Pensamientos de verano

Tras Nicea, en el Concilio Oecuménico de Calcedonia, el cristianismo -o sea, el Emperador que para eso ha hecho de ese mito la nueva religión del estado- planteó unificar la doctrina cristológica.

En Nicea, el otro gran hito de la historia de ese cristianismo triunfante, la nueva religión se identificó con el espíritu de Roma. Eusebio de Cesarea no dejará de anotar las “venturosa coincidencias” entre la sagrada persona de Jesucristo, el Dios vivo, y ese Octavio Augusto, arquitecto, a su vez, del nuevo imperio. Ya en Virgilio no dejan de anotarse, nos dice una patrística saturada de helenismo, la prefiguración de ese anuncio de la nueva era. No por nada, una mente tan católica como Dante, aún privándole de las delicias de los Cielos, presenta al poeta como guía en el tránsito del inframundo, héroe del paso entre el tiempo antiguo y el eón cristiano.

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Levantada la ciudad celestial -Civitas Dei-, ese es el verdadero “símbolo de Nicea”, quedaba por construir la entidad incuestionable del nuevo sujeto de la historia. La cristología se convirtió en un verdadero asunto de estado.

Las mentes más lúcidas del momento, pienso en los Atanasio, los León -llamado el Grande-, los Eusebios, que hubo varios, incluso los Dámaso y, cómo no, también, pese a sus carencias, los Constantino y algún que otro emperador, todos ellos pronto comprendieron que aquel poder, el gigantesco edifico del Imperio, colapsaba ante los nuevos vientos de la Historia. Urgía, así lo vieron, levantar una nueva fábrica, un nuevo poder, capaz de soportar el gigantesco terremoto que entrañaba el derrumbe de más de mil años de historia. Solo así conseguirían el sueño de todo autócrata: “cambiarlo todo, para que nada cambie”.

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Por esa misma época, Agustín de Hipona ya había lanzado la idea. Frente a la ciudad, es decir, el estado, de los hombres, el nuevo objetivo no sería otro que construir esa Civitas Dei donde se refugiaría occidente. La teoría del estado, es decir, esa reflexión sobre la política que arrancó con Platón y Aristóteles, se convierte, tras la nueva construcción, en teología. Los nuevos cimientos del estado, es decir, del Orden en su sentido más pleno, se trastocan hasta saturarse de un profundo sabor teológico. Teológico, que no religioso. Pura decadencia.

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Es tradición en los estudios de occidente, cada vez que sentimos en nuestro cogote el áspero sabor del aliento del lobo, que orientemos nuestra mirada a esos siglos que conocieron la caída del Imperio. Lo hizo Gibbon en su monumental -y siempre mal leída- “Historia de la Decadencia”, también lo experimentó Montesquieu y aún se percibe en el mismo Mommsen. Incluso otro padre de la Historia, Syme -pienso en la valiosísima “La revolución romana”- percibió los sobresaltos de su época, los terribles años “30”, en paralelo a la caída de la República por antonomasia. 

Guiños que nos llevan de Weimar al Latio. La realidad es que, leyéndolo, es difícil no sentir esa identidad entre las viejas togas blancas y los oscuros trajes de los financieros del Régimen. Por esa misma época, Brecht se divertía escribiendo “Los negocios del señor Julio Cesar”. Si en “Arthur Ui” Hitler se desplaza al cinematográfico Chicago, aquí es toda la “República” la que se estremece a orillas del Tiber.

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Tras el mito del eterno retorno -tan eficaz en todo pensamiento politeísta- San Agustín impone la contemplación dinámica de la Historia. Teología de la Historia, que luego será filosofía con Hegel, y que alcanzará su zenit en el pensamiento liberal, ya en el siglo XX. Ironía de la vida, el ateísmo de un Hume se puso al servicio de ese ideal católico cuyos cimientos plantaron los mismos Padres de la Iglesia.

Sin embargo, el proyecto salvífico que incorpora el discurso cristológico, y que mantiene su optimismo triunfante a lo largo de toda la Ilustración y su positivismo científico, pronto se hizo añicos tras la derrota del élan revolucionario. Frente al mito iluminista del Progreso, saturado de componente bíblico, los nuevos profetas incorporaron el agridulce sabor de la decadencia. Walter Benjamin lo señalará inmisericorde en ese cuadro de Klee, donde la mirada aterrada del Ángel contempla el amontonamiento de escombros que se acumulan al paso del huracán del progreso. Un pasado en ruinas que amenaza con tragarse, empujado por el devenir de los acontecimientos, ya no solo el presente en que vivimos, sino la misma posibilidad de futuro. Todo un mundo de ruinas, como esas que contempla Volney y que prefiguran ya la mirada romántica.

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A partir de ahí, la máquina conceptual se puso a toda marcha. Hablo de Calcedonia. La identidad en la sustancia de Cristo (homoousios) o su mera semejanza (homoiousios), la pluralidad de la personalidad (trino y uno), la oposición, incluso, entre la naturaleza del Padre y la del Hijo. Toda una economía divina que caldeó de tal manera la reflexión filosófica que terminó agotando la capacidad de crítica. Hoy casi nos abochornan esas discusiones que desbordan nuestra paciencia. 

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En aquel momento, no lo dudo, resultaron fundamentales para cimentar un edificio que -la historia lo acredita- alcanzó a sobrevivir más de mil años más. Sin embargo, pronto, los términos, los conceptos, las mismas palabras, palidecieron sofocadas por tanto esfuerzo lingüístico. Una cierta desgana se apoderó de estos intelectuales confrontados, además, a los riesgos de la hoguera. Borges lo narra espléndidamente el “Los teólogos” (“El Aleph”). Herejía y ortodoxia terminaron fusionándose en la conciencia divina. 

Mientras, el retumbar del galope de los hunos debía introducirse ya por las ventanas de más de un monasterio. Un cierto aburrimiento, no lo dudo, terminó por apoderarse de las mejores mentes. Poco a poco debió inocularse un ansia natural de salir de tanta desidia. No me extraña que, en medio del caos, aparecieran ciertas propuestas y voces. Théophile Gautier lo expresará, refiriéndose ya más a nuestra época, magistralmente: “Mejor la barbarie que el tedio”. Pura decadencia.


1 comentario

Salvador Esteban · julio 30, 2020 a las 13:54

Breve inmersión en piélago profundo… Percibo un lenguaje menos artificioso -aunque no renuncia a la subordinación de la subordinación- asique más digerible para mi «virgen» estómago. El problema es que no veo que llegue a ninguna parte concreta que no sea al propio paseo por aquellos jardines, que no es poco.
Otraq cosa son los aspectos meramente lingüísticos: mira el párrafo quinto donde, en menos de seis líneas dices trs veces «es decir». No sé si es voluntad de estilo, peo suena redundante y pobre.

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