De solo mirarla me recuerda a la más grande de las heroínas suecas. Me refiero, claro está, a la divina Bergman. Su tez blanca, su mirada fría, toda su estampa es, de por sí, la imagen del cine nórdico de los años “70”. Por supuesto, no me refiero a ella como persona -tampoco me interesa en eso la poderosa musa de Rossellini- como persona, insisto, me importa igual que cualquier hijo de vecino. Me interesan como personajes, y en ambas aprecio el aliento magistral, ya alguno habrá podido imaginarlo, de Juana de Arco. “La película”.

La Doncella, como la llamaban en la iconografía popular, también levantaba pasiones. Francia, incluso, llenó con ella y sus estatuas, las plazas de todo un siglo. Aún cabalga, no recuerdo si con melena o con trenzas, en medio del Sena como machón de puente. Su grácil cuerpo identificó la doble dimensión de patria y religión. Es decir, territorio e ideología, los dos pilares del estado moderno. La historia real, como siempre, casi mejor no contarla. Gilles de Rais, su mano derecha, o vaya usted a saber qué, al parecer, se desahogaba con niños a los que luego sacrificaba a sus extrañas pasiones. También ella misma acabó, entre traiciones y enredos, quemada como bruja. Al final, la mística Juana no supo distinguir el escenario de la calle, y como pasa en esos trances, la hoguera terminó dando cuenta de su cuerpo.

*

Rodeada de jovencitos y adolescentes, pienso yo también -la idea la leí en algún medio- en la llamada “Cruzada de los niños”. Como le sucedió a Juana, eran los oscurísimos tiempos de la Edad Media. Un universo de hambre y religión, de fanatismo y de héroes. La pobreza se hacía mística bajo las formas de ayuno y oración. El hambre, la peste y la injusticia debieron llenar de huérfanos los campos y arrabales de toda la Cristiandad. Quizá como reacción, algún autor piensa que hubo incluso una cierta luz en todo ello -me temo, en cambio, que solo fue la chispa del fanatismo y la ignorancia-, la cosa es que un movimiento levantó a miles, decenas de miles, de niños a los que, bajo promesas divinas, se arrastró desde esa orfandad a las mismas bocas del infierno. 

No hace falta tampoco adentrarse en la arqueología de los datos para saber cómo terminó también aquello. La Ciudad de Dios -como siempre- se desvinculó de tanto dolor remitiendo las responsabilidades a la ciudad de los hombres. Quizá la fábula de “El flautista de Hamelin” tenga aquí parte de su recorrido. Expresión de ese gregarismo infantil y que hoy consuman los clubs de fans de tantas estrellas efímeras y evanescentes. Espero que Greta, la nueva Garbo del clima, no termine así, como uno más de esos rotos juguetes.

**

Los griegos nunca confundieron la escena con la realidad. Irónicamente nos lo recuerda esa expresión que pronto pasó al latín: “Deus ex machina”. Los dioses que resolvían los complejísimos conflictos que los actores desplegaban en la escena, aparecían “volando” sobre las cabezas de los espectadores movidos por complejas máquinas. Solo máquinas, es decir, poleas, cuerdas y luces. Ahí está siempre el gran milagro de las apariciones. Es la tramoya la que hace divinos a los actores. Si se elevan y parece que cabalgan sobre los cielos, es solo para entretenimiento y diversión del público que aplaudirá a rabiar este ingenio. Ahora bien, pasar a creerse la presencia de dioses ya es, directamente, locura. Es por eso que no me gustan los mitos. Ni los mitos, ni los demonios, ni los dioses. Tampoco me gustan, por eso, los héroes y los reyes. En el teatro me encantan, eso sí, pero tratar de llevar sus personajes al mundo real, raya ya el delito.

Reflexiono todo esto ante el espectáculo que envuelve a esta joven, Greta Thumberg, a la que los medios presentan como la nueva heroína del clima. Personalmente me pierdo un poco sobre el valor de este personaje. Si es actriz me parece magnífica. Su gesto osco, su sonrisa ingenua, la fuerza de su voz masticando casi las palabras, todo esto hace de ella una intérprete de primera. Ha sido capaz, incluso, de poner nervioso tanto a Tramp como a Bolsonaro, lo cual no sé si es ya una proeza. Pero no tengo del todo claro que distinga bien entre la escena y la calle. Es ahí donde se la juega.

***

Amo el teatro, pero, como digo, no soporto los mitos. El mito me gusta solo si se desarrolla en la escena. Me gusta ver a los actores, oír sus recitativos, contemplar el ingenio de la tramoya. Esos juegos de luces, esas máquinas y poleas que hacen aparecer a los dioses. Pero todo esto me gusta como ingeniería, como ocurrencia, en la imaginación que compone la escena. A sabiendas que es escena, literatura, poesía. Cuando alguien reivindica el mito y trata de imponer la soberanía de sus dioses, entonces lo aborrezco. Adoro reír con los chistes e, incluso, llorar con las historias, pero que nadie me imponga su discurso, ni pretenda que me crea sus leyendas.

El Rey Demetrio de los versos de Cavafis, puro actor, al conocer el final de su Acto:

“…….Se quitó

sus vestiduras de oro y sus zapatos

de púrpura. Se puso

apresuradamente ropas

corrientes, y se fue

comportándose, en fin, como el actor

que, cuando el telón cae, se cambia

de ropa y se retira”

El único héroe que me interesa es ese hombre o mujer corriente que, en el transcurso de su vida, hace su papel en la escena, y, luego, se confunde con las multitudes que le rodean.


0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *