El circo americano

Sólo ha pasado enero y 2021 ya tiene más portadas que lustros enteros. A duras penas me decanto por un cartel u otro. La nevada del siglo, los vikingos asaltando el Capitolio, el caos de las vacunas y, en medio de todo, la Pandemia. Y no me refiero a ese microorganismo que deambula a sus anchas por todo el universo mundo, me refiero a la otra, a esa que sacude el espectro de un derrotismo que atenaza nuestras mentes, a la locura desatada que busca retar al virus en sus propias narices, y, sobre todo, la pandemia de inconsistencia, de incapacidad, de idiotez con la que nos rocían los que ocupan la auctoritas. Pero hoy me intereso por ese extraño escenario que constituye el imperio americano.

América es, en cierto grado, una construcción simbólica. Ya su mismo nombre es un equívoco. Cuando a las naciones no las hace el tiempo, terminan en manos de los fabricantes de mitos y, en esa alquimia de lo fantástico, el pueblo americano acredita éxito sobre éxito. A poco supera a sus geniales maestros, con eso que los ingleses llamaron, sin ápice de vergüenza, el Imperio.

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Del sueño en San Juan a la sutil materia de los sueños, el genio anglosajón se construyó, desde siempre, sobre los andamios etéreos del discurso. Luego, Kipling y Walt Disney acreditarán su maestría. Verdadera churrería de falsas historias capaces de dar la vuelta, materialmente, a los hechos. América, y su sureño americano, alcanzaron, ahí, la quintaesencia. Sueño sobre sueño. O sea, un inmenso bostezo.

A mí me ocurrió con una de esas grandes producciones “Pearl Harbor”. La verdad es que con ello consiguieron salvar la intriga. Contra todo pronóstico -eso que nos decían los libros de Historia- la batalla la ganan los buenos, es decir, ellos. El sueño americano, como digo. Un perpetuo happy end que hace de ese beso final el compendio ideológico de todo pensamiento. Chico conoce a chica, ambos jóvenes, lindos y blancos, para, al poco, fundirse en un abrazo.

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Hubo, como siempre ocurre, un precedente auténticamente hegeliano, verdadero constructor de una iconografía legada de generación en generación hasta casi nuestros días. Me refiero a Búfalo Bill y su espectáculo de “El lejano oeste”. Su troupe de saltimbanquis recorrió medio mundo. Creo incluso, que alcanzó los escenarios de la Europa galante. En el elenco de sus estrellas destacó el mismo Sitting Bull (Toro Sentado, se decía por estas tierras), reconvertido de las “Guerras indias” en figurón de batallas circenses. Bajo la carpa de su circo reproducía esas escenas que aún no alcanzaba a trasmitir el celuloide: “la caravana de colonos cruzando la pradera”, “el ataque de los indios”, “la caza del bisonte”, “la banda de forajidos”. El mito de La Frontera esbozó ahí la práctica totalidad de sus símbolos. El cine, luego, de Buster Keaton a John Wayne, a duras penas tocó una coma en la imagen icónica que recreó aquel fabulador de historias.

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Hoy, este mes pasado, digo, sentados en nuestra butaca, retorna el espectáculo. ¡Qué más da que la Pradera de Oklahoma deje paso a las moles de New York y Washington! Nuevos indios cheroquees, montados en pintorescas harleys, arrasan la Quinta Avenida. El modelo deriva, es cierto, pero lo hace siempre dentro de ese cuadrante de la fantasía que tan bien controla el guion cinematográfico. El viejo forajido a lo Jesse Janes transmuta a las nuevas formas de un Rambo. El hechicero tocado con la gran cabeza de bisonte, se funde -imperativo de los cuernos- con las formas clientelares del vikingo y el asalto legendario a Fort Apache se forja reventando las ventanas impolutas del Capitolio. Al final, un remedo del Séptimo de caballería, “Los Demócratas”, dejó limpia la alfombra roja para el paso de la reina. Lo que digo: chico conoce a chica… Mi padre veía el león de la Warner y ya se sabía la película.

Sitting Bull y Búfalo Bill, o sea, Trump y Biden, vuelven a la escena. El imperativo del directo (ese en vivo que reclaman las cadenas) impuso extrañas derivas semánticas en la actuación de los actores. Por un minuto, una cierta confusión dificultaba apreciar quien era el bueno, pero pronto las cosas volvieron a su cauce. El guion tenía el visto bueno de Hollywood. Personalmente agradezco ese cambio de actores. El gigantesco Maduro y el menguado Guaidó ya han quemado todas sus gracias. Y la nueva troupe tiene algo, un no sé qué, que los hace más modernos. Quizá ese descaro infantil con el que saben mirar a la cámara.

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¡Qué solemne bobada lo que se dijo!, aquello no fue un golpe de estado. Armas de juguete y cuernos de goma solo valen para el circo. Y aquel aburrido entremés carecía tanto de gracia como de fuerza. Más parecía una de esas segundas sesiones que cogen cansados y aburridos a los pobres actores. Pero que tampoco nadie se equivoque, el golpe también estuvo ahí. No en las pistas donde actuaba el vikingo, sino al otro lado, en esa secretaría del teatro, allí donde los auténticos amos guardan los papeles. Facebook, Amazon, Appel, Microsoft y algunas otras, probaron sus armas. Y, que quede claro, funcionan.


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