El teatro de la miseria

Decía Talleyrand, con una burda intuición psicoanalítica, que el sexo era el teatro de los pobres. El fino y elegante diplomático -también cardenal para los que crean en esas cosas- apreciaba, sin entenderlo, esa liaison entre el espectáculo, la política y el trajín amoroso. Sus aires de superioridad le llevaban -eso quería decir- a preferir los textos de Corneille o Racine al jadeo monótono de la fornicación. En esto se equivocaba, y es que eso del joder les gusta tanto a unos como a otros y no hace falta escarbar demasiado para encontrar los ritmos del orgasmo en las teocráticas tragedias de esos dos grandes de Francia.

Al final, como decimos, hasta las más bellas creaciones del espíritu -pienso incluso en la ética kantiana- nos son más que sublimaciones de ese impulso que denominamos erotismo. Ahora bien, si para descubrir la pulsión erótica en las obras del espíritu no tenemos más remedio que acudir al fino instrumental del psicoanálisis, en los espacios del poder y del dinero la presencia de ese instinto básico resulta absolutamente abrumadora.

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Aún estoy estupefacto ante el olímpico forcejeo de ese magnate americano de incierto suicidio. Me refiero a Epstein, pero sobre todo a la lista de sus clientes y amigos. Frente a la delicatessen del gran memorialista (Talleyrand) este tipo convirtió, solo con sus manitas, las altas esferas del poder en un prostíbulo de baja estofa. Reyes, príncipes (¡la Corona británica!), magnates, millonarios, presidentes, gentes de la cultura (eso dicen de ellos) y la política, de la aristocracia y del dinero, todos, absolutamente todos, frecuentaron su garito. 

¡Que nadie le confunda con un chulo!, ahí había barra libre. No montó un negocio, como sí parece que hizo una famosa “madame” de Hollywood. Ahí el sexo era puro deporte, brutal meneo de cuerpos. Un totum revolutum donde la humanidad se disolvía entre los fluidos más bestiales de nuestra especie, eso sí, al parecer, con una inequívoca predilección por los más jovencitos. O sea, dominio.

Y es que, como dice el dicho popular, “la jodienda no tiene enmienda”. Con mayor sutileza lo describiría Erasmo, en otra época en la que, también, el heroísmo dejaba paso a la pesada burocracia del barroco: la estupidez -estulticia, locura- imponía su reino. La obra magna de Epstein (no dejo de pensar en su creación -ese burdel- como metáfora perfecta de la clase que pretende dirigirnos) supone el mayor elogio a la estupidez de nuestro siglo.

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La Modernidad contemporánea se abre y se cierra, tanto para su sentido de la libertad, como para el horror, con dos obras impresionantes, reiteración de un mismo tema y al que, primero Sade, y luego Pasolini, convierten en verdadera expresión de nuestro tiempo. Decía Thomas Mann, anotando su magistral “Doktor Faustus”, que los tiempos de un saber tranquilo y sosegado, donde la cultura y el buen sentido pudieran ser un valor, habían terminado catastróficamente con el acontecimiento de la Guerra. A partir de ahí la valentía se identificaría con la barbarie y la gentileza y el saber quedarían arrumbados por la basta tosquedad de un sargento de las SS. 

“Los ciento veinte días de Sodoma” y “Saló” establecen, así, los dos umbrales de este mundo contemporáneo en el que hoy vivimos y donde la miseria y el horror se entremezclan con la cotidianidad de la calle. “Saló o los ciento veinte días de Sodoma” que es así como, reiterando la obra del marqués, tituló su película el genio de Pasolini, nos adentra en el siglo XX con la brutal exactitud de un bisturí quirúrgico.

Pura banalidad (ni siquiera del mal) donde nuestros “prohombres”, eso que llamamos “autoridades”, travisten sus valores entre sexo y dinero mientras discuten, como si les importara, la suerte y el destino de los desgraciados que agarran con su lazo. Guerras, bombardeos, inversiones multimillonarias, leyes orgánicas y planes de estudio quedan, así, en manos de una aristocracia cuyo mayor mérito no es otro que compartir francachela con ese atleta del porno.

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Resulta -es una conclusión que saco- que el gran teatro del mundo no está en absoluto en el aparato del estado, menos aún en esa aula magna del saber académico, desechar también las logias del Vaticano, o ese duro muro que absorbe nuestras lamentaciones, la razón de ser de la Política, la esencia suprema de la Justicia, la quintaesencia de la aristocracia y la Nobleza de cuna, los Nobel que ennoblecen las vitrinas de las universidades, todo eso se reúne hoy más fácilmente en un puticlub que en las laderas del Eliseo. Leer las listas que van apareciendo con los nombres de los contertulios de ese gran fornicador, nuevo educador del siglo, es el mejor ejercicio de humildad que podemos hacer como occidentales. Canibalismo en estado puro. ¡Y Cortés se quejaba de los indios!

No. Que quede claro. No me escandalizan los actos. Cada cual haga con su cuerpo lo que guste -y le guste-, el tema me interesa por lo que tiene de simbólico, metáfora perfecta de este mundo que viene. ¡Bienvenidos a la ética del neoliberalismo postmoderno! No estamos aquí ante ese sexo -eso pensaba Talleyrand- que gratifica a las masas y les da ese goce que les escatima su baja cultura; lo nuevo, lo asombrosamente novedoso en ese psico-drama pornográfico que con tanta prisa han venido a tapar los servicios secretos de medio mundo, no es otra cosa que la banalidad de la barbarie. 

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Frente a la gentillesse de nuestro cardenal diplomático, frente a la sublimación del psicoanálisis, frente a la belleza que, desde la Venus de Willendorf destila la comprensión humana del erotismo, la propuesta de Epstein no es otra que la carne a quintales. Brutalidad, chulería, odio a la cultura, supremacía a hostias, el modelo cuartelario de las Schutzstaffel, deviene la aristocracia de nuestros tiempos. Quintos, Cayetanas, Salvinis, los Trump de siempre y muchos otros ya ofician en los altares de esta nueva religión del desparpajo.

Dicen que el avión privado de este tal Epstein paró reiteradas veces en discretos aeropuertos españoles. Agradezco al CNI que nos libre de la vergüenza de conocer sus amistades.


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