Decía Hegel que la teología hace antropología sin saberlo. Aquello que dice sobre la religión termina siendo cierto a condición de aplicarlo, no a un Dios transcendente, sino directamente a la realidad humana. Por eso no importan los cambios de religión. Podemos pasar de las divinidades del Mediterráneo al imperio del cristianismo y, desde ahí, a ese liberalismo ilustrado con toda su ideología del progreso. Pueden morir cientos de dioses y deshacerse, como papel quemado, multitud de libros sagrados, sin embargo, los mitos sobreviven. 

El mito, con su sabor de leyenda, se sobrepone a los esfuerzos de teologías, filosofías y ciencias. Pienso en todo esto por esa persistencia de un mito que, dadas las fechas, ya alguno lo habrá adivinado, no es otro que ese nacimiento del dios solar, al que luego llamaremos Cristo. La mitología antigua mantiene tres o cuatro temas que constituyen el fondo místico sobre el que reposa toda la imaginación sagrada. Es lo que la antropología de la religión denomina “mitemas”, haciendo referencia a esas unidades mínimas sobre los que se construye el lenguaje religioso. 

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Hablamos encadenando palabras, así surge ese sintagma de voces que constituye el discurso. De igual modo la imaginación cabalga sobre esas ideas básicas que manejan los símbolos. Arquetipos sobre los que levantamos la idea misma de pensamiento. La Navidad, en esa compleja liturgia que despliegan sus fiestas, recoge prácticamente todos estos mitemas alcanzando, quizá este es el misterio de su éxito, una narrativa perfecta.

Hablo de temas simbólicos como los que constituyen la presencia de un niño, las lágrimas de una virgen, la polución misteriosa del semen sagrado, el silencio de un héroe humano cogido entre el éxtasis y el compromiso, y el toque que aportan esos dos animales totémicos, básicos de la cultura de occidente, uno astado, símbolo de la luna con sus cuernos, y otro surgido de los mares, ese tótem solar al que la mítica clásica identifica con un equino. El famoso “Portal de Belén” se proyecta así, como el más completo catálogo de ese encuentro místico entre las religiones de oriente y occidente.

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El arquetipo del niño -niño sagrado que aparece en prácticamente todos los mitos del mundo mediterráneo- juega como un verdadero vértice que entrelaza la vieja cultura matriarcal con los modos patriarcales que le sucedieron. Un conflicto sustancial del que todavía somos tributarios. Adonis, Osiris, los Dioscuros, Dionisos reiteran la misma leyenda, ese niño divino que se verá secuestrado por la muerte pero que, tras su escala por los infiernos, renace de nuevo a la vida renovando, de paso, la sustancia del tiempo. 

El viejo tiempo muere con el otoño y el invierno, pero de sus granos enterrados nace luego, ya repleta de vida, la espiga de un nuevo ciclo. El carácter putativo de José nos remite a esa orfandad primordial que engalana el mito órfico. El encanto de la infancia se confronta así -como luego sucederá en el episodio de “Los inocentes”- con ese infantil terror iniciático repleto de ogros y brujas que amenazan con devorarle. Quizá los viejos pueblos prehistóricos vieron en esa idea del niño el carácter inaugural que reclama la vida de vez en cuando. Renovación de la existencia frente a la caducidad de un tiempo que ha de regenerarse para garantizar la cosecha. Pero renovación inestable, llena de miedos y peligros, de ahí la necesidad de esa figura infantil de los mitos. Una idea de ciclo que reiteran también las estaciones del año.

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Hermann Broch, en “La muerte de Virgilio”, opone la idea de la caducidad de la vida -prácticamente toda la novela transcurre en esas seis o siete últimas horas de la existencia del poeta- con la presencia mística de un niño sagrado al que solo él ve, alucinación que prefigura la muerte. Infancia y muerte se superponen como si, en el fondo, constituyeran una misma realidad, dando constancia de la unidad de la existencia. Con ello, el novelista alemán, en esos momentos terribles que recordaban la destrucción de su mundo en medio de la barbarie, se hace eco de ese gran mito que recorre occidente. 

Una historia que se identifica con el correr de los días, y que ensueña, tras ese invierno que identificamos con la muerte, los brotes tiernos -e infantiles- de la primavera. Y es que, eso que hoy datamos el 25 de diciembre, coincide en el viejo calendario romano con el año nuevo. Día consagrado a la divinidad solar que anunciaba, como solsticio de invierno, el debut de un nuevo tiempo. Sol naciente que veía incrementar la presencia del día frente a la larga noche de los meses pasados.

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Eusebio de Cesarea, unificando las figuras de Cristo y Augusto, proclama la “traslatio imperii”, dando por caduca la vieja soberanía terrenal de los césares, a la vez que proclamaba la nueva ciudad de Dios anunciada ya por los Evangelios. No es de extrañar que en ese mismo concilio se apuntase al criptocristianismo de Virgilio, haciendo del mismo Eneas una prefiguración poética de la imagen de Cristo.

Hoy el mito continúa ese viaje por las entrañas del mundo. Sirvió, como hemos dicho, para consolidar el orden político sustituyendo a las viejas divinidades solares. De nuevo, los teólogos de la moderna economía lo han convertido en la divinidad de los tiempos contemporáneos. Comenzada la epifanía en el gigantesco derroche del Black Friday, la orgía de consumo que imponen estas fechas permite la nueva renovación (sacramental) de los inventarios.


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