El otro día nos planteamos la estructura del texto. Hoy enfoco mi intención en la estructura de lo imaginario. No hay literatura, en el fondo y de forma más radical, no hay arte sin ese a priori de nuestra esencia humana: la imaginación. Ahora bien, ¡cuidado!, frente a la connotación de originalidad, de invención, de novedoso que recorre ese concepto, por el contrario, la imaginación se nutre y despliega sobre esa acumulación de imágenes que satura nuestra memoria. 

Imaginamos porque ya hemos visto, ingeniamos porque conocemos. El hombre absolutamente libre, el ingenuo radical, carece de imaginación. Nuestra libertad, por paradójico que parezca, está en proporción directa al número de cadenas que nos atan a esos repertorios de imágenes que se han ido depositando en nuestra memoria.

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San Agustín, -quizá el primer memorialista con sus impresionantes “Confesiones”- nos habla de “los grandes palacios de la memoria”. Usa el término “palacios” en ese sentido que aún reserva la lengua árabe para el vocablo “Mazén” y del que deriva nuestro “Almacén” (Al-Mazen). Lugar privilegiado para guardar cosas y por ello expresión de riqueza en un mundo -aquel del siglo V- no sometido al consumo y la producción; tiempos en los que guardar cosas, como en la fábula de la hormiga, era sinónimo del patrimonio de cada uno. El “Mazén”, ese almacén que tiene todo palacio, era el fondo de armario de la riqueza patrimonial. 

El santo de Hipona veía así el aparato de la memoria: una gigantesca lonja donde caían las riquezas de todo el mundo. En medio de esos campos desolados por la barbarie y el olvido, es decir, el mundo exterior de la naturaleza, la memoria se levantaba como el espacio sistemático del recuerdo, o sea, de la civilización. Quizá un caos de objetos, tal y como se contemplan los desvanes de todas las casas, pero con esa lógica propia que nos permite, pese a todo, encontrar esas cosas que en su día desplazamos del uso cotidiano, cosas amontonadas para el viaje de la vida en las cóncavas naves de nuestro cerebro.

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Sin esos cachivaches no somos nada. Por eso constituyen el fundamento, el apriori, decíamos, de todo proyecto artístico. Las cuatro columnas de cartón piedra que vemos en el escenario han de conectar -si la obra quiere tener algún sentido- con la idea sublime de un templo. Para ello, esas cuatro columnas más o menos logradas por el artista que diseña los decorados, solo tienen sentido si en ellas veo esa arquitectura que me remite a una acrópolis ensoñada en el recuerdo. 

En definitiva, entiendo lo que contemplo solo si mi imaginación se encadena a ese lote de recuerdos congelados en viajes, cuadros, viejas postales, películas o libros. Solo si mi mente se deja llevar por esas cosas que habitan mi conciencia. Como digo, solo en ese caso alcanzo a comprender lo que veo. Mi libertad, es decir, mi capacidad de moverme en medio de una selva repleta de símbolos, se ve condicionada por los objetos que soy capaz de recordar, un imaginario que me ata a las viejas cosas depositadas en los palacios de la memoria.

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El misterio, y ese es el punto que nos hace humanos, estriba ahí, en cómo y cuándo esos almacenes de recuerdos se vuelven colectivos, saltan de la intimidad de mi yo a la ciudad o a la tribu, construyendo la memoria común del grupo. Una memoria común, compartida, construida sobre los mil ojos de una sociedad capaz también de recordar bajo la experiencia de otros. Todavía no me decanto en si esto afecta a la humanidad en su conjunto o se limita a recuerdos de solo un pueblo, la estrategia del nacionalismo, a nadie se le escapa, se levanta sobre esa construcción de los recuerdos.

Jung ya avanzó la idea de un subconsciente colectivo. Assmann, Bernal, Dawson, Voeglin entre otros reclaman también una memoria colectiva, estructura no pocas veces conflictiva con la idea de historia tal y como la entiende la ciencia moderna. Recordamos no solo lo que se grabó en los surcos de nuestra masa encefálica, sino también lo que se amontona en los entresijos de nuestro ser común. ¿Dónde?, quizá en el tejido superficial de la lengua, en medio de esa cascada de sonidos que puebla la atmósfera humanizada, quizá en la profundidad de una conciencia que poco a poco se solidifica en la forma que, para el animal, llamamos instituto. 

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La biología y la medicina neuronal, algún día, descifrarán esa tensión en la corteza de nuestro cerebro. Personalmente, yo me inclino más a definirlo todo como lenguaje. El lenguaje es una “memoria externa” que, como esas que conectamos a nuestro ordenador, nos aporta desde fuera ese saber producido y acumulado desde otras unidades pensantes. Esa “nube”, diríamos hoy, que nutre la conciencia electrónica de nuestras máquinas.

Bajtin, el gran lingüista fundador de la etnología soviética, hablaba de la “semiosfera”. A parte de las esferas geológica, acuosa y aérea, nuestro planeta no solo tiene esa finísima esfera verde que cubre de vida -biosfera, la llamamos- la totalidad de su superficie y que hace de nuestro planeta un espacio vivo. También otra esfera, aún más sutil, nos cubre, la esfera de los signos. 

Así, saltando de hablante en hablante, como si fuera un manojo de destellos, un algo, por inmaterial que parezca, conecta prácticamente todos nuestros deseos, ansias y temores. Sobre ese infinito entramado de imágenes, se levanta esa entidad colectiva que también somos. Una esfera de signos, de significados, de sentido, en definitiva, de ese “sema” que constituye el lenguaje. Es ahí donde habita la conciencia, la que verdaderamente nos hace uno y nos permite reconocer como nuestros los signos de nuestro entorno.

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Saltando de palabra en palabra, acumulando en nuestra memoria las imágenes descritas por otros, memorizados los dichos y expresiones de una comunidad compartida. Todo esto funciona como cuando subimos al desván de nuestra casa y rebuscamos entre los objetos arrumbados ahí a lo largo de nuestra experiencia. A veces, no digo que siempre, alguno de esos cachivaches despierta en nosotros viejos recuerdos que nos llevan, de nuevo, a un sentir que ya resulta colectivo. Jonathan Swift en “Los viajes de Gulliver”, se divierte narrando los malos ratos que pasaríamos si cerraran esos almacenes.


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