Sin caer en la estupidez de los caracteres nacionales -Quijote, Cirano, Fausto…- resulta difícil no reconocer a Falstaff como el personaje inglés por excelencia. ¿De qué esos maniquíes vestidos de negro y encorsetados en camisas almidonadas? Jamás he visto -salvo en las películas americanas y algún que otro despistado que las imita- semejante imagen de los británicos. En cambio. sí que he visto más de un Falstaff en la escena de la vida isleña. Una perfecta simbiosis entre taberna, nobleza y brutal desvergüenza.

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En Falstaff no estamos ante ese pícaro que popularizó la literatura barroca. El pícaro es todavía un arquetipo, como lo fue, en la generación precedente, el caballero andante o el pastor bucólico. Falstaff, como Quijote, es, en cambio, un personaje vivo, fruto de la crisis de conciencia de un tiempo que se ve ya caduco y acabado. Tras su fachada de hojalata -más falso que la falsa moneda- su corazón desborda vida. 

Su alegría, sin embargo, aparece cotejada con un fondo melancólico. No importa que tanto Shakespeare como Cervantes fueran un par de reaccionarios, adictos, además, al “masaje” reverencioso de un poder cortesano. Sus personajes, ese fue su genio, alcanzan los mismos bordes del sentido. Mirarlos cara a cara nos enfrenta al misterio del poder, es decir, al precipicio de la miseria.

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Como le pasa al ilustre manchego respecto a la España del XVII, la genial creación de Shakespeare, pese a la brutal simplicidad con la que afronta las exigencias del destino, termina acreditando sobradamente su superioridad sobre los señores a los que sirve y le rodean. A su alrededor podrá haber duques, princesas y reyes, pero la vitalidad de sus corazones, pienso en Falstaff y Quijote, los convierte, por encima de cualquiera de esos otros, en los verdaderos amos de la escena. 

Wells –“Campanadas a media noche”- recoge a la perfección esa densidad del ingenio maligno que le recorre. Traidor y traicionado, su Falstaff desnuda eso que llamamos autoridad e, inmisericorde, exhibe al mundo sus vergüenzas. Creo recordar que Fernando Rey también interpretó ese papel. No me extraña que también se sintiera atraído por un personaje tan barroco. Su Quijote es para mí una de las mejores creaciones del cine de todos los tiempos.

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La propuesta de Cervantes juega con la presencia de un otro personaje, Sancho, contrapunto a la figura del caballero. En la novela, es en este juego dialéctico donde se alcanza la quintaesencia de la razón moderna. Juego de espejos, como en ese esperpento que tanto divierte a Valle, y que hace de la deformidad de la vida la reflexión especular de la propia imagen. En Shakespeare, la dialéctica es distinta, frente a la oposición de identidades, con esa procacidad pendenciera que tanto caracteriza a los británicos, funde la sustancia del siglo en un Falstaff a la vez, truhan y caballero. Algo que hace, ahí está su genio, del pedo, pura poesía.

¡Cómo no!, en mil cosas se diferencia de Quijote. Pero esto no evita esos parecidos que hacen de ambos personajes dos seres absolutamente tiernos e inquietantes. En ambos la melancolía recorre sus venas y llena de vitriolo sus penetrantes miradas. Su paso lento y pesado recorriendo los campos -de la Mancha a Cornualles- se asemeja al trote, tentado por la muerte y el diablo, de ese otro triste caballero que retrató Durero en sus grabados.

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No me gustan los solemnes (máximo calificante de la condición de imbécil). A parte de falsos, me parecen ridículos. La solemnidad queda bien, medianamente bien, en la religión y en el arte. En la vida corriente y en la política contradice los sabores democráticos de una sociedad moderna. Quijote nunca fue solemne, su sabiduría se lo impide. Por supuesto, Falstaff tampoco lo es en absoluto, de ahí la simpatía que despierta. Esa es su catástrofe. La ironía que rezuman sus labios demuestra estar llena de peligros.

Al final él y solo él, resulta el héroe verdadero de la serie de “Los Enriques”. Ni cinco reyes serán capaces de arrebatarle su protagonismo. La maldad de unos y la solemnidad de los otros los convierten a todos en despreciables y, sobre todo, rancios. Se adivina en Enrique V, por más que el instinto monárquico de Shakespeare trate de salvar los muebles. Quizá ese fue el sentido de una obra como “Las alegres comadres”. 

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El genio burlón y procaz del caballero resultaba sobremanera superior a los imbéciles coronados que le rodean. Su risa contagiosa amenazaba llevarse por delante la solemnidad de un siglo tan fatuo. La paliza final en la comedieta trata de poner las cosas en su sitio. Contrapunto cómico y británico -ahí terminarán sus días- a esa desesperanza hogareña que también lleva a una muerte triste en el hidalgo manchego.

Boris Johnson debiera aprender como terminan los Falstaff de todos los tiempos. El poder siempre es fatuo y solemne, por eso solo lo ejercen los imbéciles. De nuevo vivimos en tiempos neobarrocos. Otra vez la inteligencia se ve obligada a ocultarse bajo la locura, o a responder, procaz, con la semblanza de un caballero malcriado.

El poder es poco dado a las bromas y, como los esposos celosos, su respuesta es a la par, brutal y ridícula. Boris también escribió, con su habitual desparpajo, sendas cartas de amor a las dos viejas comadres de Europa y el Imperio. ¡Cuidado!, la broma del Brexit a duras penas la entienden sus solemnes compañeros de reparto.


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