El mayor espectáculo del mundo

La alternativa al mundo de la vida no es, en absoluto, el espacio misterioso de lo público. Hegel nos engañó cuando articuló su dialéctica entre Sociedad Civil y Estado. Contrapuso sin escrúpulos la esfera de lo privado, esa sociedad en la que vivimos, y ese estado que se levanta, entre amenazante y acogedor, sobre nuestras cabezas. Y la realidad antropológica es mucho más sencilla. Su teología del estado le impedía acercarse a las cosas con la ingenuidad que requiere la ciencia. Al mundo de la vida, a ese espacio donde las gentes “viven, laboran y sueñan”, se contrapone, no la adusta imagen de la Esfinge -o sea, Leviatán-sino la jocosa algarabía de la fiesta.

En breve. A la cotidianidad que nos absorbe en la dinámica agobiante de los “trabajos y los días”, se opone, como marca de la temporalidad que recorre los ciclos de la tierra, ese estruendo que, cada cierto tiempo, nos reúne en el bullicio de la Feria.

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La sociología de los rural sabía mucho de todo esto. Una pena. Hoy ha desaparecido esa cátedra que nos permitía reconocer el espacio del campo en su oposición al ajetreo de la urbe. Cosas de las reformas universitarias. Aquel mundo rural entendía muy bien ese movimiento constante que cerraba el año agrícola. Tiempos alternados de trabajos y fiestas que, en el sustrato agrario de nuestra condición humana, terminaron marcando, como si estuvieran grabados en piedra, las señas de identidad de lo que somos. Trabajos y juerga (o sea, huelga), es decir, la monotonía, no exenta de esa cierta sensación de soledad que nos hace esclavos del tiempo, y esos momentos de locura que, de cuando en cuando -de Pascuas a Ramos, se decía- saturaban de alegría la vida.

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La Feria, que reunía a las gentes en algún cruce de caminos, rompía esa soledad a la que nos somete el trabajo. Hombres, mujeres y ganadería se daban cita en ese espacio configurado como mercado -de niño aún lo viví con la emoción de la alegría y el miedo. Un estruendo de color y griteríos, donde corría dinero y sexo (esto lo supe más tarde). Alternancia entre fatiga y holganza. Todavía hasta hace bien poco, a esas jóvenes que llenaban ese “dolce facer niente” se las llamaba “de alterne”, el placer tras el trabajo. Mientras, las bestias, ese mundo animal desde siempre tan cercano en lo físico y en lo moral, aportaban su cuota de mierda y sangre. A ese horror, aun por estos lares, lo llamamos “La Fiesta”.

Como ante el farolillo encendido la noche de verano, y que agolpa a los insectos hasta ver quemadas sus alas, entre saltimbanquis, trileros, casetas de sexo y emociones, cánticos y cien otras formas de atracciones (¡Qué bella palabra!) un público convocado por la fiesta se solazaba de los meses de frio y siega. El Circo nace ahí, agrupando esas mil carretas de feriantes en ese cruce de caminos de la existencia. Frente a la pesada carga de una cronología aplastada por el trabajo, la feria oponía la loca explosión de ese sinsentido que nos permite cerrar ciclos y abrir nuevas puertas. Aldabonazo de vida contra la monotonía.

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En mi último libro propuse la idea de leer toda la política bajo el prisma del espectáculo. Hoy me dan la razón por partida doble. Tras la pesadez de un año de mil confinamientos, tras la sórdida pereza de un teletrabajo que nos mantiene en pijama toda la jornada, tras los miedos que saturan nuestros sueños y vigilias, de pronto, llega el tiempo de la fiesta. El Circo -¡y que circo!, de tres o cinco pistas!- satura nuestros sentidos con el color de los payasos y el rugir artificial de los leones.

Tras las festivas jornadas del Capitolio -¡geniales!, ¿No lo dudará usted?- los artistas han llegado definitivamente a nuestro pueblo. El pasacalles recorre ya las plazas. Con su música ramplona y estridente, niños y mayores se congregan a las faldas de esa carpa que cubre el solar patrio. Los “Hermanos Casado” (Son dos, ¿no?), “Lanzahuesos”, “El Coletas”, “Abascal el Forzudo”, “La bella Inés”, “Isabel, echadora de cartas”. 

No falta ni uno. La caseta de “La Caraba” alarga las colas hasta el infinito. Han llegado, incluso, los predicadores y sus grises atuendos que nos hablan de pecado y penitencias y de otros ungüentos. El Padre Sánchez ya predica desde el improvisado púlpito que cierra algún establo. La Iglesia, y aquí todas me valen, nunca desdeña pescar almas para devorarlas con pan y vino.

Todos quieren sacar cacho, los bolsillos rebosan de monedas y la rueda de la fortuna ofrece cargos y prebendas. La noche promete saturarnos de alegría. La política. Ese sí que es el mayor espectáculo del mundo.


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