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Se equivoca el Génesis. Antes que la Luz fue el Teatro. Entre bambalinas, en los entresijos de la escena, Dios, o los dioses, dieron forma a la vida. Todo puro teatro. El mundo como representación: una tramoya de cartón piedra habitada por una multitud de actores. Cada uno con su papel y todo compitiendo por alcanzar el grado de protagonistas. No. No hace falta llegar a la ultramodernidad para percatarse de esa mentira…¡tan poética! El teatro, en absoluto imita a la vida. Es, justamente, al revés: lo verdaderamente importante no es otra cosa que la escena.

Nos hemos acostumbrado tanto que, a duras penas, nos percatamos de la inversión de roles. Al acudir al hospital, todos queremos ser atendidos por la encantadora figura de la doctora Grey, la protagonista de la serie “Anatomía de Grey”. Como en la política envidiamos la consistencia y honradez de Elizabeth Adams McCord. la todopoderosa Secretaria de Estado que resuelve todo y a la que admiramos tras la pantalla del televisor. Ahí está toda la política ¿Qué en realidad la actriz que hace de doctora no sepa nada de medicina nos preocupa algo? Tampoco sabe nada -a tenor de la forma con la que consiguió sus títulos- un Pablo Casado y esa causa no le impedirá, en absoluto, alcanzar la jefatura del gobierno. O, ese Sánchez con una tesis de dudosa factura, o tantos otros que llenan su solapa con medallas que hablan de batallas que jamás existieron ¿Qué más da? Son meros actores y lo único que les exigimos es que interpreten bien su papel. Es decir, que sus movimientos, sus voces, sus cánticos -¡también existe la ópera!- nos llenen de placer y entusiasmo. Mi padre veía a John Wayne en la pantalla y ya le gustaba la película. Todo un cowboy a la conquista del oeste. Héroe en mil guerras y dulce amante en las tiernas escenas de amor. Filtrado por las luces del cine, el papel de la prensa o las ondas de la televisión, ¿Cuál es la diferencia entre ese héroe del cine y esos otros que fabrican, para el griterío patrio, los gabinetes de opinión de los gobiernos de turno?

Estamos hechos de la etérea sustancia de los sueños”, nos dice Prospero al final de “La tempestad”. Una sabia reflexión que compartirá -ya en clave de comedia- el eterno Falstaff de la serie de los Enriques. Representación de la representación, teatro dentro del teatro. Pura peste.

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Esta columna va a versar sobre la dimensión teatral que engloba la vida, y lo hará en el territorio que más reclama la autenticidad: la política. Con ello cambiamos el sentido de la mirada, dejamos de lado la ética de los contenidos y nos adentramos en la crítica de las formas ¿No aplaudimos a un Anthony Hopkins en su papel de Aníbal Lecter? No será la bondad del personaje lo que pudiera merecerle un Oscar, la belleza está en la interpretación. Y es ahí donde se desgrana la vida.

Una mirada estética sobre el horizonte que nos rodea. Actores y actrices, guionistas y dirección sin olvidar, ¡cómo no!, la tramoya, el vestuario, incluso la banda sonora, constituyen ese combinado sobre el que estalla el milagro de la representación. Fábrica de sueños se decía de Hollywood, ni más ni menos que lo que Shakespeare pone en los labios de Prospero. Ese sueño que con su poesía, alcanza a hacer temblar la frágil carne que envuelve nuestros huesos. 

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¡Acción! ¡apenas falta un minuto para levantar el telón y saltar a la escena! Ahí repasan sus últimas notas los mil actores que aguardan en los camerinos. Guaidó y Maduro, Trump y Putin, Merkel y Macron, Sánchez y Casado, Kim Jung-Un y Bolsonaro….. No importa que frases contenga su papel, héroes y tiranos son igualmente convocados para el placer de las gentes que abarrotan el patio. La clave no está en lo que haga o diga el personaje, puro reflejo de luces proyectado sobre el fondo impenetrable del universo. Como buenos actores todos ellos saben que no es el sujeto que encarnan lo que les consagrará como estrellas, lo fundamental, lo verdaderamente importante, no es otra cosa que esa capacidad de conectar con el público, de hacer temblar de emoción a ese mundo que les contempla. 

Tragedia, comedia, ópera, drama. La escena cambia constantemente. Marx se lo recordaba a Napoleón el chico. Sin embargo, un público hambriento de espectáculo aplaudirá a unos, elevándolos a la gloria y pisoteará, con el pulgar tendido hacia abajo, a todos esos otros a los que condenará al olvido. 

Mientras, como en la obra de Klee, el Ángel de la Historia verá cómo se acumulan, ruina tras ruina, los escombros del pasado. Coronas, mantos y tiaras, sables y cañones, caen al suelo envueltos en el polvo y el barro, mientras los actores, -¡Qué bien lo narra Cavafis!- se limpia el maquillaje para volver a la calle.  


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