¡Felices y locos años veinte! La conciencia escatológica, fruto de las teodiceas surgidas en el denominado «Creciente fértil», se levanta sobre la mítica de los números. Un mundo que termina -ahí remite el significado de ese “Eskhatos”-, un fin de los tiempos, pero que, sin embargo, contiene, tras los mil velos que lo ocultan, el nacimiento de un mundo feliz y nuevo. Tras la Gran Guerra, tras la desesperanza acumulada por una postguerra que se llenó de fantasmas, la nueva década –los “20”- estalló como un verdadero juego de fuegos artificiales.

Una urgencia de vida -tras ese lustro de muerte- se impuso, pero lo hizo con una alegría forzada, un reír artificial repleto de extrañas resonancias que saturarán el sentimiento estético y la percepción artística de toda una época. De la plástica -pienso en la descomposición que prefiguran movimientos como el cubismo o el futurismo- hasta el mundo de la literatura y la música, pasando por la arquitectura (la Bauhaus y Corbusier por ejemplo) o la misma psicología, recreada, en esos años, como expresión de los pueblos. Puestos en perspectiva, jamás tiempo histórico ha estado tan lleno de transformaciones y cambios, la idea de Vanguardias, tan reiterada en su momento, se queda escueta ante las dimensiones que alcanzó la quiebra del intelecto.

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En la música, entiendo, la crisis debió sacudir la conciencia estética hasta sus mismos cimientos. La aparición de los nuevos estilos, la ruptura de la harmonía, la quiebra del ritmo, la incorporación de compases absolutamente desquiciantes, debió vivirse como un verdadero cataclismo. Y esto se padeció, no solo en los espacios de reservados a una élite intelectual preparada para todo tipo de ensayos, sino en el mismo gusto popular. Dicho en breve, pasar de los melodiosos y aterciopelados pasos del vals al frenesí del charlestón o a los requiebros del foxtrot (antecedente, piensan algunos, del rock) tuvo que ser de locura.

Las viejas formas caían empujadas por propuestas absolutamente novedosas. Si la música atonal arrasaba, la literatura, de la novela al teatro, se saturaba de modelos que también anunciaban la definitiva quiebra del tiempo. Entre Joyce y Dumas el abismo en inmenso. Por eso, si en política, incluso en derecho, la edad contemporánea comienza con la Revolución Francesa y su proclamación de la soberanía del pueblo, en los espacios del arte y la cultura (olvidémosnos del romanticismo, los simbolismos o el impresionismo, todavía anclados en los antiguos espacios de la representación), la verdadera ruptura, decimos, no se produce hasta esta década del siglo XX.

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El profesor Arno Mayer sostiene que, pese al fuerte giro que se desarrolla desde 1789 hasta la caída del siglo XIX, el mundo antiguo mantendrá sus formas hasta la hecatombe de la Guerra del 14 (“La persistencia del Antiguo Régimen”) El ideal aristocrático, incluso los modos de producción y culturales, se asentaba sobre complejas pero sólidas jerarquías de valores. El viejo orden divino se reiteraba, pese a las proclamas liberales, en estructuras articuladas que dejaban bien claro lo que estaba arriba y lo que quedaba abajo. Es todo esto lo que, como decimos, salta por los aires. Con los años “20” la escena se transforma reubicando las fichas de tal modo que convierten en caducas las viejas reglas.

Quizá es el ambiente del arte el que mejor constató los cambios. El gusto popular se extiende de tal modo que disuelve, como caduco y ridículo, todo intento de elitismo. Esto es tan así que, a partir de ahí, las viejas formas artísticas, vividas -pese a su articulación jerárquica- como una expresión del propio mundo, ahora son empujadas al baúl de los viejos cachivaches. Las obras de arte, la misma filosofía, dejan de ser parte de la vida para ser considerados, a partir de ahora, como objetos muertos, recluidos en esos espacios especializados de los museos, las salas de conciertos, los teatros clásicos o las facultades universitarias y sus libros de texto. Expulsado de la vida el mundo de la alta cultura, el gusto popular impone un igualitarismo alérgico a todo lo sublime.

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Es cierto que tendremos que esperar al final de la siguiente guerra para hacer de ese “Pop” el marco privilegiado del pensamiento, pero mientras, el espacio de la vida se democratiza y lo hace a un ritmo vertiginoso, desbordando los cauces de un orden que se creía inmutable.

Frente al racismo heredado de los tiempos coloniales y de la esclavitud americana, la escena convierte -pienso en el Jazz- a los negros en protagonistas, la mujer escapa de la rigidez del corsé y se enfunda blandamente en esos lamidos vestidos que, más que dejar ver sus formas, las abren con ingenio y procacidad infinitos, el tabaco y otras sustancias salen a la calle y, aprovechando todo este desbarajuste, la libertad sexual se impone. Son los tiempos en los que los bolcheviques expulsan a patadas el viejo mundo de los zares. La democracia parecía imponerse.

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Felices y terribles años “20”. Sin embargo, todo se desvanece en una alegría repleta de sinsabores. En Italia siquiera durará un bienio. Si la historia de la economía marca a fuego la fecha del “29”, el anuario político va a quedar saturado de sobresaltos. El “22” Mussolini impone el fascismo, Alemania, golpe a golpe, se precipita al abismo, mientras Europa se llena de dictaduras y militares y, con ellos, de genocidios.

Solo una cosa salvaría con gusto de aquellos años, el cabaret.


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