El chiste, como la canción (ahí incorporo a la poesía), se ubican en la frontera del lenguaje. Es decir, constituyen su origen y su disolución, su alfa y omega como dirían los clásicos. Uno enfrente del otro, definen los límites de la función lingüística. Parafraseando a Steiner, resultan la esencia misma del arte, “impacto máximo con la mínima expresión”. La canción/poesía, con su consistencia musical, se proyecta sobe el grado cero de la sintaxis, estaríamos en el campo de la pura forma.

Pienso en la “nana” infantil cantada a un bebé incapaz de seguir el contenido de su letra, y cuyo único objeto es promover el sueño del que la escucha. Sueño, deseo, alegría o tristeza se elevan al margen de un texto que deviene secundario ante la capacidad emotiva de los ritmos y rimas que desgranan sus sílabas. El chiste, como decimos, se ubica en el otro extremo, en el del sentido. Si la poesía con la musicalidad de sus notas nos eleva a la sintáctica perfecta, el chiste rompe el juego dialéctico, convertido en la quintaesencia misma de la semántica. Martillazos de sentido, como esos que nos propone Nietzsche para la filosofía.

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Entre esos dos extremos, sintáctica y semántica pura, cabrá, luego, todo eso que decimos y que nos convierte en ese “homo linguisticus” que nos dota de alma. Buscar ahí el eslabón perdido. Olvidaros de ese “homo faccer” de un desarrollismo primigenio. Ese mono genial que nos empujó a la condición de humanos, más que cuidadoso artesano fue, sobre todo, un tipo entre guasón y poeta, alguien (hablo aún de ese mono) que se partía de risa al ver como caía en el equívoco de sus gritos y chillidos algún congénere de su manada.

Luego, mucho más tarde, con las pesadas cadenas del utilitarismo, vendrá la complejidad del discurso. Desde los libros sapienciales hasta el texto científico, de la novela a las arengas políticas y militares, pasando por las estúpidas monsergas, la charla de comadres en bares y plazas o las frías y acaloradas negociaciones con los bancos. Nada de esto -esta es nuestra tesis- alcanza el grado de perfección que se sustancia en esos dos extremos del arco comunicativo. Se lo advierto a nuestros científicos: no existirá A.I. (Inteligencia Artificial) mientras esa máquina de la que se presume, no sea capaz de alcanzar la sustancia de la poesía o contar un buen chiste. De la canción hablaremos otro día, hoy, pensando en algunos de nuestros compadres del universo político, me decanto por ese otro extremo de la palabra.

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Desde que tengo uso de razón, los chistes se agrupan por personajes. La Alemania de Entre Guerras nos dejó esa inquietante serie de “Otto y Frizt”. Un humor imposible de comprender por estos lares. Aquí teníamos al muy castizo de “Jaimito”, cuya fresca racionalidad, dejaba sin margen a la kantiana Razón práctica. Una lógica paralela que arrebata todo su espacio al poder y su orden. “De visita en la playa, la maestra pide a sus alumnos que hagan algún ripio sobre este tema. Pedrito, el niño bueno, dice: «A aquella mujer de la orilla, le llega el agua hasta la pantorrilla». ¡Muy bien!, le felicita la maestra. Ahora tú, Jaimito. Jaimito declama: «A esa mujer del moño le llega el agua hasta la pantorrilla». ¡Jaimito!, protesta la maestra, ¡tu frase no rima! Jaimito, con una lógica arrolladora, contesta: deje, deje, ya verá cuando suba la marea.

Desde sus orígenes, en los versos satíricos que alegraban las fiestas matrimoniales romanas, el sexo es parte sustancial de este juego lingüístico. El equívoco que entraña la misma posición de los órganos eróticos, inmediatos o confundidos con los puntos escatológicos de nuestro cuerpo, ha sido fuente constante de chanzas y divertimento. En el Decamerón -¡tan de moda en estos días!- el viejo marido engaña al ingenuo amante, haciéndole confundir la frescura de esas bocas y mejillas que espera con las nalgas y la hediondez del pedo. Fusión entre lo sublime -ese erotismo que nos acerca a los dioses- y lo soez que nos precipita en el ridículo.

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Ha habido verdaderos maestros del género. Juvenal o Arquiloco serán citados durante siglos. La Modernidad contemporánea, afortunadamente, tampoco carece de ellos. De Gila a “Martes y trece”. Ya debe ir para treinta años y aún nos estremece la risa con aquello de “Empanadilla de Móstoles”. El territorio hispano, para desespero de otras culturas, abunda en su praxis (dicen que los ingleses -y yo pienso en Wilde o en Vanbrugh- también fueron genios en el género).

Con el chiste pasa como con el juego. Unos ganan repletos de gloria mientras otros quedan desplumados. Y, como en el juego, caer en un lado u otro de la balanza termina siendo, a veces, mero capricho de la suerte. El “homo jocosus” se cierne, como el quebrantahuesos, sobre la estúpida solemnidad de todo lo fatuo. La risa que levantó el trabalenguas de La Cospedal fue más erosiva que ninguna sentencia. El emperador en pelotas del cuento conduce en línea recta a la república.

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La risa es explosiva, erupciona como el volcán, puro frenesí. Brota de nuestra garganta como el orgasmo desde el pene: incontenible. De ahí la risa que nos invade al abrir la botella de champán en las fiestas. Los dioses debieron reír a carcajadas -risa divina- con la emasculación de Cronos, de su espuma, cuenta el mito, nació la forma perfecta, la más sagrada de todas las diosas, la Morfhé, la suprema Afrodita. ¡Cuidado!, ahí, también, está el riesgo. Su fuerza creadora la convierte en incontenible. Tras aquella risa divina el Olimpo tembló durante siglos.

El chiste como poder. La risa es capaz de deshacer la más compleja y alambicada de las construcciones. El oropel de cualquier institución se desmorona con un solo patinazo. Con una interesante circunstancia: cuanto más alta es una torre, más afilada es la broma que desencadena. Como si la tensión entre sus polos incrementase su potencia. La alegría que nos proporciona ver a un rey en ridículo, a un ministro embotado, a un cardenal desatado, nos gratifica más que el más sonoro de los premios

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Tiemblo de risa. ¡Qué poco de todo esto saben hoy día nuestros políticos!


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