El abrazo

Un abrazo y todo cambió. ¡Qué fácil parece! Mil voces vendrán a derrumbarlo y otras mil voces saldrán al contraataque. Esta es la política. Acontecimiento y discusión. El relámpago del acto y el posterior debate. Mientras, el resto, gozamos del espectáculo.

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Política de gestos. Según la leyenda evangélica, Jesús fue entregado con un beso. El conflicto entre dios y el hombre, la flaqueza humana y el perdón divino, toneladas de teología. Todo esto concentrado en un solo gesto. Beso traidor. También los hay repletos de amor. Canova lo proclama en piedra, dotando de consistencia mística el encuentro entre Amor y Psique. Aunque personalmente prefiera el de Rodin, más repleto de sangra humana, soy consciente del poder evocador de esa escena sagrada. De abrazos también está llena la historia. De Vergara a la Transición. Frente al erotismo del encuentro sexuado, es decir, el beso, aquí se escenifica ese roce de cuerpos movido por la fraternidad. Pura Adelphoi.

Otras historias nos hablan de llanto y, no pocas veces, nos basta un grito para comprender toda la escena. Un cuerpo lacerado por siete puñales representó, durante todo el barroco, la pasión materna. El dolor como espectáculo. De la Pasión a la Dolorosa.

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Política de gestos. La utilizó la Iglesia, pero también el nacionalismo. Si detrás de la teoría del estado solo hay teología secularizada (Schmitt dixit), detrás de la teología no hay más que símbolos. O sea, gestos. Guzmán el Bueno, ese fue su gesto, ofreció su cuchillo a los malos. Boabdil lloró a las puertas de Granada. También Alejandro lloraba, dicen, desolado de no tener más tierras que conquistar. Un dicho, una frase, una imagen y nos basta para conmover la historia. 

Del Vae victis de Breno hasta ese “Y tú también Bruto” capaz de llenar, por sí solo, el denso marco en la escena de un asesinato. Del miserable “Roma no paga traidores” al, incluso, más cínico de “Ni quito ni pongo rey” de un du Guesclin modelo de mercenarios. O a ese más cursi de “manos blancas no ofenden, Señora” y que cierra el ciclo sálico de la monarquía española. Frases cortas, lapidarias, fáciles de memorizar para el recuerdo. Como los villancicos. Verdadera enciclopedia de imágenes sobre la que se funda el saber popular.

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El mundo convertido en escena. Teatro y realidad se funden bajo la potencia de la imagen. Y llamo imagen también a esas resonancias fonéticas donde el texto se hace icono. Un beso, un abrazo, unas lágrimas, un suspiro tienen la fuerza de un ejército. ¿Somos capaces de recordar de Demócrito o de Heráclito algo más que su risa o su llanto? La densidad de toda una vida pensando, reducida a una mera mueca. Y, sin embargo, como bien intuyeron los clásicos, en esa risa y en ese llanto estaba todo. El mundo entero, el saber sumo. Máscara que reproduce la misma idea de teatro.

Macron y Trump gesticulan su poder con el ritual del choque de manos. Como si la potencia de sus estados se condensara en los músculos de su brazo. Pura kiromancia. Más ridículos, Sarkozy y Aznar sobrealzaban su figura con tacones escondidos en sus zapatos. Ante el prestigio de lo alto se avergonzaban de su corta talla. Nación y estatura intercambian semántica. Concebían su cuerpo como mero signo. “LÉtat c´est moi”. El rey, cualquier rey, incluso los bajitos Aznar y Sarkozy, como cuerpo de la nación.

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El tirano Ricardo III también sustituye la realeza por otro símbolo. “Mi reino por un caballo”. Caballo y soberanía se funden en la sustancia simbólica (ya lo sabía Calígula, que elevó a Incitato -su caballo- a los honores del consulado). Aunque aquí Shakespeare trampea la relación semiótica, y el malvado rey propone intercambiar ese reino que pierde, por un corcel que pueda salvarle. Reino y caballo disueltos en un gesto. Como ese abrazo. Una imagen que vale por mil palabras.

La técnica, la complejidad burocrática, las mil cuentas del estado, el torbellino de oficios administrativos, la locura de instancias, resoluciones y autos. Firmas, papeles, dosieres e informes, litros de tinta y kilómetros de texto. Ejércitos de burócratas con sus manguitos y plumas. Todo esto sublimado en un abrazo. Las leyendas de Bécquer condensan en un beso su pasión romántica. Aquí, en cambio, es la frialdad administrativa la que se recrea en la tensión de un abrazo. Dos cuerpos que se encuentran y se rozan, un calor que rompe los fríos de un mundo repleto de amenazas. Promesa de una solidez que solo ejemplifica el amor fraterno.


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