Esta entrada va dirigida a Fernando Simón. Me encanta. Pocas imágenes de eso que llamamos la vida política alcanzan a tener la fuerza icónica que ha acreditado este señor. Su vestir informal, casi, incluso, desaliñado, su descuido gestual -¡esos pelos!- y su cierta libertad en la palabra, han incorporado a la parrilla televisiva un nuevo personaje que nos ha cogido a todos a contrapié. No me cabe otra que felicitarle. Por fin, un actor nuevo en la aburrida escena española.

No sé cuan de estudiado ha estado este cambio en el guion, el panorama mediático era tan aburrido que todos sabíamos de la urgencia de un giro semejante. Me gustaría creer -¡ojala!- que haya sido el albur de una improvisación bien resuelta, pero desde el punto de vista de ese crítico de teatro que me encomienda la directora de este blog, en todo caso, no tengo por menos que aplaudir su estreno.

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Es cierto que los acontecimientos ayudan. De pronto, la sociedad actual, es decir, nuestra vida, se ve enfrentada a una realidad desquiciante. La ideología moderna nos había enseñado a despreciar el mundo natural al que había convertido en mero paisaje. Es decir, el mar, los ríos y los montes, con sus animalitos y plantas, no servían para otra cosa que para el turismo y el adorno de las páginas del “National Geografic”. La naturaleza no era más que un medio. El contacto con lo salvaje -eso que debió llenar de miedo a nuestros antepasados- había sido superado hacía tiempo. En definitiva, la tecnología y sus industrias habían conseguido el dominio absoluto sobre el ambiente. A las altas montañas se subía en telesilla, y frente a los mosquitos molestos se inventaron los insecticidas.

Pero, de pronto, vino el coronavirus y, con él, la naturaleza bruta.

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Hete aquí que resurge la bestia. Una sociedad que había dominado la enfermedad y la noche -hoy se puede jugar un partido de futbol a las tantas del día- caía, de nuevo, arrodillada ante esos insignificantes animalillos. Al parecer, un poco de moco, colgado de las narices de un cierto murciélago, pone en brete todo el progreso y la técnica e, ironía del destino, nos remite de vuelta a los ciclos naturales. Que si suben o bajan las mareas de contagios. Que si cuidado con esto y con aquello. O sea, volvemos a ver las orejas al lobo y, como antaño cuando acontecía una terrible nevada, nos vemos atrapados sin poder salir de casa. Acercarnos a Soria -cosas del confinamiento- se convierte en una pesadilla.

Éste -es a lo que vamos- es el mundo del científico. La política, los políticos, nada a gusto en el espacio de las palabras. La política, como el teatro, es puro sintagma, palabrería, si se quiere. Un discurso que resuena en la plaza de la ciudad donde se reúnen a discutir los ciudadanos. Frente a ese espacio urbano (y político) está -siempre estuvo- el espacio inmenso del bosque, esas selvas repletas de peligros donde uno no debe adentrarse de noche. Dos universos, cada uno con su propio protagonista. Los políticos, ya lo hemos dicho, es el complejísimo marco de la ciudad que nos define como civilizados, y los científicos en ese bosque -ese espacio de la biología, la física y la química- de una realidad que nos trasciende.

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Fernando Simón se ha tomado en serio su papel de científico. Por eso se ríe. Entre los filósofos -los auténticos- sería un discípulo de Diógenes de Sinope, es decir, le catalogo entre la escuela de los cínicos. Aburrido de la palabrería de esos querulantes que saturaban el ágora ateniense, aquel Diógenes se metió en un barril y despreció las elegantes formas de los alejandrinos. Nuestro héroe ha hecho de su chándal el emblema de su discurso (de su no-discurso) Nos remite directamente a los hechos. Es decir, con una sencillez que encandila, nos afronta a esa realidad que ensueña la ciencia. Un vacío de palabras que convierte en pura nada el espacio civilizado. Político y científico confrontan, lo han hecho desde siempre. El genio de Weber dedicó a esto un magnífico ensayo.

Ya a comienzos de la Modernidad, Galileo perdió el primer encuentro. Al parecer el Papa le convenció de sus errores astronómicos. Eppur si muove es lo único que le cupo decir frente a la masa de citas bíblicas que le propusieron los teólogos. A principios de XX también los científicos, los puros, volvieron a saborear la derrota. La ciencia se convirtió en industria y tuvo que ponerse al servicio de esos intereses superiores. La era del Capital.

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Hoy, en estos comienzos de la nueva centuria, renace el combate. Último round para algunos. El ecologismo ya ha hecho su labor de zapa. Por eso la sonrisa del Dr. Simón nos convence.


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