Oímos hablar de estado de emergencia, de confinamiento, incluso algunos hablan de dictadura. Pese a la alergia que me producen algunas -la mayoría- de esas voces, no puedo por menos que reconocerles una cierta consistencia. No obstante, quizá por mi formación clásica, prefiero hablar de “Estado de sitio”.

Las sociedades antiguas, aunque, en algún caso esa praxis llega hasta los tiempos de hoy día, conocieron el terror de esa idea: estado de sitio. Una sociedad encerrada en los estrechos márgenes de su comunidad, sometida a la amenaza de un agente exterior. El ejército de un conquistador, la amenaza, más difusa, de una violencia generalizada, imagino las bagaudas que recorrían la Galia en medio de la descomposición de las legiones romanas o esos circumcelliones que, con la pasión religiosa del donatismo, -el fundamentalismo es de todos los tiempos- arrasaban las ciudades en el arco sur del Imperio. También sucedía -es ahí donde encuentro el paralelismo- con los cordones sanitarios que encerraban la ciudad apestada.

En definitiva, el mundo exterior a la ciudad, con sus fantasmas y bestias, convertía el espacio urbano en el último refugio de la conciencia humana. La comunidad se guarecía tras esos altos muros porque al otro lado, invasores, rebeldes, bestias y demonios, acechaban amenazantes con un deseo imperioso de muerte. Cuando esa amenaza se volvía tangible y violenta, se hablaba de Estado de sitio.

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El día pasado nos preguntábamos sobre la eventualidad de un teatro sin público y ahora ratifico la negativa por respuesta. El terror del estado de sitio -y la pandemia nos introduce en ese escenario- no estriba en el cierre de las puertas del teatro, condenando a los actores a una representación sin pitos ni aplausos, sino en la confusión caótica entre esa escena y el patio de butacas, en la confusión entre actores y público, en la conversión de la materialidad de la vida en la sustancia inerte de la palabra y el pensamiento.

Decía Shakespeare que estamos hechos de la sutil materia de los sueños, el riesgo, el terror que nos acogota hasta paralizarnos, no es otro que comprobar que esa sustancia no es más que palabras, en definitiva, que no es más que nosotros mismos. El terror de un teatro sin público estriba en que nos convierte a todos nosotros en espectadores de nuestra propia miseria.

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Un recorrido por las calles de Madrid, como de cualquier otro lugar, nos remite a ese extraño espectáculo en el que, entre miedo y asco, contemplamos al resto. Miradas huidizas, máscaras ocultando los rostros, manos enguantadas que no tocan y el empleado de turno limpiando las cosas que se han topado a nuestro paso. Cruzamos de acera al avistar un grupo y los ojos ajenos se clavan en los nuestros saturados de odio y miedo. Los otros, como en la obra de Sartre, terminan siendo el Infierno. Frente al ansia de calor que nos agolpa a la vera de nuestros semejantes, hoy, en esta inmisericorde pesadilla que arruina nuestras querencias, el otro se ha vuelto el enemigo deseado.

Flavio Josefo nos lo cuenta en las “Guerras judías”. Al final, las ciudades caían más que por el derrumbe de sus muros, por el cansancio de unos sitiados que terminaban trocando su miedo a la muerte (y era terrible a manos de la soldadesca) por un repentino deseo que les llevaba a abrir las puertas a los salvajes de fuera. La gente huía, nos cuenta nuestro judío converso a la auctoritas romana, implorando incluso la muerte antes que soportar la terrible espera.

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Como en las viejas épocas en que los hunos, a las puertas de nuestras ciudades, las sitiaban ansiosos de botín, hoy vivimos encerrados en nosotros mismos, aterrados ante ese otro que, por su cansancio, por ese agotamiento que termina embotando la conciencia y las lealtades, abra con su gesto las puertas que aun nos protegen. Tras meses de asedio -y nosotros ya llevamos medio año- las familias se rompían y muchos pagaban, incluso, a tránsfugas y espías para acercarse al campamento romano. El general Tito, con ese desprecio que siempre caracteriza a los vencedores, perdonaba a unos mientras condenaba a la cruz o a la servidumbre a los otros.

Aún así, nos cuenta Josefo que, al final, y también por puro cansancio, el hijo de Vespasiano no quiso o no supo evitar la orgía de sangre y barbarie que, una vez más, dio color a la Paz Romana. Cartago, Jerusalem, Numancia, Siracusa, Corinto y tantas otras ciudades conocieron ese estado de sitio donde, como en lo peor de las guerras, el hombre se funde en la barbarie.

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Hoy, entre los llamados científicos, viejos teólogos predican nuevas abstinencias. Agazapados entre los datos, se cuelan consejos y propuestas que suenan casi a ética. Y la ciencia solo lo es si se desprende de toda dependencia. Divina y humana. Ya lo dijeron de Copérnico a Holbach y, desgraciadamente, pocos más.

No sé cómo será el nuevo espectáculo, pero sé que su risa (da igual que sea trágica) sonará de nuevo. El griterío de las gradas (aulas, parlamentos, plazas y estadios) nos hace humanos. Seguiremos con nuestra encuesta.


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