Malos tiempos para la Cosmópolis. La xenofobia, el racismo, la ira enconada con el otro, se extienden como una verdadera enfermedad. La imagen de la mancha de aceite construye nuestro imaginario: silenciosa e imparable va contaminándolo todo. Frente a la pureza que detecto entre los míos, opongo esa miasma que nos viene de fuera. Lo llamamos Epidemia. La propia construcción de la palabra nos delata: “eso extraño -¡externo!- que se instala entre nosotros” (“Epi-demos”), un uso lingüístico, esa identidad con la peste, que ya detectamos entre los antiguos griegos. El “Demos” es decir, el pueblo, reacciona entre el miedo y el asco ante eso que se le acerca y le toca sin ser suyo, de los suyos. Epidemia, en sentido exacto no sería otra cosa que el extranjero.

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Siempre los males vienen de fuera. El presidente Trump lo ha dicho bien claro: “un virus extranjero”. Esta peste que nos asola, no es nuestra (“mal francés”, decíamos en otra época. Ellos lo llamaban “mal español”), se origina siempre en esos otros que nos resultan extraños. Desde nuestros orígenes ese otro se nos antoja peligroso. De nuevo el lenguaje se satura de términos insultantes. Extranjero, hemos dicho, también forastero, peregrino, bárbaro, este último, onomatopeya del que balbucea cuando habla. Una cultura como la griega, tan tributaria de la palabra -el logos- condena a la bestialidad esa ridícula entonación del que no domina la lengua. O ese otro que, extraño al mundo urbano de la polis -es decir, de la civilización, de lo correcto- llega a nuestras casas atravesando los campos (“per-agrum”). Más radicales son, incluso, las palabras que se instalaron definitivamente en nuestras lenguas de occidente, ese foreing que nos remite a “foras” y, desde ahí al que viene a robarnos (“fora-jido”) O ese “extranjero” de las lenguas romances, “extra-genus”, opuesto etimológico de “in-genus”, el “ingenuus” latino, o sea, el hombre libre. Extranjero es ese otro, condenado desde su propia denominación como tal, al sometimiento y la esclavitud. Pura epidemia.

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El imaginario termina confundiéndolos a todos, ¡que más me da!, microbios, virus. Los vemos -¡nos los imaginamos!- arrasando las sagradas fronteras. “El peligro amarillo” decían los periódicos a principios del siglo XX. Minúsculos, pálidos, insignificantes, pero peligrosísimos. Ante la hombría del hombre europeo, frente a la varonil carga civilizadora del hombre blanco, el oriental aparece siempre como pérfido, entre cobarde y sucio, empeñado en romper ese santo yugo de un orden sagrado. Una mancha de aceite que penetra en nuestros valles, en nuestras ciudades -¡también en nuestros pulmones! Es lo mismo que sean chinos o sirios o directamente virus. Su sucia miasma amenaza arrasar los límites del mundo civilizado.

Alguien diría que, empujados por las propias corrientes solares, recorrieran el mundo de este a oeste. Como si esa biosfera, dotada de una vida propia, se viera arrastrada por la dinámica de rotación terrestre. De oriente a occidente. Es cierto que este es el arco de vida que recorre el sol sobre el universo celeste. Pero también entraña, en esa caída del día, la curva misma de la muerte. La noche nuevamente llega como una mancha de aceite y, paralela al correr de la luz, también se mueve de este a oeste.

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Goya, o quien fuera, nos deja una imagen icónica que hoy recorre nuestra sensibilidad imaginativa. Un coloso fantasmagórico, un ogro gigante que empuja con el ímpetu de sus puños y su movimiento, a esos miles de diablillos que, a sus pies, arrastran sus miserias. Casi invisibles, como la enfermedad misma, se les ve emprender ese viaje sin retorno que define nuestra razón pensante.

Si queremos marcar una fecha, pensar en este mes de marzo. La OMS lo ha dicho, “Dies irae”. Llegamos al grado de pandemia. El mal se hace universal y trasciende los débiles muros que quisieron pararlo. De pronto, como un sarpullido, el cuerpo se satura de eso extraño.

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El miedo en lo que tiene de orgánico, pronto se apodera de nosotros. El contagio también es expresión de esa unidad que funde las epidermis de nuestros cuerpos. Una violencia que se asemeja, si cabe, al gesto erótico. Un “bios” que nos trasciende como comunidad azotada -la metáfora del flagelo se reitera de texto en texto-, herida, mejor aún, penetrada, como si de una violación se tratase, por el afilado cuchillo del virus. Frente a la corporeidad escultórica que expresa Leviathán, la imagen que se reitera es la de una masa informe, esa mancha de aceite que se extiende. Frente a esas formas perfectas del “demos” que ensoñaron los publicistas del barroco, la nueva contemporaneidad nos enfrenta a la disforme sustancia del “epi-demos”. Y es que, desde Le Bon y su psicología, vivimos en la sociedad de las masas.

Todo masas, ya sea a un lado o a otro de ese frágil muro que pretende elevar el miedo. Esa es la modernidad contemporánea. La informe deformidad de lo monstruoso. “Demos” y “Epi-demos” fundidos en una nueva unidad que lo abarca todo. Como un escalofrío, la brutalidad de la palabra enunciada lo satura todo: “Pan-demos”. Pandemia.


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