La monarquía y el fascismo

¿Cuál es la función de las monarquías en pleno siglo XXI? En mis clases de Derecho Político no dejo de formular -y de formularme a mí mismo- esta pregunta. Es cierto que mi espíritu racionalista y jacobino deja, de entrada, poco margen a la respuesta. Sin embargo, desde esta perspectiva teatral con la que encaro las entradas en este blog, me veo obligado a matizar algunas cosas.

La pregunta me vuelve a surgir hoy. Leo en un artículo de prensa no sé qué de la incomodidad del rey. Al parecer, el rey no está nada contento -eso nos dicen- con ese posible pacto entre socialistas y radicales de izquierda que se apunta como eje de la próxima legislatura. No se asuste el lector, en absoluto me voy a centrar en el análisis teórico-político, eso lo dejo, como digo, para mis clases. Ahora es tiempo de literatura y teatro y mi respuesta buscará dar satisfacción a la reflexión critico-teatral que me despiertan esos vocablos: Reyes, princesas, monarquías, coronas y tronos.

Quien mejor ha comprendido la función moderna de las monarquías no es otro que Maurras. Para el líder de la protofascista Action Francaise, la monarquía no es otra cosa que la “imagen del poder”.

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El fascismo, a lo largo de esas complejísimas décadas que alcanzarán el estallido de la II Guerra Mundial, constituye un abigarrado espectro de ideas, no siempre de fácil lectura. Ahí hay desde posiciones que apuntan al conservadurismo más extremo -pienso en los modos que alcanza en Rumanía o Hungría, por ejemplo, y donde se ensueña un cierto retorno a un pasado medieval- hasta la ultramodernidad de autores como Marinetti y el fascismo italiano. La misma Falange Española deambula, con una infantil incongruencia, entre el medievalismo de la novela histórica y ese futurismo que añora la gran parafernalia de la guerra moderna. 

Frente a la irracionalidad que satura ese caos conceptual y que, al pronto, sumirá a media Europa en el torbellino de la muerte, Action Francaise, así lo entiendo, supo encontrar una nueva racionalidad, fruto, quizá, de la mejor formación teórica de sus grandes dirigentes. Confieso que es algo que me costó entender, pero es ahí donde radica lo que muchos, incluso dentro del pensamiento fascista, recriminaron a Maurras y su tropa: su nostalgia de la realeza, pero ahora lo veo claro. El fascismo constituye la quintaesencia moderna del orden monárquico.

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Con ello ya apunto un dato. Comprender la monarquía en la actualidad -y ahí extiendo esta contemporaneidad también a la totalidad del siglo XX- nos obliga a retornar al pensamiento fascista. La monarquía, hete ahí el artículo de prensa que comentaba al principio, solo es comprensible hoy día desde la cosmovisión que se desarrolló en esas décadas que alumbran la modernidad contemporánea. Y no hablo solo de la española, como bien entendió el antifascismo de la república, también la sacrosanta corona británica comulgó con el nazismo. 

Dejémosnos de cuentos, no fue solo ese Eduardo VIII, cuya pasión por Hitler compartió con su amada Simpson, su filonazismo también acompañó tanto a su madre como a su hermano Jorge que le sucedió en el trono. Todos ellos hubieran preferido esa alianza con sus “primos” alemanes (así los llamaban), más cercanos en “raza” y en sentimientos aristocráticos, que con esos franceses de pueblo y, menos aún, con los proletarios soviéticos. Como dice “El Mundo” en el artículo que comento, a la Corona no le gusta ese combinado.

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Y es que, como decimos, tanto una, la monarquía, como el otro, el fascismo, solo viven en esa iconografía de poder y gloria que alcanzó su cenit el primer tercio del siglo XX. Prosopografía en estado puro. Es decir, imagen. Imagen de la imagen, teatralidad al máximo. Contemplar las escenas de desfiles y grandes marchas de los escuadrones nazis, su ceremonial repleto de vistosidad, oropel y energía nos remite inevitablemente al protocolo monárquico. 

Ejército y ciudad se contraponen en este marco. O sea, el espacio de lo civil, es decir, la república, y el de las armas, con sus botas y espadones con el que gustan retratarse monarcas y caudillos. Hitler, Mussolini y, como no, Franco llevaron al paroxismo esa pasión por los uniformes. En el caso del Generalísimo, además, con ese regusto por el colorín que tanto delata a los borbones. Como digo. La monarquía perfecta.

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La monarquía vive en la excepción de su imagen. Como el Fuhrer, también ella se contrapone a la idea de masa. Hipóstasis de una figura “elegida” que, de sublime, se identifica directamente con el destino. Frente a la representación democrática, sometida al humillante trámite de elecciones y campañas repletas de falsas promesas, ese otro, rey, dux o caudillo, es elegido directamente por el destino. Con ello, la sustancia del estado se concentra en la identidad de un solo sujeto. 

Ni Rey ni Fuhrer se eligen. Someterles a la mecánica de las elecciones les despojaría de esa trascendencia que les hace únicos. Es la superioridad en la raza, o en la sangre (azul, dicen) la que les coloca por encima de todos. Esa es la emoción que trasmiten. Su razón de ser… al menos, para esos que les siguen.

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El fascismo, así lo entendieron Maurras y sus acólitos, se sustancia en la realeza. Ellos sí que comprendieron eso de la monarquía moderna. Animo a los monárquicos de hoy a que le lean, aprenderán algunas cosas, y harían de ese ceremonial del “besamanos” algo memos ridículo. Arrumbados al baúl los despojos de otros tiempos, en sus textos, los nuevos monarcas aparecen repletos de violencia y sexo. Una mirada psicoanalítica vería ahí penes coronados de un renacido patriarcado.

También es cierto. Mi republicanismo me impide apreciar todo esto.


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