¡Comienza el espectáculo!

Suena a chiste. El mejor espectáculo del mundo es el espectáculo en sí mismo. No es una perogrullada, aunque lo parezca. Es pura política. A lo que vamos. Vuelve septiembre y con él, el llamado “curso político”. O sea, ese entremés, entre drama y comedia, con el que nos animan los telediarios. ¿Mantendrá Antonio García Ferreras ese inquietante decorado de kitsch gótico con el que nos estremece todos los medios días? La duda me desvela más que el falso problema de si tendremos o no gobierno.

Sus señorías retornan a los camerinos. Más directo, Salvini, ministro, ese sí, plenipotenciario, del gobierno italiano, lo dice con toda finura: “muevan ustedes el culo”. Los nervios electrizan a los teloneros, los guiones arrastran sus últimas lecturas. Se cierra el decorado de Marivent -de nuevo el kitsch con sus reyecitos y princesitas- y se encienden los focos sobre San Jerónimo. Las “unidades volantes” -así las llamaban antes- despliegan sus antenas entre Ferraz y Génova. Rodaje en directo. Al parecer esta es -eso anuncian- la mejor baza de la nueva serie.

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Sin embargo, la nueva temporada de ese “Borgen” hispano no termina de arrancar en la parrilla del ocio, esa donde el espectador se tuesta como un nuevo San Lorenzo. Se anuncia un nuevo capítulo bajo el título de “La crisis”, algunos ya critican la falta de sutileza que destripa el desenlace, quizá algo más irónico le iría mejor a la serie. Tampoco el público responde como esperaban los productores. En lenguaje taurino diríamos aquello de “media entrada”, camuflando ahí la escasa venta en taquillas. La publicidad se pone en marcha: últimas bazas para los cazadores de oportunidades. Les lanzo un consejo. ¿Qué tal si las colocan en atractivos paquetes para los viajes del INSERSO? Panem et circensis proponían en Roma, haciendo del espectáculo el alimento de las almas. Hoy, carentes de fieras por las ordenanzas municipales, podemos ofrecer a los turistas de fuera de temporada, las cómicas charlotadas de nuestra clase política.

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En neón 4.0 se anuncian los nuevos capítulos: “¡Vuelve Sánchez!”, nos grita el enjambre de speaker de un periodismo rendido por hambre. Recomiendo las primeras escenas de esa espléndida película, “All that Jazz” que inspira mi título: “Comienza el espectáculo”. Roy Scheider, su protagonista, no representaría mejor el papel que el galán español haciendo de esa Birgitte Nyborg carpetovetónica. Otros medios apuntan al elenco de secundarios. Los dos Pablos, el eterno Ciutti de Rivera, no faltan ni los presos, como en aquel film, “El prisionero de Zenda”, donde el auténtico soberano es secuestrado por su malvado hermanastro (Eso sí, “Ningún parecido con la realidad debe tenerse en cuenta”). 

Hoy se ha incorporado hasta un caballo. Quiero saber el nombre de ese caballo que galopaba un tal Abascal. ¡Qué soberbio animal! A ese ya le quisiera yo de presidente. ¿No alcanzó Incitatus, el bello corcel de Calígula, las dignidades del consulado? Colocarle unas bridas doradas y una montura con tachuelas y haría a las mil maravillas de Jefe de Estado. ¡Qué bien luciría en un nuevo “besamanos” mientras espanta las moscas con su cola aterciopelada! Jonathan Swift hace también de un caballo el rey de los Houyhnhnm y lo pinta más inteligente que los reyes humanos.

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Pero ¿De verdad le preocupa a alguien quien ocupa la Moncloa? El drama político devora sus actores con la rapidez de la carcoma. ¿Se acuerda alguien de Jesús Gil (y Gil, en vana reiteración contra el olvido), del trágico Antonio Ozores, o del cómico Tierno, de la ministra Lola Gaos, de los Rosones (otros hermanos como los Marx)? Pero, ¿Quién fue Alfonso Guerra – ¿se refiere usted al torero? – o Antonio Suarez que tantas películas protagonizó en los “80”? No, que no era Antonio. ¿Quizá Alfredo?, ¿Augusto?, Ataúlfo sé que no, que ese se dedicaba a la música. Se que empezaba por “A”, y ahí lo dejo.

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Hace unos años acudí a la ceremonia inaugural del curso en mi universidad. A la entrada del gigantesco anfiteatro había una puerta, con su azafata, para “invitados”. Reconocí al que caminaba delante de mí, fue presidente del Congreso en momentos que ese periodismo besucón tilda como heroicos. La joven, becaria supongo de alguna de nuestras facultades, le preguntó el nombre para orientarle hacia su butaca. Landelino Lavilla, dijo. Ella miró sus listados, sus dedos ágiles buscaron entre los apellidos “Lan”, “Lan”…, “lo siento, señor”, usted debe ir a la puerta general, esto es solo para autoridades. El viejo prohombre se puso tenso y un cierto arrebato subió el tono de su piel mientras temblaba su voz no entendiendo nada. Pude intervenir con rapidez. “Señorita”, le dije. “Landelino es nombre. Busque usted en Lavilla”. El problema se solucionó, pero yo me quede sonriendo. 

La vieja comedia de “La Transición” había ya quedado arrumbada como una mortecina canción de verano, a duras penas guardada en vinilos del siglo pasado. ¿Y esto bailabais en aquella época?, te dicen los más jóvenes, empujándonos a los espacios del gallinero. Llevan razón. Aquellas series y películas apenas despiertan más interés que el meramente etnológico. -Si, así se bailaba en aquella aldea, dan ganas de responderles. Lo cierto es que, en la sala de al lado de este museo de los horrores, se recogen fotografías en sepia de los aperos de trabajo y la vestimenta que lucían en sus fiestas.


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