Pronto hará un año del dichoso virus. A finales de “19” ya llegaban las primeras noticias desde China. No faltaban los chistes. Ya en enero, el revuelo empezaba a sacudir las opiniones. Mirábamos a Italia entre el alivio de no parecernos y el desprecio a los vecinos. “Algo habrán hecho mal. Ya se sabe: son italianos”. Al final, como en el poema de Brecht, vinieron por nosotros. Descubrimos que los chinos e italianos no eran otros que nosotros mismos. La realidad siempre se impone. 

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A partir de ahí vino el desconcierto. Como autor veo en ese punto, por allá en el mes de marzo, el verdadero comienzo de la obra, es decir, de la crisis. Como en los complejos dramas del teatro clásico, la escena se vio, de pronto, cruzada por una multitud de escenas. Dos, tres, incluso más guiones entrelazaban cuadros y parlamentos, saturando las tablas de un cruce de discursos frenético. Guiones autónomos, en los que resultaba difícil entender su relación con la propuesta de una trama principal, exigencia indiscutida de un espectáculo bien construido.

Es cierto que el teatro antiguo también gustaba de ese cruce de temas y cuadros convirtiendo cada obra en una compleja estructura que hacía compatible las propuestas cómicas con el fondo trágico, pero esto se alcanzaba pausando esas escenas, delimitándolas de forma sucesiva. Un juego de cuadros teatrales, pequeños “entremeses” que permitían acomodar la tensión de la obra a las distintas querencias del público. El espectador asumía, así, la distinta densidad de los personajes. Hoy, en este caos de la pandemia, los autores que escriben el guion han roto con estas reglas, y se empeñan en saturar nuestra atención con un enloquecido guirigay de propuestas que amenaza con saturar de ruido la escena.

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Frente a la pureza de géneros, entramos de lleno en una extraña forma de la tragicomedia. La tragicomedia antigua no lo era realmente, pese a la solemnidad del tema, mantenía su esencia cómica. Lo aparentemente trágico no era más que esa pantalla sobre la que proyectar la sombra de lo ridículo. Era tragicomedia porque se reía de la solemnidad de lo pretendidamente trágico. La tragicomedia que vivimos hoy es, en cambio, profundamente amarga. Si en el género antiguo la propuesta entrañaba ese reír de la tristeza, la tragicomedia en la que entramos nos lleva al extremo opuesto. La risa se congela a duras penas esbozada en nuestros labios. La hiel de lo trágico nos envenena hasta el tuétano.

En realidad, estamos ante un nuevo género. Sin compasión alguna por un espectador ordenado, el enloquecido autor que nos convoca a escena nos sumerge a la vez en un acto cómico y trágico. Una simultaneidad que tiene mucho de post-moderno. Por un lado, los personajes de la comedia van recitando sus frases y malos chistes ante una pantalla que los hace universales, mientras, al otro lado, el drama inmenso de un pueblo agotado de dolor y miseria llora solitario a sus muertos. Jamás la política ha estado tan alejada de la vida como sucede en este comienzo de siglo.

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No me extraña que, de Paris a Minsk, de Hong Kong a Nueva York, de Caracas a Bogotá, pasando por Madrid, Berlín o Moscú, chalecos amarillos de todo tipo, camisas de colores de revoluciones perdidas, paraguas de un arcoíris de todo género, reivindiquen un cambio de guion que de algo de sentido a la obra. Impasse y katarsis. Como espectadores, nuestra conciencia se satura de horror a la espera de que la sabia conciencia dramática, sea capaz de devolvernos a la vida


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