Todos los juegos tienen un inmenso carácter teatral. Jugar e interpretar -como adivina la lengua francesa- es simple y directamente lo mismo. Desde los juegos infantiles que hacen correr a los chavales por los patios y cuartos de juegos, hasta los más brutales que reclaman, entre sus reglas, la sangre derramada, todo juego no es más que una escena. 

Juegos eran los torneos medievales como lo eran también las matanzas en el circo romano, en ellos, entre cuchilladas y mandobles, se interpretaban las leyendas y mitos de la época. Juegos son, en definitiva, los que nos sientan alrededor de una mesa bajo las rígidas leyes de los naipes, ahí basta mirar los secos rostros de esos comensales para adivinar el reparto de papeles. De la víctima al verdugo. En todos ellos la mecánica es la misma: pura y simple interpretación de roles.

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Los niños interpretan en sus juegos los papeles ficticios que adivinan en el mundo de los adultos, la trepidante adrenalina que enfrenta a policías y ladrones, la emoción empresarial en ese gusto de poseer que nos trasmite el “monópoly”, como la iniciación al erotismo que destila ese jugar a los médicos y su despliegue de tocamientos. Lo de “indios y vaqueros” desapareció con el hundimiento del género del western. 

Se interpretan batallas (incluso navales, he ahí las naumaquias) y las naciones eligen sus campeones reproduciendo sus luchas en el ficticio campo de batalla de los estadios deportivos. Franco devolvió el honor perdido a la Alemania nazi con el laureado “gol de Marcelino”. Ahora bien, si hay un juego capaz de evocar la vida hasta sus extremos, a mi entender, no es otro que el ajedrez.

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Vayamos por partes. La interpretación -por más que se engañe el artista- no es la reproducción de la vida y menos aún su creación. Es cierto que, desde lo más profundo del lenguaje, ese artista ha ido desplegando un vocabulario que le acerca al acto divino. “Autor” (autor teatral) se dice del dramaturgo, en sugerencia de ser “fuente” de algo que nace. La coincidencia etimológica con “augur” nos da la clave. También se dice de él que es “poeta” como si, por algún poder divino, alcanzara a crear de la nada. Pura poiesis. 

No, el poeta, el autor, como los actores que le siguen, no reproduce o recrea la vida, simplemente la ironiza. La labor de dramaturgo, como la del director de cine, es puramente irónica, es decir, recoge esa realidad que satura su mirada y proyecta sus sombras sobre el muro del escenario. Un juego que nos delata como eternos niños.

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Otro día nos preguntaremos si la labor del artista es o no superior a la del creador. El juego poiético entre un posible dios supremo y la “díscola” figura del demiurgo ya derramó litros de tinta desde la vieja Academia, Platón ya abrió el debate. Nos basta ahora anotar que el genio teatral -el poeta en sentido estricto- deambula entre esa pluralidad de vías de interpretación que, a lo largo de la historia, se han definido como escuelas. 

Desde la mera transcripción de la vida que nos propone el método Stanislawky, hasta esa formalidad en el gesto que nos vuelve marionetas y del que la vieja Comedia del Arte apuró sus esencias. El visualizar las películas muy antiguas nos permite comprender esa distancia interpretativa. Y es ahí donde queremos llegar. El ajedrez, con esa rigidez de formas y movimientos, entraña la máxima formalización -o deformación, si se quiere- del simbolismo en el juego. Reproduce la vida, pues es puro teatro, pero lo hace -esa es su ironía- reconvirtiendo la vida en pura álgebra.

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Hoy vivimos en tiempos de Ajedrez. Frente al realismo pictórico que llegó a proponer la socialdemocracia europea a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, el nuevo siglo ha amanecido bajo las reglas de Arlequín y Panteleón. Me explico. Tras la II Guerra Mundial, la política quiso identificarse con la vida, el método Stanislawki, como digo. Las esferas pública y privada confluyeron en una identidad que parecía disolver la historia en la cotidianidad de las pequeñas cosas. 

Fukuyama, recreando el modelo ya bajo las formas del neoliberalismo ultraconservador del cambio de siglo, lo denominó el tiempo de “El fin de la Historia”. A partir de esos momentos, a la ciencia política, es decir, a la política, no le quedaría más labor que decidir el mejor emplazamiento del mobiliario urbano. La técnica cinematográfica había avanzado tanto en el control de la imagen y el color, que los guiones, huyendo de los grandes escenarios que diseñaban tanto Hollywood como Cinecitá, se decantaban más por esas pequeñas historias de la vida cotidiana que llegó a hacer de trabajadores, tenderos y de los simples ciudadanos los protagonistas del escenario.

Hoy volvemos a la gran comedia. La ironía se vuelve humor y la sutileza de la vida se extrapola bajo las exigencias de la escuadra y el cartabón. Salto de caballo, la diagonal de la reina, el traspiés de comer la otra pieza. Tiempos de ajedrez. Vuelve el “jaque mate”.


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