delimitan las murallas del pommerium. 

La familia, por el contrario, entraña ese juego de uniones y distancias que incorpora la sintáctica del matrimonio. Por un lado, es cierto, se unen los miembros de la pareja hasta hacer de sus carnes una sola cosa, pero, por otro y a la vez, en esa exogamia de tan interesantes consecuencias mitológicas, arrastra a sus miembros de una casa a otra entrecruzando grupos y culturas. Un movimiento que tiene mucho que ver con el juego de las palabras y el comercio, es decir, con la idea del intercambio.

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Quizá resida ahí la inevitable identificación de la fiesta con el embrujo de las divinidades de lo perverso, sobre todo en esa referencia deliciosa a ese personaje, entre simpático y soez, que constituye el Diablo. E insisto en esta específica manifestación de “El Contrario”. No le confundamos ni con Satán ni con Lucifer, ni con esas otras figuras del mal de carácter infernal que tan magistralmente nos pinta Dante en la Comedia. El Diablo es otra cosa. Incluso el lenguaje lo delata al permitir la construcción de ese diminutivo cariñoso, “diablillo”, impensable respecto a las otras advocaciones del señor de la Gehena. Diablo (dia-bolom) es el opuesto etimológico a Símbolo (sym-bolom) Si el símbolo es lo que une, el diablo viene a separar, incorporando, con ello, la dialéctica de lo nuevo.

Milenios de cultura jerárquica nos llevan a contemplar como natural ese orden que nos coloca o arriba o abajo. Nuestro mismo vocabulario se llena de términos que condenan a unos a la servidumbre mientras ensalzan a otros a las alturas. Pese a siglos de democracia aún hablamos de “Altos cargos” y se cuelan términos como excelentísimo, magnífico, ilustre, eminencia… ensoñando un sitial elevado para sus personas, acercándoles, de esta manera, a los espacios siderales del poder. De ahí ese terror atávico a todo posible temblor que pueda hacer caer estas torres del orgullo. La “Fiesta de locos” hace explícita esa inestabilidad de todo lo asentado, abriendo, en medio de ese frenesí, la esperanza del cambio.

Primavera a primavera el mundo renueva su sustancia y lo hace, como la serpiente, ella misma mito de la vida, despojándose de la vieja camisa que atenaza su cuerpo (que la serpiente representó la vida, lo acredita, a posteriori, la encona que la tuvieron siempre Yavhé y sus iglesias) El movimiento -baile, locura, carcajada- marca así la vida, reclamando siempre la idea de lo nuevo.


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