El gran teatro del mundo

Guerra de sexos

Llevaba tiempo dándole vueltas. Me refiero a la controversia que abre la “Ley Trans”. ¡Qué espléndido tema para el teatro! Los griegos inventaron ahí un personaje de infinitas posibilidades, Tiresias, al que el mismo Odiseo fue a preguntar en su viaje al país de los muertos. Por fin, el tema del sexo como centro neurálgico del aparato legislativo. El sexo convertido en código, ¡Qué maravilla!

*

Teatro, literatura, el mismo arte, todo lo que se reclama artístico resulta necesariamente tributario del sexo. El goce artístico no es más que la sublimación, hasta formas simbólicas, de ese regusto que se instala en la entrepierna y que anida en la práctica totalidad de los seres vivos. No recuerdo -y acudo a mis recuerdos del bachillerato- si los rizópodos y otros seres unicelulares desarrollaban ya una procreación sexuada, pero desde los insectos, que yo sepa, hasta esos vertebrados y mamíferos que se tienen -¡qué error!- por seres superiores, en todos ellos la idea de la vida, es decir, ese seguir adelante como especie, reclama la turbulenta pasión del goce. El sexo alcanza incluso a no pocas plantas y la belleza de las flores, de ello estoy seguro, no deja de tener algo que ver con esa urgencia del placer. No cabe duda. Si hay una religión verdaderamente natural, capaz de trascender las especies, esa no es otra que la mística de Eros.

.

La comodidad, la falta de coraje artístico, la impiedad de los malos artistas, todo esto redujo el misterio de la vida a una mera guerra de sexos. Desde ese Génesis reduccionista con su linda parejita, hasta las casposas escenas (“La costilla de Adan”) de Spencer Tracy y Katharine Hepburn, un arte sometido al amo ha querido ocultar lo imposible de ser ocultado. Como si la riqueza multiforme que satura la biosfera fuera incapaz de multiplicar, en ese espacio tan propenso al caos que se esconde entre las ingles, unas formas que, desde su configuración, se proyectan como infinitas. ¿Dos sexos?, ¿verdaderamente me estáis hablando de solo dos sexos? ¡Que ridículo minimalismo! Una raquítica perspectiva incompatible con la riqueza del orden sexuado.

**

Si esto pasa en los sistemas duros que configuran la materia, es decir, la biología y la química, cuánto más no sucederá en el mundo etéreo de los sueños. Y, con Shakespeare, deduzco de ese Hipnos que nos envuelve con sus caricias, la sustancia propia de la cultura. Incluidos los órdenes político y jurídico.

Es ahí donde está el error. Ese bucle que nos hace tropezar siempre en la misma piedra. El paisaje social que dibujó el patriarcado sigue marcando las dimensiones de nuestra escena. Yavhé y los otros dioses semíticos lo implantaron en Mesopotamia. Zeus y sus olímpicos lo impusieron en las orillas del Mediterráneo. Siempre solo dos sexos, siempre uno superior al otro, siempre el que controla la espada y enerva el falo, cubriendo al otro. Sexo débil.

.

¡Y qué estupidez es eso de guerra de sexos! El patriarcado -esta es la verdad oculta tras tanta miserable comedia- impuso su doctrina del dominio. Doctrina binaria, es cierto, pero no entre hombre y mujer como se ha dicho, sino entre el de arriba y los de abajo, el que enarbola el falo y los que se someten a su sexo, el que manda señalando con el dedo, y los que se inclinan para entregarle su cuerpo. Los griegos lo llamaban prokinesis (genuflexión) aludiendo a ese doblar la rodilla y encorvar el cuerpo que, aún en ciertas recepciones oficiales, lleva a esas señoras y caballeros que se sienten monárquicos a ofrecer el culo a sus amos.

***

Por eso, frente a todo esto, los frisos de Gnosos que descubrió Evans nos sobrecogen con su escándalo: al parecer hubo una cultura que frente a la jerarquía optó por la igualdad, que, frente al campo de batalla, optó por la alegría de la fiesta, que frente a la guerra de sexos optó por el goce de ambos. Es cierto que a duras penas sabemos nada de esas culturas que se proclaman de la Diosa. Bachofen construyó ahí, en estúpida simetría, el concepto de Matriarcado. Gimbutas y otras investigadoras, ya alimentadas por el feminismo, prefieren hablar más certeramente de sociedades cooperativas. Es decir, frente a los modelos sostenidos por la violencia competitiva (esa espada que se clava como un pene), parece que hubo en algún momento modos sociales construidos sobre la concordia y el goce.

.

Nos queda mucho para alcanzar de nuevo esa meta. Pero creo que la sociedad actual, de la mano de movimientos como el feminismo y el LGTBI da pasos certeros. Así, llanamente, la ley podrá tener muchos errores, pero creo que va en la buena línea.


0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *