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La feminista respetable

Puede que el feminismo sea un concepto fruto de la invención social con toda la complejidad que ello conlleva, sin embargo, se basa en una proposición aparentemente sencilla: la igualdad entre hombres y mujeres. No obstante, y siendo este el motivo de esta entrada, el feminismo, siendo causa de una mayor equidad entre hombres y mujeres, también lo ha sido de una batalla incongruente por validar unas cualidades y/o rasgos frente a otros en la identificación de una persona como feminista.

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Hace poco he leído como deslegitimaban a una joven de 16 años como modelo feminista por el hecho de ser una chica blanca, delgada, rubia, que se pinta los labios de rojo, le gusta el orden y se siente insegura sobre su cuerpo. Apuntaban como un mejor ejemplo de feminismo a aquella que adoptaba un papel más feroz en las relaciones de alcoba y que disfrutaba del sexo sin comprometerse con nadie. En lugar de validar a ambas chicas como feministas, nos empeñamos en alzar a una en detrimento de la otra, a decirles a las demás que si no se ajustan a determinadas pautas, quedan relegadas de poder llamarse a sí mismas feministas.

Agrupar conceptos como el feminismo con la ideología política, la religión o incluso las relaciones personales sirve más para crear rechazo que para establecer puntos de encuentro. No existe algo como “feminista respetable”. Ser cristiana o usar hiyab, querer ser o no madre, escoger ser ama de casa o empresaria autónoma, identificarte con un pensamiento más de derechas o de izquierdas, estar en contra o a favor del aborto, o querer o no sentirse protegida por su pareja no hacen de una mujer alguien menos feminista. Hay mujeres consumidas por relaciones tóxicas, que no tienen autoestima y se dejan herir por lo que creen que es amor, y eso tampoco las hace menos feministas que aquellas con relaciones sanas.

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Las personas somos contradicciones andantes, podemos ser románticos empedernidos con miedo al compromiso, adorar los postres y detestar el chocolate, haber creado una marca de bikinis y usar solo bañadores. Podemos ser dos cosas que a primera vista parecen ser antagónicas, y ser ambas al 100%.

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El feminismo trata de establecer un sistema de valores que validen a las mujeres en la misma medida que a los hombres. No consiste en crear una masa atomizada y alienada de mujeres idénticas entre ellas. Si renunciamos a nuestra individualidad no hay igualdad por la que luchar, porque la igualdad no se fundamenta en ser iguales sino en englobar a todas las personas, mujeres y hombres, con sus diferencias, y no sin ellas.

No luchamos por una superioridad de la mujer sobre el hombre -eso es hembrismo-, no luchamos para hacer que el hombre se sienta amenazado, ni para ocupar todos y cada uno de los puestos de poder. Luchamos por esa sociedad en la que la persona más preparada, independientemente de su género, sea la que tenga el puesto, en la que el físico de una mujer no pondere en la balanza más de lo que lo hace el de un hombre. 

El feminismo no es más ni es menos. Es lo que es: la defensa de la igualdad de hombres y mujeres. Ser feminista, al contrario de lo que creemos, no es incompatible con ser homófobo, antisemita, xenófobo o racista. Ser feminista no nos hace perfectos ni buenas personas, y aún así yo elijo ser feminista, porque me acerca más a quién soy, porque cómo sean otros nunca ha de determinar cómo es uno, porque cómo sea yo no ha de limitar cómo eres tú.

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Y es quizás, aceptar que una persona puede luchar con y contra nosotros lo que nos haga lidiar una batalla y no dos.


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