La vi en la televisión. Hacía tiempo que la tenía en la lista. No me defraudó en absoluto, una magnífica película.

No me gusta la crítica de arte, teatro y cine, creo que está demasiado vinculada a intereses que se me escapan -así fue desde siempre, Galdós nos lo narra, irónico, en el estreno de “El sí de las niñas”, creo recordar, en “Los episodios nacionales”- pero esta película, o documental, está absolutamente cercana a todo eso que tratamos en nuestro blog como para dejar pasar el pájaro. Me refiero a “Si me borrara el viento lo que yo canto”. Es de David Trueba. Y narra un episodio en la vida de Chicho Sánchez Ferlosio, músico y poeta militante como pocos.

Me gusta esa cámara plana desarrollando la vida, lo que podemos llamar, un enfoque humano. Una vida intensa –“¡Hasta que el cuerpo aguante!”-, pero, por ello mismo solo una parte de la vida. A través de sus ojos se despliegan esos momentos tragicómicos que encerraron los años “60” de una España miserable.

Yo conocí aquellas canciones -las cantábamos en manifestaciones y aulas- recitándolas como parte de la lucha. “Gallo negro, gallo rojo”. Ya aquella portada, pintada en unos tonos radicales, sonaba a guerra. Inspiró -yo era muy joven, en aquellas edades, una eternidad más joven- mi forma de pintar durante muchos años. Para todos, aquellos otros más mayores, y para nosotros mismos, fueron años donde el ansia de libertad, amor y odio, ponían nuestros corazones a cien repletos de adrenalina.

Aquella fue una generación, algunos todavía viven, sobre la que se gestó la España que hoy tenemos. Dentro de nada pasará a la historia. Viéndoles en ese film -la película que somos- siento una cierta sensación agridulce. El tiempo, en más de uno, no le ha librado de sus propias vergüenzas. Cambiar es de sabios, nos dirían.

No me convenció -y ahora hablo como crítico- el tratamiento de la figura de Julián Grimau. Desde un punto de vista narrativo, es cierto, el problema era complicado. Ese es el origen de la clasificación en estilos. Era inevitable tratar su figura, pero, es mi opinión, “chirría”. Suponía incorporar esa inmensa tragedia que supone la ejecución de un hombre por sus ideas, en medio de ese tono nostálgico y algo dulzón, del resto del texto. Digo que no me convence, no que no lo haga con una inmensa calidad. El cerrar este episodio alcanzando la composición de esa canción a su memoria, es un acierto. También es una de las mejores canciones de Chicho.

Otra cosa es la consideración general sobre el tema. ¿Es ético presentar como algo nostálgico un momento tan trágico como esos terribles años sesenta? Reclamo un mínimo de reflexión antes de soltar la necedad de “El arte por el arte” Es cierto que el cine ya lo ha intentado varias veces. Recuerdo películas como “La vida es bella” o la magistral “El verdugo”. Mi pregunta es: ¿Podemos dar un tratamiento tragicómico a acontecimientos tan horribles como el Holocausto o la pena de muerte? El caso de “To be or non to be” o “Primera plana” es muy diferente. 

Aquí se opta directamente por el sarcasmo, pero el sarcasmo ni es dulzón ni agridulce, su metáfora es tan abrasiva como la propia ironía de Chicho y sus canciones. Lo otro, ese tono que combina el llanto con la risa, es distinto. Corremos el peligro de terminar humanizando la barbarie. Esto es especialmente grave en esos formatos que se enuncian como parte de la historia, me refiero al documental. Se termina confundiendo la realidad con los recuerdos de nuestros protagonistas y esto desvirtúa la narrativa histórica. Y no lo olvidemos, Chicho es hijo de uno de los grandes jerarcas del régimen. Mutatis mutandi, lo que hubieran sido los hijos de Goebbels, si la Alemania Nazi no hubiera sido derrotada por los rusos y los americanos.

Con esto, que nadie ponga en duda la inmensa calidad poética de su obra, ni intente privarle de ese mérito indiscutible de haber sido punta de lanza -la más eficaz, la poética- contra un régimen que mataba sin piedad alguna. Pero, como nos contaba su propia viuda, más de una vez, tras la reprimenda y algún bofetón, la policía no tenía otra que dejarle en la calle. Tocar a esos vástagos de las grandes familias, por más que hicieran, era imposible. A otros los ejecutaban tras farsas procesales (ver anteproyecto sobre la nueva ley de Memoria Histórica) o, como a Enrique Ruano, un simple estudiante, que le lanzaron por el hueco de la escalera de la DGS. Desde el sexto piso.

Pero esto es ya otro cantar.


0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *