La nación como teatro I

La conciencia de occidente, construida sobre el doble andamiaje de la cultura clásica y el universo semítico del judaísmo, contempla la idea de mito desde dos perspectivas que, pese a su carácter contradictorio, terminan construyendo una unidad de interesantísimas consecuencias. Por un lado, el mito se presenta como narración. Por eso, en el imaginario de nuestro lenguaje, el mito se confunde con la leyenda. Mito e historia comparten, así, una misma sustancia. Desde esta perspectiva, en la inmediatez de nuestra psique occidental, la palabra mitología entraña esa dimensión temporal que une un pasado remoto con el presente en el que hoy vivimos.

Los lingüistas nos dan una explicación que resulta de recibo en el tema que aquí tratamos, por ello nos hablan sin tapujos de la “cárcel del lenguaje”. “Histor”, raíz en griego sobre la que Heródoto construyó su propuesta metodológica, comparte familia semántica, ya en latín, con “narros”, derivado inequívoco de “gnarus”, o “gnosis”, o sea conocimiento. En definitiva, se conoce lo que se narra y es ese conocimiento narrado según las reglas del lenguaje -y quizá también de la poesía- a lo que llamamos historia. Pese a los esfuerzos de la mecánica empirista, lejos de construirse sobre el rigor de la razón, la historia, comparte mucho más con el mito que con la ciencia.

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Ahora bien, si como leyenda el mito despliega su eficacia en la dimensión temporal, también resulta enormemente poderoso -ese es el aporte grecolatino- en la construcción de espacios.

Por eso hablamos de mito cuando apreciamos, a través de la potencia de los símbolos, la expresión de lo sagrado concentrada en determinados lugares que, de pronto, se saturan de significado. Espacios, lugares, rincones, terruños, diríamos en un lenguaje más afectivo, que se llenan de recuerdos más o menos inventados pero que arrancan de nuestra alma las más encendidas pasiones. El profesor Otto dedicó a todo ello su magistral libro “Lo Santo”. En él reconoce que, por alguna extraña razón, se acumulan en algunos lugares poderosas energías que nos hacen sentir el aroma de lo misterioso. Desde esta perspectiva, el mito se presenta como algo intemporal, a-crónico, como si fuera un cuadro. Sobre estas sensaciones se construye la idea de paisaje. 

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Y es ahí, en esa doble consistencia que fusiona la vieja narración histórica con la santidad del paisaje, donde se levanta el concepto de nación. De ahí su poderosísima concepción teatral al unir, en síntesis perfecta, el decurso del tiempo con el espacio de la escena.

Por eso, la idea de nación, más allá de toda interpretación científica, no es más que una realidad poética. Me atrevería a decir que subsiste y se desarrolla fundamentalmente como un verdadero género literario. Por eso, fue el romanticismo, otro momento repleto de literatura, la escuela por antonomasia del nacionalismo y la nación moderna.

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La idea de nación nos enfrenta a un doble juego de la imaginación. De entrada, ese discurso narrativo que nos conecta con la historia (una historia siempre falsa y legendaria), o sea el desarrollo concatenado de las crónicas que enlazan ese pasado remotísimo con lo que hoy somos. Pero junto a ese devenir de los tiempos, se acopla el cuadro atemporal de una mirada, un flash que ha de saber captar, en ese “in ictu oculi”, la totalidad de la escena. No será casual que las dos artes por antonomasia de ese romanticismo decimonónico -o sea, el siglo de las naciones y el nacionalismo- sean justamente la pintura, decididamente volcada en el paisaje, y la novela, ese río de historias que nos sumerge en la temporalidad más frenética.

Paisaje en movimiento. He ahí mi definición de la nación. O lo que es lo mismo, puro teatro. Nación y teatro se fusionan en una poética del espacio donde el discurso narrativo que nos conecta con la historia se despliega en el cuadro atemporal que enmarca el escenario. Pieza tragicómica, si inquirimos sobre el subgénero, como lo fue prácticamente toda la escena en el período decimonónico, en la necesaria incorporación de un pueblo (los de abajo) que reclamaba, junto a la orgía de sangre de la tragedia, el goce vulgar con el que identificaba a sus paisanos.

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Por eso la nación, inevitablemente, tiene que ser pequeña. El espacio de lo nacional tiene que ser capaz de soportar, en la imagen poética de la escena, esa densa sustancia que emana del mito. Y eso ha de suceder, tanto en la continuidad de esas historias, a las que la exigencia democrática obliga a dispersar entre la multitud de gentes que transitan por ese suelo -la madre patria-, como en la contemplación de ese paisaje que ha de evocar continuamente el espacio de lo sagrado. Las grandes naciones son otra cosa, o se proyectan como imperios o se disuelven en la burocracia de sus cortes. La condensación de esos dos apriorismos, como decimos, resulta imposible de desarrollar en los grandes espacios del estado moderno. 

El viejo imperio Austro-húngaro lo aprendió dolorosamente tras el conflicto del “14”, como lo han sufrido otros estados que se reclamaban también como nación, insensibles a comprender que nación y estado terminan siendo construcciones incompatibles. En breve, si de lo que hablamos es de naciones, tengámoslo claro, el mapa actual de Europa resulta absolutamente inconsistente.


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