El teatro y la peste

En “El teatro y su doble”, Antonín Artaud identifica la obra teatral con el acontecimiento de la peste. Un mal -sobre la condición maligna de la literatura hay un consenso inquietante- que se escapa a esas leyes, pretendidamente científicas, que tratan de indagar tanto sobre sus orígenes como de su despliegue geográfico.

“Nadie puede decir por qué la peste golpea al cobarde que huye y preserva al vicioso que se satisface en los cadáveres; por qué el apartamiento, la castidad, la soledad son impotentes contra los agravios del flagelo, y por qué determinado grupo de libertinos, aislados en el campo, como Boccaccio con dos compañeros bien provistos y siete mujeres tan lujuriosas como beatas, puede aguardar en paz los días cálidos en los que la peste se retira y por qué, en un castillo próximo, la peste convierte a la guarnición y a todos sus ocupantes en cadáveres…”

De la misma manera, el teatro desborda el espacio escénico contaminando -he ahí de nuevo la identidad entra ambos fenómenos- tanto a los actores como al público, convertidos todos ellos en marionetas de un furor que solo se comprende remitiéndonos al divino Dionisos.

Mi intuición es esta: teatro, peste, imaginación, son todos ellos dominios del aire en la clásica estructura cuatripartita de los elementos.

Tierra y agua, es decir, el mar, resultan los espacios del poder. Un poder no pocas veces concebido como divino. También el fuego, presentado como antimateria, participa de esa idea de poder, pese a su carácter demoniaco. Sobre los dos primeros, la mística judía construyó el imaginario de esos dos monstruos que soportan y guardan las entradas del Paraíso, Leviatán y Behemoth. Y como contrapunto, sobre el reino del fuego eterno, la imaginación semítica pronto diseñó a Belcebú. Quedaba el aire, el viento, en definitiva, el espacio imaginario de la nada. Bien es cierto que sobre nada, nada se puede construir, y menos gobernar. Tuvo que venir la conciencia díscola, revoltosa, disoluta, para descubrir ahí la negación de todo poder. Un no-reino que al nada ser arrastra hacia la nada todo cuanto encuentra. La astrofísica de hoy lo concreta en los agujeros negros, equivalente al aire en el imaginario antiguo.

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La radical negatividad no está en esa artera inversión en la que busca consuelo la matemática. No, la negatividad absoluta está, pese a todo, en el espacio infinito del cero. Lo contrario a algo, dejemosnos de monsergas, no es ese algo en negativo, sino directamente la nada. O lo que es lo mismo desde Anaxímenes: el aire. Ese será justamente el dominio de la peste.

Hobbes, traduciendo el mito bíblico a la conciencia moderna, identifica el mostruoso Leviatán con lo que hoy llamamos estado. Eligió un monstruo marino en premonición de la talasocracia británica. Sin embargo, este fue su error, al otro lado, como negatividad absoluta, no aparece ese “Continente central” del sueño geopolítico de Mackenzie. La verdadera negativodad sigue en el espacio etéreo del aire. La pesadilla del estado como potencia divina no está en un supuesto antiestado reconstruido como demoniaco (“El Muro”, “ISIS”) tal y como creyó Occidente. La negatividad absoluta está en el vacio de la nada. En definitiva, lo opuesto a Dios, pese a todo, no es el Demonio sino la conciencia atea.

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La peste, nos remite justamente ahí, a la nada. Verdadero reverso de ese Leviatán sobre el que se construye la comunidad política. Una nada que intuimos contaminada -y contaminante- repleta de esas miasmas que nos conducen a la muerte. Por eso su imago no remite a la poderosa iconografía de mostruos, gigantes y reyes, sino que se asienta en los seres más minúsnulos y despreciables: de los mosquitos a las ratas. Su nimiedad es tal que nos arrastra al pánico, ese terror atávico a ser disueltos por lo más inconsistente.

Del flautista de Hamelín a las narraciones modernísimas de la peste en Argel, ratas y niños –los que no son nadie- saturaron las pesadillas de sus coetáneos. Como en esa tragedia de Calderón, “La hija del aire”, que refleja también los miedos de un Occidente que ve, con el barroco, disolverse jerarquías y verdades.

Esquilo, en una Atenas sacudida por el flagelo, la convierte en el alfa y omega de “Edipo rey”. Frente al reduccionismo biologicista al que quiso arrastrarnos el positivismo científico, el concepto de peste (pienso también en el coronavirus, el SIDA y tantas otras plagas del mundo modeno) se contrapone de una forma u otra a la poderosísima y divina figura del estado. También la Peste Negra apareció en esos años que construyen la Modernidad. Boccaccio, entre risas y juegos, apreció ahí su potencial desquiciante.


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