Ciutti, el genovés

Quizá es mi faceta de mitómano, pero no puedo evitar una cierta simpatía por ese tal Pablo Casado. En mi imaginario poético-teatral se me identifica, rasgo a rasgo, gesto a gesto, con el genial Ciutti del teatro romántico. Un personaje teatral que hizo mis delicias en mis años de niño.

Hay que volver la mirada -y hacerlo sin piedad alguna- a lo más hondo del siglo pasado. Me coloco en los años “sesenta-setenta” en ese noviembre tenebroso constituido, casi por decreto municipal, como “mes de los muertos”. Halloween, o como se diga, no existía ni remotamente, la idea se circunscribía al apostólico día de todos los Santos, precedido, en mor de un santoral repleto de mártires, por “La noche de difuntos”. Aún creo que los cementerios reciben, incluso en este mismísimo siglo XXI, ese asombroso -y estúpido- culto a los muertos. A lo que voy, la cartelera se llenaba, como también el mítico “Estudio Uno” de la Radiotelevisión Española, del sempiterno Tenorio.

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De verla año a año, prácticamente me sabía el libreto. “Yo a las cabañas bajé…” recitaba en mi cuarto recuperando gestos y posturas de un imaginario barroco. Ahora bien, el personaje de Don Juan, contemplado desde esa niñez de la vida, me resultaba extraño, lejano, más en la línea de esas cosas de los hermanos mayores y sus amigos. Mi personaje predilecto, ese al que alcanzaba a identificarme por su juventud y descaro, era Ciutti y punto.

Ciutti, joven, descarado e intrépido, también él de Génova, un tipo de la calle sin más antecedentes que el aire fresco de su pueblo. Acumulados sus saberes entre la taberna y ese cuartucho que alquilaría su amo y donde, mientras limpiaba sus botas, recibiría las sabias lecciones de un Don Juan cátedro en lujurias y engaños. ¡Qué mejores títulos que esa bolsa fácil que se distrae en los mercados! En definitiva, un tipo irreverente y divertido, con esa pizca de maldad que anota que de tonto no tiene un pelo. Vamos, un buscavidas que, agarrado a los sueños de una edad en la que todo es posible, se recrea en una aristocracia que se le antoja gozosa y a escasos dedos de su vida. Como ensoñaba yo mismo, contemplando el mundo de sueños que nos vomitaba el cine, aquel Ciutti gozaba, como si fueran también suyas, las aventuras prohibidas de su amo.

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Se engañan quienes ven en el romanticismo la edad de la pasión. Sus mimbres proceden de otros sitios. Frente a la tragedia que destila el Burlador de Sevilla o el mismo Don Juan de Moliere y que aún atruena en el Don Giovani, el personaje de Zorrilla es otra cosa, definitivamente, su Don Juan es ya un moderno. Pese a sus atuendos del “diecisiete” encajaría sin problemas en esa Comedia humana que destila la obra de Balzac. En Tirso y Mozart, como es bien sabido, el héroe se condena. Zorrilla, en cambio, aunque in extremis, lo salva.

Es cierto que al barroco no le han faltado sus pícaros. Desde el Lazarillo al Buscón. Pero en todos ellos se cuela ese tono teológico presente a lo largo de todo el Siglo de Oro. El pícaro barroco, he ahí su osadía, se empeña en una partida en la que se juega, en la cotidianidad de la vida, un alma que, aunque devaluada, aún se proyecta como imagen de Dios. Don Juan, como Fausto, ambos en su proyección clásico-barroca, no juegan en absoluto. Desde el inicio ya han vendido esa alma. Su destino les trasciende. Con ellos muere tanto la teología como toda una época. ¡Qué distinto al desbarajuste romántico que nos propone Zorrilla! No nos llevemos a engaño, ese romanticismo es ya la edad del capitalismo en sus formas más descaradas. Metáfora de depredación donde la virtud se somete al capital, dando vía libre a la explotación pura y a la acumulación capitalista. Don Juan, como Don Luis (Mejía) follan con rigor industrial. Puro emprendimiento.

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Por eso mi héroe no era, en absoluto, ese sucedáneo de los Rothschild y los Rockefeller (en España, el Marqués de Salamanca) ese banquero del sexo, inversor en virgos y que, con igual descaro, desplumaba monjas, princesas y campesinas, como si se tratara de un fondo buitre. Para mí, ahí, no había simpatía alguna. Sin embargo, el personaje de Ciutti si tenía gracia. Hay algo en estos Ciuttis que enamora.

Repletos de esa alegría contagiosa que los convierte en la expresión del líder de pandilla, lenguaraces y vendedores de humo, más falsos que la falsa moneda, delatan esa imagen de una juventud temprana y que, en los marcos populares de la cultura, se suele denominar con el no poco explícito nombre de “rapaces”. Y estos Ciuttis, tanto el uno como el otro, son ese rapaz, listo a coger lo que la vida le entregue, sabedores que, en todo caso, no tienen nada con que pagarlo. Serán los primeros pegando los carteles de doña Esperanza, aplaudirán a rabiar las palabras tanto de los don Juan como de los don Mariano, y tirarán bombas fétidas en los mítines de los contrarios a ese amo que les toca en turno. Pero todo ello, como digo, con gracia, repletos del vitalismo bersoniano que anuncia, ya sin complejos, esa apología de la juventud que delata la ideología orteguiana.

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Sé que ahí se esconden los años más negros que ha conocido Europa. Que ese sabor pandillero llenó las escuadras de las S.A. que se iniciaron quemando libros. Y que esa misma simpatía la tuve, he ahí mi pecado, leyendo divertido a Drieu la Rochelle y a sus epígonos, pero, en unas tablas donde, de las Salesas a la Zarzuela, de los Jerónimos a la Moncloa, la escena se llena de teloneros, donde la lidia la ejecutan subalternos y donde la excelencia se resume a los becarios, su risa, lo digo sinceramente, se me antoja fresca. Y, en medio de esta miseria de espíritu que nos rodea, la risa resulta ya un regalo. Por eso digo, pese a que luego nos pese, ¡Dejadle ser presidente! Nos reiremos tanto.


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